Capítulo 5 El sábado que se eligió a sí misma
El sábado que se eligió a sí misma
El sábado llegó con un cielo despejado y una brisa suave que entraba por la ventana de la habitación.
Neriah Valen llevaba quince minutos frente al armario cuando comprendió que estaba haciendo exactamente lo mismo que tantas otras veces.
Estaba buscando algo que ponerse y, al mismo tiempo, imaginando lo que Ivo podría pensar de cada conjunto.
Tomó unos pantalones negros, los dejó sobre la cama y después sacó unos vaqueros. Eligió una blusa color crema, se la probó y se observó frente al espejo.
Le gustaba.
Era cómoda, sencilla y le permitía moverse sin preocuparse por la ropa durante la clase de baile.
Aun así, su mano se dirigió automáticamente hacia el teléfono.
Iba a escribirle a Ivo para preguntarle si le parecía apropiada.
Se detuvo antes de desbloquear la pantalla.
—Es una clase de salsa, Neriah —murmuró—. No una entrevista de trabajo.
Dejó el teléfono sobre la cama.
Se recogió el cabello, tomó una pequeña botella de agua y guardó sus llaves en el bolso. Antes de salir, volvió a mirar el espejo.
No se sintió especialmente hermosa ni experimentó una transformación extraordinaria.
Simplemente se sintió cómoda.
Y, por aquella mañana, eso era suficiente.
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Ivo estaba en la cocina cuando ella apareció.
—¿Vas a salir?
Neriah se detuvo junto a la puerta.
—Sí. Voy a mi clase de salsa con Mirelle. Te lo comenté hace unos días.
Él dejó la taza de café sobre la encimera.
—Pensé que al final no irías.
—Yo también lo pensé, pero decidí que sí.
—¿Y a qué hora termina?
—A las once y media, aproximadamente. Después quizá desayunemos juntas.
Ivo la miró con una expresión que Neriah no supo interpretar.
—Está bien. Haz lo que quieras.
La frase le produjo una pequeña incomodidad. Durante un instante, estuvo a punto de preguntarle si estaba molesto.
Pero recordó la conversación con Mirelle.
No tenía que responsabilizarse automáticamente de cada silencio ajeno.
—Nos vemos más tarde —dijo.
Se acercó para darle un beso en la mejilla y salió del apartamento.
En el ascensor sintió un nerviosismo absurdo, como si acabara de hacer algo que necesitara una explicación.
Cuando llegó a la calle, respiró profundamente.
No había discutido con Ivo. No había faltado a ninguna responsabilidad. Simplemente había salido a hacer algo que quería.
Sin embargo, una parte de ella seguía esperando que el teléfono vibrara con un mensaje que le indicara si había hecho bien.
No llegó ningún mensaje.
Neriah guardó el teléfono en el bolso y caminó hacia la parada del transporte.
Esta vez decidió no comprobarlo cada dos minutos.
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Mirelle la esperaba frente a una pequeña academia de baile.
Llevaba una camiseta deportiva, unos pantalones cómodos y una sonrisa que se hizo más amplia cuando vio llegar a su amiga.
—¡Pensé que ibas a inventarte una excusa!
—Yo también lo pensé.
Las dos se echaron a reír.
—Bueno, todavía estamos a tiempo de escapar —dijo Mirelle, señalando la puerta.
—No me tientes.
—Vamos, mujer. Hoy vinimos a aprender a mover los pies, no a resolver nuestras vidas.
Neriah sonrió.
—Ojalá resolver nuestras vidas fuera tan fácil como aprender a bailar.
—Primero aprendemos los pasos. Después vemos qué hacemos con el resto.
Entraron juntas.
La sala era amplia, con espejos en una de las paredes y un suelo preparado para las clases. Había varias personas esperando al instructor. Algunas conversaban entre sí y otras practicaban movimientos que Neriah apenas recordaba.
Se sintió fuera de lugar durante los primeros minutos.
