Capítulo 7 La mujer que no importaba.
Kiara no consiguió llegar a la salida.
Apenas había avanzado unos metros por el vestíbulo cuando dos hombres de seguridad cerraron las puertas principales y pidieron a los periodistas que retrocedieran.
—La salida permanecerá restringida durante los próximos minutos.
Kiara miró al guardia.
—Necesito salir.
—Lo siento, señorita. Está llegando una delegación oficial.
—Perfecto. Salgo antes de que llegue.
Intentó avanzar.
El hombre extendió un brazo.
—No puedo permitirlo.
Kiara cerró los ojos. Por supuesto.
Porque aparentemente aquel día todavía no había sido suficientemente malo.
Sacó el teléfono para pedir un automóvil en cuanto abrieran las puertas y vio tres llamadas perdidas.
Claire. Había prometido avisarle después de hablar con Rashid.
No tenía ninguna intención de hacerlo todavía.
¿Cómo explicaba aquello?
“Hola. Encontré a mi novio. Resulta que probablemente va a gobernar un país y, por cierto, acaba de decir delante de otra mujer que no soy nadie importante.”
No.
Claire podía esperar.
El ascensor privado se abrió detrás de ella.
Kiara no necesitó mirar para saber quién había salido.
—Kiara.
Continuó caminando.
Rashid la alcanzó antes de que llegara a una zona lateral del vestíbulo.
—Espera.
Ella giró.
—¿Para qué?
Rashid miró alrededor. Había demasiadas personas.
—Necesito hablar contigo.
Kiara soltó una risa incrédula.
—Hace cinco minutos necesitabas que regresara a casa.
—No de esta manera.
—¿Qué manera?
—Estás entendiendo...
—Ten cuidado con lo que vas a decir.
Rashid se quedó callado.
Kiara se acercó un poco.
—No me digas que estoy entendiendo mal algo que escuché perfectamente. Ella preguntó quién era yo y tú respondiste.
La mandíbula de Rashid se tensó.
—Había personas escuchando.
—Ah.
Kiara asintió lentamente.
—Entonces no soy importante solamente cuando hay público. Mucho mejor.
—Kiara.
—¿Sabes qué es lo peor? Que vine dispuesta a escucharte. Descubrí ayer que me mentiste durante más de un año y aun así pensé que debía existir una explicación.
—Existe.
—Ya no la quiero.
Eso pareció afectarlo. Por primera vez desde que lo había visto en aquel pasillo, Rashid perdió parte de aquella frialdad.
—No puedes aparecer aquí en medio de todo esto y marcharte sin dejarme explicar.
Kiara lo miró fijamente.
—¿Acabas de escuchar lo que dijiste?
Él guardó silencio.
—Yo no aparecí en medio de nada, Rashid. Yo ya estaba en tu vida antes de todo esto. Tú fuiste quien decidió que dejara de estarlo.
—No he dicho eso.
—No hizo falta.
Una puerta se abrió al otro extremo del vestíbulo.
Varias personas comenzaron a entrar. Rashid miró hacia allí. Ese pequeño movimiento fue suficiente.
Kiara sonrió con amargura.
—Ve. Parece que tu vida importante acaba de llegar.
—No hagas esto.
—Tú lo hiciste.
Se alejó. Esta vez Rashid no la siguió.
Kiara llegó hasta una cafetería del hotel que permanecía abierta y escogió la mesa más alejada. Necesitaba sentarse.
Solo cuando lo hizo notó que le temblaban las manos.
Abrió el bolso. La carpeta estaba allí.
La sacó.
Durante unos segundos contempló el informe médico.
“Embarazo confirmado.”
Había imaginado tantas veces la cara de Rashid cuando se lo dijera.
Sorpresa, alegría, pánico. Incluso las tres cosas.
Nunca había imaginado estar sentada sola en un hotel de Al-Nur preguntándose si debía romper el papel antes de que él supiera que existía.
Apoyó una mano sobre su abdomen.
—No tienes la culpa de que tu padre sea un imbécil.
Una mujer sentada dos mesas más allá levantó la mirada.
Kiara carraspeó.
—Conversación privada.
La mujer regresó a su café. Kiara guardó los documentos. No tomaría ninguna decisión allí.
Estaba enfadada. Herida. Y acababa de descubrir demasiadas cosas en menos de veinticuatro horas.
Regresaría al hotel, dormiría y después decidiría qué hacer.
Las puertas principales finalmente se abrieron. Kiara se levantó. Entonces comenzaron los flashes.
Una comitiva acababa de entrar.
Farid Al-Karim caminaba delante. Kiara lo reconoció por las fotografías del periódico.
A su lado estaba Layana. La misma mujer que minutos antes había preguntado quién era ella.
