Capítulo 1 Dos líneas.
—¿Qué quieres decir con que tienes que irte?
Kiara salió del baño todavía secándose el cabello y se quedó detenida en la puerta del dormitorio. Hacía menos de media hora, Rashid estaba acostado sobre su cama preguntándole si quería comida italiana o tailandesa. Ahora había una maleta abierta sobre lla cama y metía ropa dentro con una rapidez que no era normal.
—Exactamente eso. Debo regresar a Al-Nur.
—Gracias. La explicación ha sido extraordinaria —respondió ella molesta—. Ahora intenta otra vez, pero incluyendo la parte en la que me explicas por qué fui a bañarme teniendo novio y salí veinte minutos después casi soltera.
Rashid apenas consiguió sonreír.
—Mi padre tuvo una emergencia. Me llamaron hace unos minutos. Debo regresar ya.
Eso bastó para que Kiara dejara de bromear. En más de un año juntos, Rashid había hablado muy poco de su familia. Ella sabía que provenía de una familia adinerada y tradicional, con negocios importantes en Al-Nur, pero él siempre encontraba una manera bastante hábil de cambiar de tema cuando las preguntas se volvían personales.
—¿Qué le pasó a tu padre?
—No lo sé. Solo me dijeron que es grave.
Kiara lo observó guardar otra camisa y comprendió que algo no encajaba. Rashid era uno de los hombres más tranquilos que conocía. Lo había visto resolver problemas de trabajo que involucraban cantidades de dinero que a ella le daban vértigo de solo escucharlas, sin perder el control. Ahora estaba doblando una camisa por segunda vez porque la primera no le había quedado bien.
Se la quitó de las manos.
—Estás nervioso.
—Preocupado.
—Preocupado te he visto. Esto es diferente. —Kiara dejó la camisa dentro de la maleta—. ¿Hay algo que no me estás diciendo?
Rashid se quedó inmóvil durante un instante.
—Hay muchas cosas que necesito explicarte, Kiara, pero no es el momento.
—Esa frase acaba de empeorar considerablemente la situación. ¿Te das cuenta?
—Perfectamente.
—¿Y aun así decidiste utilizarla?
Esta vez apareció una pequeña sonrisa en sus labios. Rashid cerró la maleta y se acercó.
—Cuando regrese, prometo contarte todo.
Kiara entrecerró los ojos. Había algo extraño en aquellas palabras, pero antes de que pudiera insistir, miró el reloj sobre la mesita.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
—En menos de dos horas.
—¿Y piensas llegar al aeropuerto, facturar y tomar un vuelo internacional en menos de dos horas?
—No exactamente. Vienen a buscarme.
—¿Quiénes?
—Personas que trabajan para mi familia.
Kiara volvió a mirarlo con sospecha.
—Cada vez que hablas de tu familia parece que estás describiendo una organización secreta.
—No es una organización secreta.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que perteneciera a una.
Rashid soltó una risa y la rodeó por la cintura. Por unos segundos, la tensión de su rostro disminuyó y Kiara volvió a reconocer al hombre con quien llevaba más de un año compartiendo todos sus días libres.
—Voy a llamarte en cuanto pueda.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—No lo sé.
—¿Una semana? ¿Dos?
Rashid negó
—Ahora mismo ni siquiera sé qué voy a encontrar cuando llegue.
Kiara quiso insistir, pero terminó conteniéndose. Podía ser insoportable cuando quería respuestas, y Rashid se lo recordaba con bastante frecuencia, pero no iba a obligarlo a quedarse discutiendo mientras su padre podía estar gravemente enfermo.
—Está bien. Ve. Pero no confundas mi comprensión con inmunidad. Cuando regreses tendrás que darme muchas explicaciones.
—Esperaba algo peor.
—Todavía no has regresado. Dame tiempo.
Rashid sonrió y la besó. Kiara esperaba un beso rápido de despedida, pero él la sujetó con más fuerza y profundizó el contacto hasta que ella terminó agarrándolo por la camisa. Había algo diferente en aquel beso, una urgencia que hizo regresar el mal presentimiento que intentaba ignorar.