Una mujer de cabello rizado les dio la bienvenida y les pidió que se colocaran en una fila.
—No se preocupen si no saben bailar —explicó el instructor—. Para eso están aquí. Lo importante es escuchar la música y disfrutar del proceso.
Neriah intercambió una mirada con Mirelle.
—Eso último parece dirigido a mí —susurró.
—A las dos —respondió su amiga.
La música comenzó.
Un paso hacia la izquierda. Otro hacia la derecha. Una pausa. Un movimiento de cadera que Neriah no consiguió coordinar con el resto de su cuerpo.
Se equivocó.
Volvió a equivocarse.
En el tercer intento, terminó pisándose a sí misma y tuvo que sujetarse de Mirelle para no perder el equilibrio.
Las dos comenzaron a reírse tanto que el instructor tuvo que acercarse.
—¿Todo bien por aquí?
—Perfectamente —contestó Mirelle, intentando recuperar el aliento—. Estamos desarrollando nuestro propio estilo.
—Mientras no inventen un paso que termine con alguien en el suelo, pueden continuar.
Neriah se cubrió la boca para contener la risa.
Y entonces ocurrió algo que no había experimentado en mucho tiempo.
Dejó de pensar en cómo se veía.
Dejó de preguntarse si alguien la estaba observando.
Dejó de imaginar lo que Ivo diría si la viera equivocarse tantas veces.
Solo intentó seguir el ritmo.
Cuando la música cambió, su cuerpo comenzó a recordar algunos movimientos. No bailaba perfectamente, pero consiguió completar una secuencia sin detenerse.
Miró a Mirelle con una expresión de triunfo.
—¡Lo hice!
—¡Lo hiciste!
Se abrazaron brevemente y volvieron a colocarse en sus posiciones.
La clase continuó entre equivocaciones, risas y pequeños avances.
Cuando terminó, Neriah estaba sudada, tenía las mejillas sonrojadas y sentía un cansancio agradable en las piernas.
Hacía mucho tiempo que no se sentía cansada por algo que había disfrutado.
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Después de la clase, las dos caminaron hasta una cafetería cercana.
Eligieron una mesa junto a la ventana y pidieron algo para desayunar.
Neriah dejó el bolso en la silla y sacó el teléfono.
Tenía dos mensajes de Ivo.
Ivo: ¿Ya terminaste?
Ivo: ¿Dónde estás?
Ella respondió con tranquilidad.
Neriah: Sí, la clase terminó hace unos minutos. Estoy desayunando con Mirelle. Te aviso cuando vaya de regreso.
Guardó el teléfono sin esperar una respuesta inmediata.
Mirelle la observó.
—¿Todo bien?
—Sí. Ivo quiere saber dónde estoy.
—¿Y eso te molesta?
Neriah pensó antes de responder.
—No necesariamente. Preguntar dónde está alguien puede ser normal. Lo que me pasa es que, a veces, siento que tengo que responder inmediatamente para evitar que se moleste.
Mirelle asintió.
—Esa diferencia importa. No tienes que interpretar cada pregunta como un ataque, pero tampoco tienes que ignorar cómo te sientes cuando se convierte en una obligación.
Neriah sostuvo la taza entre las manos.
—Estoy intentando entenderlo. No quiero volverme injusta con él solo porque ahora estoy prestando atención a cosas que antes pasaba por alto.
—Eso habla bien de ti. Pero ser justa con él también significa ser justa contigo.
Neriah miró hacia la calle.
—¿Tú crees que una persona puede cambiar dentro de una relación?
—Sí, si reconoce lo que está ocurriendo y está dispuesta a trabajar en ello. Pero no puedes hacer ese trabajo por dos personas.
La respuesta quedó flotando entre ellas.
Neriah sabía que Mirelle no pretendía decirle que su relación estaba condenada. Tampoco quería que su amiga tomara decisiones por ella.
