Capítulo 6 Nadie importante.

Kiara llegó al Hotel Imperial cuarenta minutos antes de la hora que Karim le había dado.

No porque estuviera ansiosa.

Al menos eso se repitió durante todo el trayecto.

La pequeña carpeta que llevaba dentro del bolso demostraba exactamente lo contrario.

La había preparado antes de salir del hotel. Dentro estaba el informe de la consulta médica y una de las tres pruebas de embarazo. Había pensado llevar las tres, pero después decidió que aparecer frente a Rashid con una colección completa de pruebas positivas podía hacerla parecer ligeramente desequilibrada.

Una era suficiente. Estaba embarazada y él era el padre.

Y, aunque en ese momento estaba bastante enfadada con él, una parte de Kiara seguía recordando al hombre que cinco días atrás la había besado antes de marcharse y le había prometido regresar.

Necesitaba escuchar su explicación.

Después decidiría cuánto quería golpearlo.

El automóvil se detuvo frente al Hotel Imperial.

Kiara bajó y comprendió inmediatamente que aquello no era un simple acto.

Había seguridad en la entrada, vehículos oficiales, periodistas y hombres con auriculares recorriendo el vestíbulo. Varias zonas estaban cerradas y los huéspedes debían mostrar sus identificaciones incluso para utilizar algunos ascensores.

Sacó el teléfono.

“Estoy aquí.”

Karim respondió menos de un minuto después.

Espéreme en el vestíbulo.

Cinco minutos más tarde apareció. Kiara casi no lo reconoció.

Siempre lo había visto con trajes impecables y una expresión tranquila. Ahora llevaba la ropa tradicional de Al-Nur y dos hombres de seguridad caminaban detrás de él.

Se detuvo frente a ella.

—Le dije que no era conveniente que viniera.

—Y yo te pedí cinco minutos con Rashid. Parece que ninguno consigue lo que quiere.

Karim miró alrededor.

—No debería estar aquí.

—Eso ya me lo dijiste ayer. Empieza a parecer tu frase favorita.

—Kiara...

—¿Dónde está?

Él soltó el aire.

—En una reunión.

—Espero.

—No puede.

—También puedo entrar y buscarlo.

—Definitivamente no puede hacer eso.

Kiara cruzó los brazos.

—Entonces encontremos una solución.

Karim la observó durante unos segundos.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—Siete.

—Esto no es una negociación.

—Entonces deja de negociar conmigo.

Por primera vez, Karim pareció estar a punto de sonreír.

No lo hizo.

—Sígame.

La condujo hacia un ascensor privado. Un guardia revisó su identificación antes de permitirles entrar.

Kiara esperó hasta que las puertas se cerraron.

—¿Qué van a anunciar?

Karim miró al frente.

—No puedo responder.

—Qué sorpresa.

—El señor Rashid debería explicárselo.

—Eso llevo intentando conseguir desde hace cinco días.

Las puertas se abrieron.

El pasillo del piso superior estaba lleno de personas. Hombres y mujeres entraban y salían de varios salones. Kiara reconoció algunos rostros de las fotografías que había visto la noche anterior.

Entonces lo vio. Rashid estaba al fondo. Y durante un segundo desapareció todo lo demás.

Llevaba un traje oscuro, aunque sobre los hombros tenía una prenda tradicional que Kiara nunca le había visto. Dos hombres hablaban con él mientras otro esperaba a pocos pasos.

Se veía cansado. Muchísimo. Kiara olvidó parte de su enfado.

Había perdido a su padre. Después a su hermano. Todo en dos días. Dio un paso.

Rashid levantó la mirada. La vio. Y se quedó completamente inmóvil.

El hombre que estaba hablando con él continuó durante varios segundos antes de darse cuenta de que Rashid ya no escuchaba.

Kiara esperaba muchas reacciones. Sorpresa, enfado. Incluso alivio.

No esperaba que su expresión se cerrara de aquella manera.

Rashid dijo algo a los hombres que lo acompañaban y caminó hacia ella.

