Capítulo 2 Iban a ser papás.
Kiara durmió exactamente cuarenta y tres minutos.
No seguidos.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba las tres pruebas alineadas sobre el lavamanos y volvía a abrirlos. A las cinco de la mañana se rindió, encendió la lámpara y miró el teléfono por sexta vez.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
—Perfecto —murmuró, dejándose caer sobre la almohada—. Elegiste un momento extraordinario para convertirte en un misterio internacional.
Una hora después estaba buscando una cita médica. Consiguió una para esa misma mañana y llegó a la consulta con veinte minutos de anticipación, tres pruebas dentro del bolso y la sensación de que había envejecido varios años desde el día anterior.
La doctora revisó la información y levantó la mirada.
—¿Tres pruebas?
—Quería estar segura.
—Con una habría sido suficiente.
—La primera podía fallar.
—¿Y la segunda?
—Podía solidarizarse con la primera.
La mujer sonrió.
—¿Y la tercera?
—A esas alturas ya había perdido el control de la situación.
Después de varias preguntas y los estudios correspondientes, la doctora confirmó lo que Kiara ya sospechaba. Por las fechas, el embarazo era todavía muy reciente, pero no había dudas.
Estaba embarazada.
De verdad.
Salió de la consulta con varias indicaciones y permaneció unos minutos dentro del automóvil sin encenderlo. Miró su abdomen, aunque sabía perfectamente que todavía no había nada que pudiera verse, y una sonrisa terminó apareciendo en su rostro.
—Bueno... hola.
La emoción le apretó el pecho.
Ella y Rashid iban a tener un hijo.
La idea hizo que buscara inmediatamente el teléfono. Marcó su número a pesar de conocer casi de memoria la respuesta.
Fuera de servicio.
—Vamos, Rashid.
Abrió la conversación entre ambos y escribió.
“Necesito hablar contigo. Es importante. Llámame en cuanto veas esto.”
El mensaje no se entregó.
Kiara apretó los labios y decidió probar otra opción. Llamó a la oficina que Rashid utilizaba habitualmente. La recepcionista la conocía porque había pasado por allí varias veces, pero aquella mañana la respuesta fue diferente.
—El señor Al-Zahir no se encuentra disponible.
—Eso ya lo sé. Está en Al-Nur. Necesito comunicarme con él.
—Lo siento, señorita Bennett, no tenemos contacto directo con el señor Al-Zahir en este momento.
Kiara frunció el ceño.
—¿Cómo puede una empresa no tener contacto con su propio director?
Hubo un pequeño silencio.
—Las circunstancias son excepcionales.
—¿Qué circunstancias?
—No estoy autorizada para proporcionar información adicional.
Aquello consiguió preocuparla más. Hasta ese momento había supuesto que el padre de Rashid estaba hospitalizado y que él se encontraba ocupado con su familia. Pero aquello no explicaba por qué su número había dejado de funcionar ni por qué su propia oficina parecía tener prohibido decir cualquier cosa.
Buscó entre sus contactos hasta encontrar el número de Karim, el asistente que había acompañado a Rashid durante los últimos meses.
El hombre respondió al cuarto tono.
—¿Señorita Bennett?
—Gracias a Dios. Necesito hablar con Rashid.
El silencio que recibió no le gustó.
—En este momento no es posible.
—Karim, llevo días intentando localizarlo. Su teléfono está fuera de servicio y en su oficina actúan como si hubiera sido secuestrado. ¿Su padre está bien?
Otra pausa.
—No puedo hablar de eso.
Kiara cerró los ojos.
—¿También perteneces a la organización secreta?
—¿Perdón?
—Nada. Solo dile que necesito hablar con él.
—Se lo comunicaré en cuanto tenga oportunidad.
—No. Necesito que se lo comuniques hoy.
El tono de Karim perdió parte de su frialdad.
—¿Ha ocurrido algo?
Kiara bajó la mirada hacia el sobre de la consulta que llevaba sobre las piernas.
Estuvo a punto de decírselo. “Estoy embarazada.”