Lo que necesitaba era espacio para pensar sin que alguien le exigiera una conclusión inmediata.
—Tengo miedo de hablar con Ivo y que todo empeore —confesó.
—Entonces ve paso a paso. No tienes que resolverlo todo hoy. Observa cómo te sientes, expresa tus necesidades y presta atención a lo que ocurre después.
Neriah asintió.
—Quiero volver a sentirme cómoda conmigo misma.
Mirelle sonrió.
—Entonces vamos a empezar por ahí.
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Cuando Neriah regresó al apartamento, Ivo estaba en la sala viendo una serie.
Ella dejó el bolso en el dormitorio y volvió para saludarlo.
—Hola.
—Hola. ¿Qué tal la clase?
Neriah sonrió espontáneamente.
—Muy divertida. Soy terrible bailando, pero me reí muchísimo.
Ivo bajó el volumen de la televisión.
—¿De verdad te hacía tanta ilusión?
Ella sintió que la pregunta podía tener distintos significados, pero decidió responder sin buscar una intención oculta.
—Sí. Siempre quise aprender salsa.
—Podrías haberme dicho que querías hacer algo juntos.
Neriah se sentó en el extremo del sofá.
—Podemos hacer muchas cosas juntos. Pero también me gustaría conservar actividades que sean mías.
Ivo la miró.
—No sabía que necesitabas tanto espacio.
—No se trata de alejarme de ti. Se trata de tener tiempo para mis amigas, para mis intereses y para descansar sin sentir que tengo que justificarlo.
Él permaneció callado.
Neriah sintió que el corazón le latía más rápido. La antigua costumbre de suavizar sus palabras apareció de inmediato.
Podía añadir que no era tan importante. Podía decirle que olvidara lo que acababa de escuchar.
Pero se obligó a permanecer en silencio.
Ivo suspiró.
—Está bien. No voy a impedirte que salgas con tus amigas.
Neriah sintió una mezcla de alivio y tristeza.
No quería permiso para tener una vida propia. Quería que aquella vida fuera comprendida como una parte natural de ella.
—Gracias por escucharme —respondió.
Ivo volvió a mirar la televisión.
La conversación no había terminado como ella esperaba, pero tampoco había terminado en una discusión.
Era un comienzo pequeño, aunque no sabía qué significaría en los días siguientes.
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Esa noche, Neriah abrió la libreta donde había escrito su primera frase.
No tengo que resolver toda mi vida hoy. Solo tengo que dejar de ignorar lo que siento.
Debajo añadió una nueva línea:
Hoy hice algo por mí y el mundo no se acabó.
Sonrió al leerla.
Después buscó una fotografía que Mirelle había tomado durante la clase. En ella aparecían las dos riéndose, con el cabello desordenado y una expresión de felicidad tan espontánea que Neriah tardó unos segundos en reconocerse.
No estaba posando.
No estaba intentando verse perfecta.
Estaba disfrutando.
Guardó la imagen en una carpeta de su teléfono que decidió llamar Pequeñas cosas que me hacen feliz.
A continuación, dejó el dispositivo sobre la mesita y se preparó para dormir.
Todavía tenía dudas sobre su relación. Seguía amando a Ivo y deseaba que pudieran comprenderse mejor. No quería convertir cada desacuerdo en una prueba de que algo estaba mal.
Pero empezaba a entender que su bienestar no podía depender exclusivamente de la reacción de otra persona.
Al día siguiente tendría trabajo, responsabilidades y decisiones que tomar.
Nada había cambiado de manera espectacular.
Sin embargo, aquel sábado le había recordado algo importante.
Neriah seguía allí.
Debajo de las dudas, de las disculpas y de las palabras que había aprendido a callar, todavía existía una mujer capaz de reírse, equivocarse, aprender y disfrutar de la vida.
No necesitaba encontrarla de golpe.
Solo tenía que dejar de abandonarla.
Fin del capítulo 4.
