Capítulo 2 Capítulo 2
Charlotte
El silencio que siguió al anuncio de mi padre fue tan denso que pude escuchar el latido de mi propia sangre en los oídos.
Nadie hablaba.
Nadie se movía.
Solo el suave tintineo de la cuchara de Verónica contra el borde de su plato rompía la quietud, como si estuviera aburrida del espectáculo.
Yo mantenía la cabeza gacha, los hombros encorvados, exactamente la postura de la hija asustada y estúpida que ellos esperaban ver. Por dentro, sin embargo, mi mente corría a mil por hora. Caspian Vanderbilt. El Demonio de Nueva York. El hombre cuya sola mención hacía que incluso mi padre tensara la mandíbula. Y ahora yo iba a ser su esposa.
Una pieza de intercambio.
Un sacrificio.
Un regalo envuelto en seda azul claro y miedo.
Olivia fue la primera en recuperar la compostura. Se limpió los labios con la servilleta de lino blanco y sonrió con esa dulzura artificial que siempre precedía a algo cruel.
—Bueno —dijo con voz ligera—, esto es… inesperado, pero emocionante. Charlotte, cariño, deberías estar agradecida. No todas las chicas de tu… condición tienen la oportunidad de casarse con alguien de la categoría de un Vanderbilt.
Verónica soltó una risa corta y desagradable.
—Categoría —repitió, jugando con el anillo de diamantes que llevaba en el dedo índice—. Por favor, mamá. Caspian Vanderbilt es un monstruo. Todo el mundo lo sabe. Mata gente por diversión. Y ahora le vamos a regalar a ella. Qué desperdicio.
Louis no había dicho nada todavía. Permanecía recostado en su silla, una mano alrededor de la copa de vino tinto, los ojos fijos en mí con una intensidad que me hizo querer hundirme bajo la mesa. Esa mirada había cambiado con los años. Antes era solo desprecio. Ahora había algo más oscuro, más posesivo, algo que me hacía sentir nauseas cada vez que se posaba sobre mí demasiado tiempo.
Mi padre dejó los cubiertos con un ruido seco.
—Verónica, cállate —ordenó sin siquiera mirarla—. Y tú, Louis, deja de mirar a tu hermana como si fuera un trozo de carne. Me estás poniendo nervioso.
—No es mi hermana —respondió Louis con voz baja y peligrosa—. Nunca lo ha sido.
Olivia soltó una risita y extendió la mano para tocar el brazo de su hijo.
—Cariño, no empieces. Sabes que Richard se pone de mal humor cuando cuestionas las decisiones familiares.
—Las decisiones familiares —repitió Louis, y esta vez su mirada se deslizó hacia mi padre con algo parecido al desafío—. Qué conveniente. Casas a la hija que nunca quisiste con el hombre que más odias. Y de paso te quitas un problema de encima. Brillante, Richard. Realmente brillante.
El ambiente se volvió eléctrico. Mi padre entrecerró los ojos, esa vena que se le marcaba en la frente cuando estaba a punto de explotar empezó a latir visiblemente.
—Ten cuidado con tu tono, muchacho —advirtió—. Recuerda quién te da el techo que tienes sobre la cabeza y el dinero que gastas como si no tuviera fin.
Louis esbozó una sonrisa torcida, pero no contestó. En cambio, volvió a mirarme. Esta vez más despacio, recorriéndome el escote del vestido, el cuello, los labios. Sentí el estómago revuélverse.
—Y tú —me dijo de pronto—. ¿No vas a decir nada? ¿No vas a llorar? ¿No vas a rogar que no te manden con ese psicópata?
Todas las miradas se clavaron en mí. Era el momento. El momento en el que debían ver miedo. Debilidad. Sumisión.
Tragué saliva y dejé que mi voz saliera temblorosa, casi infantil.
—Y-yo… haré lo que papá diga —susurré—. No quiero causar problemas.
Verónica bufó.
—Claro que no. Nunca los causas. Solo los recoges. Como una perra bien entrenada.
—Verónica —la regañó Olivia, aunque no sonaba especialmente molesta—. No seas vulgar en la mesa.
—¿Vulgar? —Verónica se inclinó hacia adelante, los ojos brillantes de malicia—. Estoy siendo honesta. Charlotte siempre ha sido la vergüenza de esta familia. La hija defectuosa. La que no sabe ni defenderse. Ahora por fin será útil para algo. Aunque sea como sacrificio.
Mi padre no la corrigió. De hecho, asintió levemente, como si estuviera de acuerdo.