—¿Qué haces aquí?

No hubo abrazo. Ni beso. Ni siquiera intentó tocarla.

Kiara sintió el primer golpe.

—Hola para ti también.

Rashid miró a Karim.

—Déjanos.

—Tiene siete minutos —respondió Kiara.

Karim cerró los ojos un instante.

—Cinco.

Se alejó.

Rashid abrió una puerta lateral y Kiara entró detrás de él. Era una pequeña sala de reuniones.

En cuanto estuvieron solos, ella se giró.

—¿Qué haces aquí? —repitió—. ¿Eso es todo lo que vas a decirme?

—No debiste venir.

Segundo golpe.

Kiara dejó escapar una risa incrédula.

—Llevo cinco días intentando hablar contigo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Tu teléfono dejó de funcionar. Tu oficina no quería decirme nada. Karim comenzó a comportarse como si estuviera protegiendo secretos nucleares y ayer descubrí tu cara en una pantalla del tamaño de un edificio.

Rashid apretó la mandíbula.

—Pensaba explicártelo.

—¿Cuándo?

Él no respondió.

—¿La semana que viene? ¿El próximo año? ¿Después de nuestra jubilación?

—Kiara.

—No sabía quién eras.

—Sigo siendo la misma persona.

Ella lo miró como si acabara de insultar su inteligencia.

—Eres miembro de la familia gobernante de un país.

—Eso no cambió lo que tuvimos.

La frase la hizo detenerse. Tuvimos. No tenemos. Si no tuvimos, en tiempo pasado.

Kiara bajó la mirada hacia su bolso.

La carpeta seguía allí.

Había ensayado durante el vuelo cómo decírselo.

“Rashid, estoy embarazada.”

Cuatro palabras.

De pronto parecían imposibles.

—Vine porque necesito decirte algo.

La expresión de Rashid cambió apenas un instante.

—Ahora no es un buen momento para hablar.

Kiara soltó una risa breve.

—Créeme, tampoco fue el momento que yo habría elegido.

Metió la mano en el bolso. Sus dedos tocaron la carpeta.

Un golpe sonó en la puerta.

—Su Alteza.

Kiara retiró la mano. Rashid cerró los ojos.

—Un minuto.

—La señorita Al-Karim y su padre ya llegaron.

Kiara sintió algo extraño en el pecho.

Rashid respondió.

—Voy enseguida.

Los pasos se alejaron.

Kiara lo miró.

—Layana Al-Karim.

—Sí.

—La mujer del periódico.

—Kiara...

—¿Qué van a anunciar?

Rashid no respondió. Y aquella vez el silencio fue diferente. Kiara sintió frío.

—Rashid, ¿qué van a anunciar?

—Hay cosas que están ocurriendo demasiado rápido.

—Entonces explícamelas.

—No puedo.

—Puedes. No quieres.

—No es tan sencillo.

Kiara retrocedió.

—¿Sabes qué? Estoy comenzando a cansarme de que todos en este país utilicen exactamente esa frase.

Rashid pasó una mano por su rostro.

—Necesito que regreses.

Ella tardó un segundo en comprender.

—¿A mi hotel?

—A tu país. A tu casa.

Tercer golpe.

El peor hasta ese momento.

—¿Me estás echando?

—Estoy diciendo que no deberías estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque mi vida cambió. Y tú no puedes ser parte de ella.

Kiara sintió que algo comenzaba a romperse.

—¿Y nosotros?

Rashid la miró.

—Kiara no lo hagas más difícil.

—Respóndeme. ¿Qué pasa con nosotros?

Otro golpe en la puerta impidió la respuesta. Esta vez se abrió antes de que Rashid autorizara la entrada.

Una mujer apareció.

Kiara la reconoció inmediatamente. Layana.

Era más hermosa que en las fotografías. Elegante, serena, perfectamente adecuada para aquel lugar en el que Kiara comenzaba a sentirse como una intrusa.

Layana se detuvo al verla.

—Perdón. Me dijeron que estabas solo.

