Capítulo 5 El país de Rashid.

Kiara tardó varios segundos mirando el mensaje de Karim.

Una hora antes habría agradecido que alguien relacionado con Rashid quisiera encontrarla. Ahora no.

Guardó el teléfono, miró la enorme pantalla. La imagen había cambiado otra vez, pero no importaba. Había visto suficiente.

Rashid Al-Zahir.

Miembro de la familia gobernante de Al-Nur.

Kiara regresó al automóvil, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Está bien? —preguntó el conductor.

—Depende. ¿Es normal descubrir en una pantalla que tu novio pertenece a la familia gobernante de un país?

El hombre la miró por el retrovisor.

—No sabría decirle.

—Yo tampoco.

El conductor tuvo la prudencia de no preguntar nada.

Durante el resto del trayecto, Kiara buscó información. Esta vez no necesitó demasiado esfuerzo. En cuanto añadió Casa Al-Zahir al nombre de Rashid, internet pareció decidido a contarle todo lo que él no.

Su padre no era simplemente un empresario importante. Era el gobernante de Al-Nur. El emir. Lo había sido hasta hacía cinco días.

Kiara se quedó inmóvil al leer la noticia. El jeque había muerto. La emergencia. La salida precipitada.

De pronto entendió la expresión de Rashid aquella noche. El nerviosismo, la forma en que había empacado, aquel beso que había sentido diferente.

La culpa apareció inmediatamente.

Mientras ella estaba enfadada porque no contestaba el teléfono, Rashid había perdido a su padre. La compasión duró exactamente hasta que abrió el siguiente artículo.

Rashid Al-Zahir asume responsabilidades provisionales mientras el Consejo de Al-Nur define la transición.

Kiara leyó el titular dos veces.

—No puede ser.

Siguió leyendo.

El hermano mayor de Rashid, Khalid, había muerto al día siguiente que el Emir. Por eso la sucesión se había convertido en un asunto delicado. El regreso inesperado de Rashid había provocado reuniones entre el Consejo, la Casa Al-Zahir y varias familias importantes.

Kiara cerró la página.

—¿Señorita?

Levantó la cabeza. Habían llegado al hotel.

Pagó el trayecto, entró y apenas prestó atención mientras hacía el registro. Solo cuando estuvo en la habitación dejó la maleta junto a la puerta y sacó de nuevo el teléfono.

Tenía cuatro mensajes de Karim.

“Necesito saber dónde está.”

“El señor Al-Zahir no sabe que ha viajado.”

“Por favor, no intente acercarse a ninguna residencia oficial.”

El último llegó dos minutos antes.

“Llámeme.”

Kiara soltó una risa seca.

—Ahora sí tienes tiempo.

Marcó. Karim respondió inmediatamente.

—¿Dónde está?

—Antes de responder, quiero hacerte una pregunta. ¿Cuándo pensaban contarme que Rashid pertenece a la familia gobernante?

El silencio fue suficiente.

—Señorita Bennett...

—Ningún, señorita Bennett. Durante más de un año te he visto entrar en nuestra casa, organizar viajes y cambiar reuniones. Una vez te hice sopa porque estabas enfermo.

—Lo recuerdo.

—Me alegra. Entonces quizá también recuerdes que nadie mencionó que trabajabas para alguien que podía terminar gobernando un país.

—No me correspondía decirlo.

—Por supuesto. Al parecer aquí a nadie le corresponde decirme nada.

Karim soltó el aire.

—El señor Rashid quería explicárselo personalmente.

—Tuvo más de un año.

—La situación era diferente.

—¿Diferente cómo?

—Él no era el heredero.

Kiara se quedó callada.

—Su hermano Khalid estaba destinado a ocupar esa posición —continuó Karim—. Después de la muerte de su padre y su hermano casi al mismo tiempo, las cosas cambiaron. Rashid llevaba años fuera de Al-Nur. Su vida estaba lejos de aquí.

—Conmigo.

—Sí.

Aquella respuesta le dolió más de lo esperado. Kiara caminó hasta la ventana.

—¿Su padre murió la noche que lo llamaron?

—Sí.

Cerró los ojos.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

—Los primeros días fueron caóticos. Hubo restricciones de comunicación y reuniones continuas. Rashid pidió comunicarse con usted.

