Capítulo 1 Capítulo 1

Charlotte

El espejo del baño me devolvía una imagen que apenas reconocía.

Piel pálida. Ojos azules demasiado grandes para un rostro que había aprendido a no expresar nada. Cabello rubio recogido en un moño simple, lo bastante decente para no llamar la atención, lo bastante imperfecto para que Olivia no tuviera una nueva excusa. Llevaba puesto el vestido azul claro que mi madrastra había elegido la noche anterior. No porque le gustara cómo me quedaba. Sino porque sabía que el color me hacía parecer más joven, más frágil… más fácil de romper.

Me toqué la nuca con los dedos fríos. La marca de la última vez todavía ardía bajo el maquillaje. Un recordatorio discreto. Como todos los demás.

Trece años.

Habían pasado trece años desde la última vez que alguien me había mirado con algo que no fuera desprecio o deseo enfermo.

Cerré los ojos y el recuerdo llegó sin permiso, como siempre hacía.

Tenía siete años.

La casa olía a lilas esa tarde. Mi madre las odiaba, pero las había pedido igual. Decía que el perfume la ayudaba a respirar cuando el dolor de cabeza se volvía insoportable. Yo estaba sentada en el borde de su cama, sosteniendo su mano. Estaba tan delgada que los huesos se marcaban bajo la piel. Sus ojos, del mismo azul que los míos, me miraban con una calma que todavía no sabía interpretar.

—Escúchame bien, mi amor —me había dicho con voz ronca—. Cuando yo ya no esté, finge. Finge que no entiendes. Finge que eres tonta. Que eres débil. Es el único escudo que te va a quedar en esta casa.

Yo no entendí. Solo apreté más fuerte su mano y le dije que no se fuera.

Tres horas después, se ahogaba con su propia saliva mientras Olivia —la secretaria de papá, la mujer que siempre sonreía demasiado— le sostenía la cabeza con una ternura falsa. Yo grité. Corrí. Golpeé la puerta del despacho de mi padre hasta que me sangraron los nudillos. Cuando por fin bajó, mi madre ya no respiraba.

Esa misma noche, Olivia se quedó a dormir en la habitación de invitados.

Seis meses después, era la nueva señora Harrington.

Y trajo consigo a sus dos hijos: Verónica, de seis años, y Louis, de doce.

Desde entonces, el infierno tuvo nombre y apellido.

Abrí los ojos. El espejo seguía ahí. Yo también.

Me sequé las manos con la toalla blanca y salí del baño. La habitación que me habían asignado en el ala este de la mansión era grande, elegante y fría. Como todo en esa casa. La cama king size con dosel de seda gris. El escritorio de caoba donde escondía los documentos que robaba. El armario repleto de ropa que no había elegido. Y el espejo de cuerpo entero que me obligaba a mirar cada cicatriz que mi padre había dejado en mi espalda a lo largo de los años.

Me senté en el borde de la cama y me abroché los zapatos de tacón bajo. Las manos me temblaban un poco. Siempre me temblaban antes de las cenas familiares. Era el momento en el que todos bajaban la máscara… o al menos, la parte de la máscara que les permitía disfrutarlo.

Un leve empujón a los nueve años.

Un “accidente” en la piscina a los once, cuando todavía no sabía nadar.

Veneno en la comida a los catorce, lo bastante diluido para no matarme, pero suficiente para que pasara tres días vomitando sangre.

Azotes cada vez que “mentía”.

Encierros en el sótano sin luz ni comida.

Y la mirada de Louis, que había ido cambiando con los años hasta convertirse en algo que me helaba la sangre.

Yo había sobrevivido a todo eso fingiendo.

Fingiendo que no entendía las conversaciones que tenían delante de mí cuando me dejaban semiinconsciente.

Fingiendo que no veía los documentos que dejaban abiertos en el despacho.

Fingiendo que el dolor no existía.

Mi madre tenía razón.

La estupidez era el mejor escudo.

Una llamada a la puerta me sacó del recuerdo.

—Señorita Charlotte —la voz de una de las sirvientas sonó apagada a través de la madera—. La cena está servida. La señora Olivia pregunta si va a bajar… o si prefiere que le suban la comida a la habitación.

La amenaza velada era clara.

Si no bajaba, el castigo vendría después. Y sería peor.

—Bajo en un momento —contesté con la voz suave, casi infantil, que había perfeccionado durante años.

Escuché los pasos alejarse. Me levanté, me alisé el vestido y miré una última vez el espejo.

—Puedes hacerlo —me susurré—. Solo una cena más. Solo una más.

Mentira.

Siempre había una más.