Su mirada pasó de Rashid a Kiara. No había hostilidad. Solo curiosidad.

—No sabía que tenías una visita.

Kiara esperó. Era absurdo, pero esperó. Esperó que Rashid dijera su nombre.

Kiara Bennett. Mi novia. La mujer con la que he compartido más de un año. La mujer a la que amo. Cualquier cosa. Pero se quedó callado.

Layana miró a Rashid.

—¿Quién es ella?

El silencio duró apenas dos segundos. Para Kiara fueron suficientes para cambiarlo todo.

Rashid la miró. Directamente.

—No es nadie importante.

Kiara sintió que el suelo desaparecía debajo de sus pies.

No lloró. Ni siquiera parpadeó. Solo lo miró.

Aquel hombre había dormido abrazándola. Había cocinado con ella. Había dejado camisas en su armario, un reloj sobre su mesa de noche y una taza favorita en su cocina.

Le había dicho que la amaba. Cinco días atrás le había prometido regresar. Y ahora ella era nadie.

Layana pareció incómoda.

—No quise interrumpir.

—No lo hiciste —respondió Kiara.

Su propia voz la sorprendió. Sonaba normal. Metió la mano dentro del bolso.

Rashid siguió el movimiento. Por un instante, Kiara estuvo a punto de sacar la carpeta.

De entregársela. De obligarlo a mirar las dos líneas que habían cambiado su vida. Pero sus dedos se cerraron alrededor del papel y lo empujaron hacia el fondo. No.

Rashid había respondido su pregunta. Quizá no la que había venido a hacer. Pero sí una mucho más importante.

—Kiara.

Ella levantó la mirada. Ahora sí había algo diferente en los ojos de Rashid. No quiso averiguar qué.

—No.

—Déjame...

—No te preocupes, las personas que no son importantes no necesitan explicaciones.

Rashid dio un paso.

Kiara retrocedió.

—No me toques.

Él se detuvo. Layana permanecía junto a la puerta, claramente consciente de que acababa de entrar en medio de algo que no entendía.

Kiara caminó hacia ella.

—Disculpa.

Layana se apartó inmediatamente. Kiara salió, Rashid dijo su nombre detrás de ella. Pero ella no se detuvo.

Karim estaba en el pasillo.

Al verla, su expresión cambió.

—¿Qué ocurrió?

—Consígueme un automóvil.

—Kiara...

—Ahora.

Karim miró hacia la puerta de la sala.

Rashid acababa de aparecer.

—Kiara, espera, aún faltan un par de minutos.

Ella entró al ascensor. Karim intentó acompañarla.

—No te me acerques.

—Pero...

—Por favor.

Algo en su voz consiguió que él obedeciera. Las puertas comenzaron a cerrarse.

Rashid avanzó.

Durante un segundo sus miradas se encontraron a través del espacio que desaparecía entre las puertas.

Kiara metió una mano dentro del bolso y apretó la carpeta contra sus dedos. No se la daría. Ya no.

Las puertas se cerraron. Solo entonces permitió que una lágrima bajara por su mejilla. La limpió inmediatamente.

Cuando llegó al vestíbulo, había más periodistas que antes. Kiara caminó entre ellos intentando llegar a la salida.

—El anuncio será en menos de una hora —escuchó decir a un reportero.

Otro levantó la cámara.

—¿Está confirmado que Al-Karim aparecerá junto a Rashid?

—Sí. Rashid Al-Zahir y Layana Al-Karim harán el anuncio juntos.

Kiara se detuvo.

Solo un instante. Miró hacia los ascensores que acababa de abandonar. Después bajó la vista hacia su abdomen.

Había viajado hasta Al-Nur para decirle a Rashid que iba a ser padre. Él acababa de decirle que ella no era nadie importante.

Kiara apretó el bolso contra su cuerpo y siguió caminando. Ya no necesitaba saber qué iba a anunciar. Lo que necesitaba era salir de allí antes de descubrir cuánto más podía dolerle.

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