Capítulo 4 ¿Quién eres?

Kiara comenzó a arrepentirse de su decisión aproximadamente tres horas después de comprar el boleto.

No porque hubiera cambiado de opinión sobre encontrar a Rashid, sino porque, una vez superado el impulso inicial, apareció una pregunta bastante razonable.

¿Qué iba a hacer cuando aterrizara en Al-Nur?

No tenía la dirección de su familia. No conocía a ninguno de sus parientes y Karim había dejado de responderle. Lo único que tenía era el nombre de una de las oficinas que manejaban los negocios de Rashid en el país y la absoluta certeza de que no pensaba regresar sin verlo.

Claire la acompañó al aeropuerto al día siguiente.

—Todavía puedes decirme que esto es una locura.

—Ya te lo dije unas catorce veces.

—Entonces puedes decirlo una vez más para despedirme.

Claire cerró el maletero después de sacar su equipaje.

—Esto es una locura.

—Gracias.

—De nada. Ahora prométeme que no vas a perseguir a ningún hombre misterioso por el desierto.

Kiara tomó la maleta.

—Voy a buscar a mi novio, no a Indiana Jones.

—Tu novio desapareció, su asistente parece trabajar para el servicio secreto y su familia manda automóviles con chofer a recogerlo con dos horas de anticipación. Perdóname si tengo dudas.

Kiara quiso reírse, pero la palabra novio comenzaba a producirle una incomodidad que no quería analizar.

Rashid llevaba cinco días sin hablar con ella.

Cinco.

Y aunque seguía repitiéndose que debía existir una explicación, necesitar escucharla de su boca.

—Te llamaré cuando llegue.

—Y cuando encuentres a Rashid.

Kiara asintió. Claire la abrazó antes de apartarse.

—¿Segura de que no quieres decirme qué más está pasando?

Kiara sintió el impulso de tocarse el abdomen y lo contuvo.

—Cuando vuelva.

—Esa frase está empezando a gustarme tan poco como a ti.

Kiara sonrió.

—Lo sé.


Al-Nur fue completamente diferente a lo que había imaginado.

Desde la ventanilla del automóvil que la llevó desde el aeropuerto hasta el hotel, Kiara vio edificios modernos mezclados con construcciones de piedra clara, avenidas enormes y jardines que parecían desafiar deliberadamente el clima.

En algunos puntos, las torres de cristal dominaban el paisaje; en otros, las cúpulas y patios interiores recordaban que aquel país tenía una historia mucho más antigua que sus rascacielos.

Pero había otra cosa. Seguridad. Más de la que esperaba.

Vio controles en algunas avenidas, vehículos oficiales y grupos de periodistas frente a varios edificios. En el aeropuerto había escuchado conversaciones sobre actos suspendidos y delegaciones que llegaban de otros países.

La situación era realmente seria. Kiara sacó el teléfono.

Seguía sin tener respuesta de Rashid.

En cambio, tenía un mensaje nuevo de Karim.

“¿Dónde se encuentra?”

Kiara arqueó una ceja.

Después de ignorarla durante días, de pronto parecía muy interesado.

Respondió.

“En Al-Nur.”

Los tres puntos aparecieron inmediatamente. Desaparecieron. Volvieron.

“¿Por qué vino?”

Kiara soltó una risa sin humor.

“Porque nadie me dice qué demonios está pasando.”

Esta vez Karim llamó.

—¿Está realmente en Al-Nur?

—Qué alegría escucharte también.

—Señorita Bennett, no debería haber venido.

Kiara se incorporó en el asiento.

—Curioso. Hace cinco días que intento conseguir una conversación y bastó subir a un avión para que recuperaras milagrosamente la capacidad de llamarme.

—La situación aquí es complicada.

—Esa frase también me la sé. Quiero hablar con Rashid.

Karim guardó silencio.

—No es posible.

—Estoy empezando a odiar esas tres palabras.

—Debe regresar a su país.

Kiara miró por la ventanilla.

—No.

—Señorita Bennett...

—No he viajado miles de kilómetros para que me mandes de vuelta. Quiero saber dónde está Rashid.

—No puedo darle esa información.

—Entonces dime dónde puedo encontrarlo.