—Basta de dramatismos —dijo—. El acuerdo está cerrado. Caspian quiere el terreno de su madre a cambio de firmas de paz entre nuestras empresas. Y yo quiero que los Vanderbilt dejen de interferir en mis negocios. Charlotte es el precio. Y lo pagará.
Me clavó la mirada.
—Mañana a las nueve en punto estarás en mi despacho para firmar los documentos preliminares. Y no quiero escuchar ni una sola queja. ¿Quedó claro?
—Sí, padre —respondí en voz baja.
La cena continuó, pero la tensión no se disipó. Olivia empezó a hablar de los preparativos de la boda como si estuviera organizando una fiesta de jardín. El color del vestido (blanco, por supuesto, aunque todos sabían que yo no era ninguna virgen inocente a ojos de ellos). Las flores. La lista de invitados. Verónica se quejaba de que no le dejaran elegir el vestido de dama de honor. Louis apenas comía. Solo bebía y me miraba.
En un momento, cuando las sirvientas entraron a retirar los platos principales, él se inclinó ligeramente hacia mí, lo bastante cerca para que solo yo pudiera oírlo.
—No creas que te vas a escapar tan fácil —susurró contra mi oído—. Ese demonio puede tenerte en el papel. Pero yo te tuve primero. Y voy a asegurarme de que no lo olvides.
Me quedé paralizada. El aliento de él me rozó la piel y sentí el mismo asco de siempre, esa náusea familiar que se me subía por la garganta cada vez que se acercaba demasiado. No respondí. No me moví. Solo esperé a que se apartara, fingiendo que sus palabras no habían calado.
Cuando por fin se enderezó, Olivia levantó la copa.
—Por Charlotte —dijo con esa sonrisa de serpiente—. Que encuentre en su nuevo hogar… exactamente lo que se merece.
Todos brindaron.
Hasta Louis.
Hasta Verónica.
Yo levanté mi copa de agua con mano temblorosa y bebí un sorbo pequeño. El líquido me sabía a metal.
El resto de la cena transcurrió entre comentarios venenosos disfrazados de preocupación. Olivia preguntó si necesitaba que le compraran ropa interior decente para la noche de bodas, “porque seguro que Caspian esperaba algo más… presentable”. Verónica se ofreció a prestarme uno de sus vestidos viejos, “ya que total, no iba a durar mucho en esa casa”. Mi padre solo comía en silencio, satisfecho con su decisión.
Y yo escuchaba.
Guardaba.
Planeaba.
Cuando por fin nos permitieron levantarnos, mis piernas apenas me sostenían. Subí las escaleras con paso lento, sintiendo la mirada de Louis clavada en mi espalda hasta que doblé el pasillo. Una vez dentro de mi habitación, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, respirando entrecortadamente.
Tres semanas.
Solo tres semanas.
Me quité los zapatos y caminé descalza hasta el espejo de cuerpo entero. Con dedos temblorosos, deslicé el cierre del vestido y lo dejé caer al suelo. Me quedé en ropa interior, de espaldas al espejo, y giré la cabeza lo suficiente para ver el reflejo de mi espalda.
Las cicatrices.
Decenas de ellas.
Algunas finas y pálidas, otras más recientes, todavía rosadas. El mapa completo de trece años de infierno. Azotes. Cinturones. La hebilla de la correa de mi padre cuando perdía realmente el control. Cada una tenía una historia. Cada una era una promesa de que yo había sobrevivido.
Pasé los dedos por la más larga, la que cruzaba desde el omóplato izquierdo hasta casi la cintura. Todavía ardía cuando llovía.
—Ya casi —susurré para mí misma—. Ya casi terminó.
Me vestí con el camisón más simple que tenía y me metí en la cama sin molestarme en quitar el maquillaje. Apagué la luz y me quedé mirando el techo en la oscuridad, escuchando los ruidos lejanos de la casa que se iba quedando en silencio.
Caspian Vanderbilt.
El hombre que odiaba a mi familia casi tanto como yo.
El hombre que, según los rumores, había hecho desaparecer a personas por mucho menos de lo que los Harrington le habían hecho.
Si lograba que me escuchara…
Si lograba convencerlo de que no era una espía de mi padre, sino su peor pesadilla hecha mujer…
Entonces, tal vez, solo tal vez, podría salir de este infierno con vida.
Y llevarme a todos ellos conmigo.
Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no rezé para que el día siguiente no llegara.
Rezé para que llegara rápido.