Bajé las escaleras de mármol con paso cuidadoso. Cada escalón crujía bajo mis pies como si la casa misma quisiera delatarme. El comedor principal estaba al final del pasillo de la planta baja. Las puertas dobles de roble estaban abiertas. La luz de los candelabros de cristal bañaba la larga mesa de caoba donde mi familia ya estaba sentada.

Mi padre, Richard Harrington, ocupaba la cabecera. Cincuenta y dos años, cabello entrecano perfectamente peinado, traje oscuro y esa expresión de molestia permanente que usaba cuando me miraba. A su derecha, Olivia. Hermosa, venenosa, con el cabello castaño recogido en un moño impecable y un vestido rojo que gritaba dinero. A la izquierda de mi padre, Louis. Veinticinco años. Pelo negro, ojos café oscuros, sonrisa perezosa que nunca llegaba a los ojos cuando me veía. Y frente a él, Verónica. Diecinueve años. La versión más joven y cruel de su madre.

Nadie se levantó cuando entré.

Nadie sonrió.

—Por fin —dijo Olivia con esa voz melosa que usaba delante de las sirvientas—. Creímos que te habías perdido otra vez, Charlotte. Sabes lo mucho que nos preocupas cuando desapareces.

Me senté en el único lugar que me quedaba: al final de la mesa, lo más lejos posible de todos ellos. Exactamente donde me querían.

—Lo siento —murmuré, bajando la mirada—. Se me hizo tarde arreglándome.

Louis soltó una risa baja.

—Te ves… presentable —dijo, y su mirada se demoró demasiado tiempo en el escote del vestido—. Aunque ese color te hace parecer una muñeca rota. Muy… frágil.

Verónica rio detrás de su copa de vino.

—Es que lo es. ¿Verdad, papá?

Mi padre no contestó de inmediato. Cortó un trozo de carne con movimientos precisos, lo llevó a la boca, masticó y solo entonces me miró.

—Habla cuando te pregunten, Charlotte —dijo con voz fría—. Y deja de mirar el plato como si te fueran a envenenar. Otra vez.

El silencio que siguió fue denso.

Yo no levanté la vista. Me limité a cortar la comida en trozos pequeños y a llevarme uno a la boca. Sabía a ceniza. Todo sabía a ceniza desde hacía años.

La conversación fluyó a mi alrededor como siempre: negocios, fiestas, el nuevo contrato con los japoneses, el terreno que estaban negociando en el Upper East Side. Yo escuchaba. Guardaba cada nombre, cada cifra, cada amenaza velada. Mi mente, la que ellos creían vacía, trabajaba sin descanso.

Hasta que mi padre dejó los cubiertos sobre el plato con un ruido seco que hizo que se me encogiera el estómago.

—Hay algo que debemos discutir en familia —anunció.

Olivia sonrió. Verónica dejó de reír. Louis inclinó la cabeza, interesado.

Yo supe, con una certeza helada, que lo que viniera a continuación iba a cambiarlo todo.

Mi padre me miró directamente a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Charlotte —dijo—. Te vas a casar.

El tenedor se me resbaló de los dedos y cayó sobre el plato con un tintineo agudo.

—¿C-casar? —repetí, dejando que mi voz temblara exactamente como ellos esperaban.

—Con Caspian Vanderbilt —continuó mi padre, como si estuviera hablando del clima—. El acuerdo está cerrado. La ceremonia será en tres semanas. Es un tratado de paz entre nuestras familias. Y tú… serás el puente.

Louis se tensó visiblemente.

Verónica abrió la boca, indignada.

—¿Ella? —escupió—. ¿Por qué no yo? ¡Yo soy—

—Porque tú eres mi hija consentida —la cortó Olivia con dulzura venenosa—. Y porque Caspian Vanderbilt odia a esta familia lo suficiente como para matar a cualquiera que cruce su puerta. No vamos a arriesgar a nuestra niña. Charlotte, en cambio… ya está acostumbrada a sobrevivir.

Mi padre asintió, satisfecho.

—Firmas los papeles mañana por la mañana. Y no quiero escuchar ni una sola queja. ¿Quedó claro?

Me miraron todos.

Esperando el llanto. La súplica. El pánico.

Yo bajé la mirada hacia mi plato y dejé que mis hombros se encorvaran exactamente como una niña asustada lo haría.

—Sí, padre —susurré.

Pero por dentro, por primera vez en trece años, algo distinto al miedo empezó a arder.

Caspian Vanderbilt.

El Demonio de Nueva York.

El hombre que odiaba a mi familia casi tanto como yo.

Si lograba sobrevivir el tiempo suficiente…

Si lograba ponerlo de mi lado…

Entonces, por fin, podría verlos arder.

Y esta vez, no sería yo la que terminara con cicatrices.

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