Layana avanzaba con expresión tranquila, saludando a varias personas. Kiara apartó la mirada.
No tenía nada contra ella. Layana no le había hecho absolutamente nada.
El problema tenía nombre, apellido y una capacidad extraordinaria para mentir.
—Kiara.
Karim apareció junto a la cafetería.
Ella suspiró.
—Si vienes a decirme que no debería estar aquí, llegas tarde.
—Rashid me pidió que la acompañara a su hotel.
—Puedo llegar sola.
—Lo sé.
—Entonces estamos de acuerdo.
Kiara avanzó. Karim caminó detrás.
—Hay algo que debería...
Ella se detuvo.
—No.
—¿Qué?
—No quiero otra advertencia misteriosa. Si vas a decirme algo, dilo completo. Estoy cansada de frases a medias.
Karim pareció debatirse consigo mismo.
—El anuncio comenzará en veinte minutos.
—No pienso quedarme.
—Quizá debería escucharlo.
Kiara sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
Karim no respondió. Ella soltó una risa amarga.
—Exactamente.
Siguió caminando.
—Kiara.
Esta vez se volvió furiosa.
—¿Qué?
Karim bajó la voz.
—Si se marcha ahora, lo que escuche después llegará por televisión o por internet.
Kiara se quedó quieta.
—¿Tan malo es?
Él no respondió. Otra vez. Pero ya no hacía falta.
Kiara miró hacia el salón donde comenzaban a entrar los periodistas. Después hacia las puertas del hotel.
Podía irse. Una parte de ella quería hacerlo. La otra necesitaba saber hasta dónde llegaba aquello antes de subir a un avión.
—Cinco minutos —murmuró.
Karim frunció el ceño.
—¿Qué?
—Me quedaré cinco minutos.
Al final se quedó diecisiete.
Kiara permaneció al fondo del salón, detrás de varias filas de periodistas. No tenía acreditación, pero Karim habló con seguridad y nadie intentó sacarla.
El escenario tenía tres lugares. Eso fue lo primero que notó. Farid ocupó uno. Layana otro. El tercero permaneció vacío, hasta que Rashid entró.
Los fotógrafos se levantaron.
Kiara sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.
Él caminó hasta el centro con una seguridad que ella nunca le había visto. Parecía pertenecer allí. Quizá ese era el problema.
El Rashid que ella conocía había existido en apartamentos, restaurantes pequeños, viajes de trabajo y domingos en los que se negaba a levantarse temprano.
Ese hombre parecía otra persona.
Farid habló primero. Kiara apenas escuchó. Mencionó estabilidad, cooperación, continuidad y el futuro de Al-Nur.
Después habló Rashid.
—Los últimos días han sido los más difíciles que mi familia y nuestro país han enfrentado en mucho tiempo.
Kiara tragó saliva. No parecía un hombre cruel. Parecía agotado.
Eso dolió de una manera diferente.
—La pérdida de mi padre y de mi hermano cambió responsabilidades que ninguno de nosotros esperaba asumir de esta forma. Sin embargo, Al-Nur necesita certezas.
Un periodista levantó la mano.
—¿El respaldo de la familia Al-Karim está confirmado?
Farid respondió:
—Estamos aquí, ¿no?
Varias personas rieron. Kiara no.
Otra periodista habló.
—Señor Al-Zahir, se ha especulado sobre una alianza más profunda entre ambas familias.
Silencio. Kiara dejó de respirar. Rashid miró hacia Farid. Después hacia Layana.
Ella permaneció inmóvil.
—Las familias Al-Zahir y Al-Karim han llegado a un acuerdo —respondió Rashid.
Los flashes aumentaron.
Kiara sintió que los dedos se le enfriaban.
—¿Qué clase de acuerdo? —preguntó alguien.
Rashid no respondió inmediatamente. Layana giró hacia él.
Entonces Rashid extendió la mano. Layana la miró apenas un segundo antes de colocar la suya sobre ella.
Algo dentro de Kiara terminó de romperse. No necesitaba escuchar más.
Dio un paso hacia atrás. Luego otro.
Un periodista hizo la pregunta que ella ya no quería oír.
—¿Podemos interpretar esto como la confirmación de una unión entre usted y la señorita Al-Karim?
Kiara se giró hacia la puerta. La voz de Rashid llegó detrás de ella, clara, firme. Imposible de confundir.
—Sí. Vamos a unir a nuestras familias en matrimonio.
Kiara cerró los ojos. Su mano bajó automáticamente hacia su abdomen.
Cinco días.
Eso había tardado Rashid en convertirla en nadie importante y tomar la mano de otra mujer delante de todo un país.
Abrió los ojos. Ya no tenía ninguna razón para quedarse en Al-Nur y Rashid ya no tenía ninguna razón para saber lo que ella había venido a contarle.