—Es exactamente la misma información.

—Me alegra saber que además de misterioso sigues siendo inteligente.

Karim soltó el aire.

—Por favor. Regrese.

Aquello consiguió que Kiara dejara de bromear.

—¿Estoy en peligro?

—No.

—¿Rashid lo está?

Silencio.

—Karim.

—No puedo responder.

Kiara cerró los ojos.

—Entonces voy a encontrarlo yo.

Terminó la llamada antes de que él pudiera impedírselo.

El conductor la miró por el retrovisor.

—¿Primera vez en Al-Nur?

—¿Se nota mucho?

El hombre sonrió.

—Un poco.

—Espero que la segunda sea menos complicada.

El automóvil se detuvo en un semáforo.

Kiara tomó nuevamente el teléfono para revisar la dirección de la oficina que pensaba visitar después de dejar el equipaje.

Entonces el conductor hizo un comentario casual.

—Tendrá dificultades para moverse por el centro hoy. Habrá varios cierres.

—¿Por qué?

El hombre la miró sorprendido.

—Por los actos oficiales.

Otra vez aquella palabra.

Kiara levantó la cabeza.

—¿Qué actos?

El semáforo cambió antes de que pudiera responder.

El automóvil avanzó por una avenida amplia y el conductor señaló hacia delante.

—Por eso.

Kiara siguió la dirección de su mano.

Y se quedó inmóvil.

Una enorme pantalla publicitaria ocupaba casi toda la fachada de un edificio.

Primero apareció la bandera de Al-Nur.

Después varias letras doradas que Kiara no alcanzó a leer porque la imagen cambió.

Un hombre apareció en la pantalla. Traje oscuro. La espalda recta. El rostro serio.

Kiara dejó de respirar. Conocía esos ojos. Conocía esa boca.

Había despertado junto a ese hombre decenas de veces. Había discutido con él por dejar ropa sobre una silla, había viajado con él, había dormido entre sus brazos y, menos de una semana atrás, lo había besado en la puerta de su apartamento.

—Detenga el auto.

El conductor la miró por el espejo.

—¿Señorita?

—Deténgalo.

El hombre consiguió apartarse unos metros más adelante. Kiara abrió la puerta antes de que terminara de estacionar y bajó.

La pantalla volvió a cambiar. Rashid desapareció.

Kiara avanzó hasta quedar frente al edificio, ignorando el ruido de los automóviles y las personas que caminaban alrededor.

Segundos después, la imagen regresó.

Esta vez pudo leer el texto.

RASHID AL-ZAHIR

Debajo había varias palabras en el idioma local y una traducción al inglés.

Kiara leyó una vez. Después otra. No podía estar entendiendo bien.

Sacó el teléfono y fotografió la pantalla con dedos temblorosos.

—No...

Una pareja que pasaba junto a ella también miró hacia arriba. El hombre hizo un comentario sobre los cambios dentro de la Casa Al-Zahir y continuó caminando.

Casa Al-Zahir.

Kiara sintió un vacío en el estómago.

Abrió el buscador y escribió el nombre completo de Rashid junto con las palabras que acababa de leer.

Esta vez los resultados fueron completamente diferentes.

Fotografías oficiales. Noticias.

La familia gobernante de Al-Nur. Kiara abrió el primer artículo.

La fotografía era de Rashid. Su Rashid.

Solo que allí no llevaba vaqueros ni estaba sentado en su cocina robándole comida del plato.

Estaba rodeado de hombres vestidos con atuendos oficiales y miembros del gobierno.

Kiara bajó lentamente el teléfono.

Cinco días atrás, Rashid le había dicho que tenía que regresar porque su padre había sufrido una emergencia.

No le había mentido.

Simplemente había omitido una parte bastante importante.

Kiara volvió a mirar la pantalla gigantesca.

—¿Quién demonios eres?

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Karim.

“Dígame dónde está. Iré a buscarla.”

Kiara leyó aquellas palabras y después levantó otra vez la mirada hacia el rostro de Rashid.

Por primera vez desde que había llegado a Al-Nur, ya no estaba segura de querer encontrarlo.

Porque acababa de comprender que el hombre al que había venido a buscar quizá nunca había existido.

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