Pero se detuvo. No quería que Rashid descubriera por boca de su asistente que iba a ser padre. Aquella noticia tenía que salir de ella.
—Es personal y es urgente.
—Haré lo posible.
La comunicación terminó y Kiara se quedó mirando el teléfono. Cuando intentó devolver la llamada, ya no entró.
Por primera vez desde que Rashid se había marchado, la preocupación comenzó a superar al enfado.
Al mediodía, Kiara había cometido suficientes errores en el trabajo como para aceptar que no iba a concentrarse.
Su compañera, Claire, terminó cerrándole la computadora después de verla revisar por tercera vez el mismo documento.
—Vete a casa. Llevas toda la mañana mirando el teléfono.
—Estoy perfectamente.
—Hace diez minutos buscabas tus lentes y los tenías puestos.
Kiara tocó las gafas.
—Eso podría pasarle a cualquiera.
—¿Rashid?
Ella dudó. Todavía no quería hablar del embarazo.
—Tuvo una emergencia familiar y regresó a Al-Nur. El problema es que ahora no consigo comunicarme con él.
Le explicó brevemente lo ocurrido. Cuando terminó, Claire ya no sonreía.
—Eso es extraño.
—Gracias. Pensé que estaba exagerando.
—Normalmente exageras. Esta vez tienes motivos.
Kiara cerró la computadora.
Regresó a casa poco después y volvió a llamar a la oficina de Rashid. Nada. Intentó con Karim. Número no disponible.
Dejó el teléfono sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Aquello ya no era solamente extraño.
Caminó hasta el dormitorio y abrió el armario. Varias camisas de Rashid continuaban allí, junto a un traje y unos zapatos. Incluso el reloj que utilizaba para correr permanecía sobre la cómoda.
No se había marchado planeando desaparecer.
Al menos eso quería creer. Abrió el cajón donde había guardado las pruebas y tomó una.
Dos líneas.
Todavía le parecía increíble que algo tan pequeño pudiera cambiar tanto.
—Tu padre es un idiota —murmuró, apoyando una mano sobre su abdomen—. Uno bastante atractivo, pero eso no mejora su situación.
El teléfono sonó.
Kiara corrió hasta la sala y contestó sin mirar el número.
—¿Rashid?
Una voz masculina que no reconoció respondió.
—¿La señorita Kiara Bennett?
—Sí. ¿Quién habla?
—Llamo de parte de la oficina del señor Al-Zahir.
Kiara apretó el teléfono.
—Quiero hablar con él.
—En este momento no podemos comunicarla directamente.
—Entonces dígame cómo puedo hacerlo yo.
—No es posible.
La paciencia de Kiara se terminó.
—Escúcheme. No sé qué está ocurriendo en Al-Nur y cada persona con la que hablo consigue hacerlo parecer más sospechoso. Solo necesito un minuto con Rashid.
—Las circunstancias actuales impiden cualquier comunicación privada.
—¿Está herido?
—No puedo responder esa pregunta.
—¿Está detenido?
—No.
Kiara se quedó quieta. Por fin había conseguido una respuesta concreta.
—Entonces está bien.
El hombre guardó silencio.
—¿Está bien? —insistió.
—El señor Al-Zahir se encuentra atendiendo asuntos familiares y oficiales que requieren toda su atención.
Kiara frunció el ceño.
—¿Oficiales?
Hubo una pausa demasiado larga.
—Buenas noches, señorita Bennett.
—¡Espere!
La llamada terminó.
Kiara intentó devolverla, pero no funcionó.
Permaneció en medio de la sala con el teléfono en la mano mientras aquella única palabra se repetía en su cabeza.
Oficiales.
Miró hacia el dormitorio, donde todavía estaban las cosas de Rashid, y después hacia la prueba de embarazo que había dejado sobre la mesa.
Ya estaba cansada de esperar. Abrió su computadora, escribió Al-Nur en el buscador y comenzó a investigar.
Si nadie quería decirle qué estaba ocurriendo con Rashid Al-Zahir, tendría que descubrirlo por su cuenta.