Kiara giró.

—Entonces ¿por qué no lo hizo?

Karim tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

Eso no le gustó.

—Quiero verlo.

—No es sencillo.

—Karim, crucé medio mundo. Esa era parte difícil.

—Rashid está participando en reuniones con el Consejo y representantes de varias familias. Hoy tiene compromisos prácticamente hasta la madrugada.

—Necesito cinco minutos.

—Intentaré conseguirlos.

Kiara apretó la mandíbula.

—No quiero una audiencia con el Emir. Quiero hablar con mi novio.

Karim guardó silencio.

—Entiendo.

—No creo que lo hagas.

Terminó la llamada antes de decir algo peor.

La rabia regresó con fuerza. Entendía que Rashid no hubiera podido prever la muerte de su padre. Incluso podía comprender que la situación política hubiera complicado su comunicación.

Lo que no podía comprender era el año anterior. Las veces que ella había preguntado por su familia.

Las respuestas vagas. Los cambios de tema.

Las oportunidades que había tenido para contarle quién era.

Kiara apoyó una mano sobre su abdomen.

Y ahora tenía que decirle que estaba embarazada.


Dos horas después salió del hotel.

Esperar encerrada a que Karim decidiera si podía conseguirle cinco minutos con su propio novio no estaba entre sus planes.

Caminó por una zona comercial cercana intentando ordenar la cabeza. Había más imágenes de Rashid de las que deseaba encontrar. En pantallas, periódicos y portadas digitales.

El hombre que nunca permitía que ella publicara fotografías suyas aparecía ahora por toda la ciudad.

La ironía casi consiguió hacerla reír.

Se detuvo frente a un puesto de prensa y tomó un periódico en inglés.

Rashid ocupaba una parte de la portada. No estaba solo.

A su lado aparecía una mujer joven de cabello oscuro, vestida con elegancia. El pie de foto identificaba a Layana Al-Karim, hija de Farid Al-Karim.

Kiara leyó el artículo. La familia Al-Karim era una de las más influyentes de Al-Nur y controlaba el apoyo de varias regiones y grupos económicos. Con la transición abierta, su respaldo podía ser decisivo para la estabilidad del gobierno.

No había ninguna referencia romántica.

Solo política.

Aun así, algo hizo que Kiara continuara leyendo.

—¿También sigue las noticias de la transición?

La voz del vendedor la hizo levantar la mirada.

—Estoy intentando entenderlas.

—Entonces necesitará más de un periódico.

Kiara sonrió a medias.

—Eso estoy descubriendo.

El hombre señaló la fotografía.

—Los Al-Karim son importantes. Si apoyan a la Casa Al-Zahir, todo se definiría.

Kiara volvió a mirar a Layana.

—¿Y si no?

El hombre se encogió de hombros.

—Esperemos que lo hagan.

El teléfono de Kiara vibró.

Karim.

Contestó de inmediato.

—Conseguiste los cinco minutos.

—No.

—Entonces esta conversación empieza mal.

—Sé dónde estará mañana.

Kiara se enderezó.

—¿Dónde?

—Habrá un acto en el Hotel Imperial. Rashid asistirá con representantes del Consejo y de varias familias.

Kiara miró nuevamente el periódico.

—¿Los Al-Karim?

Karim hizo una pausa.

—Sí.

—¿Y Layana Al-Karim?

El silencio duró demasiado.

—También.

Kiara dobló el periódico.

—¿Hay algo más que debería saber antes de presentarme allí?

—Kiara...

Era la primera vez que Karim utilizaba su nombre.

Y eso consiguió preocuparla más que todas las formalidades anteriores.

—¿Qué?

—Habrá un anuncio importante.

Kiara apretó el teléfono.

—¿Qué clase de anuncio?

—No puedo decírselo.

Ella cerró los ojos.

—Mañana lo descubriré por mí misma.

—Le recomiendo que no vaya.

Ella lo ignoró, terminó la llamada y bajó la mirada hacia la fotografía de Rashid y Layana.

Había viajado a Al-Nur para decirle al hombre que amaba que iban a tener un hijo.

Ahora solo necesitaba conseguir cinco minutos con él.

Pero, por primera vez desde que compró aquel boleto, Kiara tuvo la sensación de que había llegado tarde.

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