Cuando Rashid se separó, mantuvo una mano detrás de su cuello.
—Volveré.
—Eso espero, porque dejaste suficientes cosas aquí como para que venderlas me dé para unas buenas vacaciones.
—No venderías mis cosas.
—Pruébame.
El timbre sonó antes de que pudiera responder. Rashid miró hacia la puerta y su expresión cambió inmediatamente.
—Llegaron.
Kiara lo acompañó hasta la entrada. Él tomó la maleta, pero antes de abrir volvió a besarla en la frente.
—Cuando regrese, hay algo de lo que quiero hablar contigo.
—Puedes decírmelo ahora.
—No de esta manera.
—Rashid...
—Cuando vuelva.
Ella quiso insistir, pero él ya estaba abriendo la puerta.
—Llámame cuando aterrices. Y no desaparezcas.
Rashid se detuvo un segundo.
—Nunca desaparecería de tu vida.
Kiara no sabía entonces cuánto iba a odiar recordar aquellas palabras.
Minutos después se acercó a la ventana y alcanzó a verlo salir del edificio. Dos vehículos negros esperaban junto a la acera y un hombre abrió inmediatamente la puerta trasera para que Rashid entrara.
Kiara frunció el ceño. Sabía que su novio tenía dinero. Bastante. También sabía que su familia poseía negocios en Al-Nur y que su apellido parecía abrir muchas puertas, pero aquello no parecía el transporte improvisado de un hombre que acababa de recibir una emergencia familiar.
—Definitivamente perteneces a una organización secreta —murmuró antes de apartarse de la ventana.
Tres días después, Kiara estaba inclinada sobre el inodoro preguntándose qué demonios había comido.
Era la segunda mañana consecutiva.
Se enjuagó la boca y regresó al dormitorio. El último mensaje de Rashid seguía siendo el mismo que había recibido después de su llegada a Al-Nur.
“Llegué. La situación es complicada. Te llamaré cuando pueda.”
Desde entonces, nada.
Kiara había intentado no molestarlo. Si su padre estaba realmente grave, lo último que necesitaba era una novia exigiendo atención desde miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, tres días sin una llamada comenzaban a superar considerablemente su capacidad de comprensión.
Marcó nuevamente, pero la llamada no entró.
—Fantástico. Además de abandonarme con tus camisas, ahora tampoco tienes teléfono.
Lo dejó sobre la cama y fue a buscar ropa para trabajar, pero otro mareo la obligó a sujetarse del armario. Respiró profundamente y trató de recordar qué había comido durante los últimos días hasta que su mirada cayó sobre el calendario abierto en la tableta.
Se quedó inmóvil. Revisó la fecha y contó.
Después volvió a contar porque el primer resultado no le gustó. Cinco días.
Su periodo estaba retrasado.
—No puede ser.
Aunque, técnicamente, podía ser.
Bastante.
Media hora después entraba en una farmacia con la absurda sensación de que todo el mundo sabía exactamente qué iba a comprar. Tomó una prueba, después otra por si la primera se equivocaba y terminó llevando tres porque, si iba a entrar en pánico, al menos quería hacerlo con evidencia suficiente.
Una hora más tarde tenía las tres alineadas sobre el lavamanos.
Tomó la primera. Dos líneas. Comprobó la segunda, luego la tercera, como si alguna pudiera tener una opinión diferente.
No la tenían. Todas eran positivas.
Se sentó lentamente sobre la tapa del inodoro y apoyó una mano sobre su abdomen.
—Estoy embarazada.
Decirlo en voz alta lo volvió real.
La sorpresa duró apenas unos segundos antes de que un nombre apareciera en su cabeza. Rashid.
Buscó el teléfono. Ya no importaba que él estuviera ocupado ni que hubiera una emergencia familiar. Aquello tenía que decírselo. Presionó su nombre.
En lugar del tono de llamada, una voz automática respondió que el número estaba fuera de servicio.
