Capítulo 3 Capítulo 3
Charlotte
No pude dormir.
Me quedé tumbada en la oscuridad, mirando el dosel de seda gris sobre mi cabeza, mientras las palabras de mi padre se repetían una y otra vez en mi mente como un eco venenoso.
Te vas a casar con Caspian Vanderbilt.
Es un tratado de paz.
Tú serás el puente.
Tres semanas.
Solo tres semanas y mi vida volvería a cambiar de dueño.
El reloj de pared marcó las tres de la madrugada cuando por fin me senté en la cama. La casa estaba en completo silencio. Ni siquiera se escuchaban los pasos habituales de los guardias de seguridad haciendo su ronda nocturna. Aproveché el momento. Me levanté descalza, me puse la bata gris que siempre dejaba al alcance de la mano y abrí el cajón secreto del escritorio. Dentro había una pequeña linterna de bolsillo, un par de horquillas para el cabello y una llave maestra que había copiado meses atrás a una de las sirvientas más descuidadas.
El despacho de mi padre estaba en el ala oeste, en el primer piso. Para llegar tenía que cruzar el pasillo principal, bajar las escaleras de servicio y evitar las cámaras que Olivia había insistido en instalar el año anterior. Sabía exactamente dónde estaban los puntos ciegos. Los había memorizado durante noches como esta, cuando el dolor de las cicatrices no me dejaba dormir y necesitaba recordar que todavía tenía algo de control.
Salí de la habitación en silencio absoluto. El pasillo estaba a oscuras, iluminado solo por la luz de la luna que entraba a través de los grandes ventanales. Cada paso sobre la alfombra gruesa era calculado. Respiraba por la boca, despacio, como había aprendido a hacer desde pequeña para que nadie escuchara mi miedo.
Cuando llegué a la puerta del despacho, me detuve un segundo. El corazón me latía con fuerza contra las costillas. Siempre me pasaba lo mismo. El cuerpo recordaba antes que la mente.
Cerré los ojos y, sin querer, el recuerdo me arrastró hacia atrás.
Tenía nueve años.
Había pasado casi un año desde que Olivia y sus hijos se mudaron oficialmente a la casa. Yo todavía no entendía del todo por qué mi padre ya no me abrazaba, ni por qué mi nueva “madre” sonreía cada vez que yo tropezaba. Esa tarde había intentado esconderme en la biblioteca para llorar en paz. Verónica me había encontrado. Solo tenía ocho años, pero ya sabía exactamente cómo hacerme daño sin dejar marcas visibles.
—Papá dice que eres un error —me había susurrado con voz dulce—. Dice que ojalá te hubieras muerto con tu mamá.
Yo corrí.
Corrí por el pasillo del segundo piso con el corazón desbocado, las lágrimas nublándome la vista. Escuché pasos detrás de mí. No era Verónica. Eran más pesados. Más rápidos.
Louis.
—¡Vuelve aquí, ratita! —gritó entre risas.
Intenté llegar a las escaleras principales. Si bajaba, podía esconderme en la cocina con las sirvientas. Ellas a veces me dejaban quedarme un rato si prometía no hacer ruido. Puse un pie en el primer escalón… y sentí dos manos fuertes empujarme entre los omóplatos.
El mundo se inclinó.
El aire se escapó de mis pulmones.
Caí.
El primer golpe fue contra el borde del segundo escalón. Sentí algo crujir en el hombro. El segundo golpe me dio en la cadera. El tercero, en la cabeza. Rodé. Golpeé. Grité. Cuando por fin me detuve al final de la escalera, el mármol frío contra mi mejilla, no podía respirar. La visión se me nubló de rojo. Escuché risas arriba. La de Louis. La de Verónica. Y luego la voz de Olivia, suave y divertida:
—Ay, la niña es tan torpe… Siempre tropezando.
Mi padre bajó media hora después. Me miró tirada en el suelo, con el brazo en un ángulo extraño y la sangre corriendo por la frente, y solo dijo:
—Levántate. Y la próxima vez mira por dónde caminas.
No me llevaron al hospital.
Un médico privado vino a la casa, me colocó el hombro en silencio y me recetó analgésicos. Nadie preguntó cómo había caído. Nadie lo hizo nunca.
Esa fue la primera cicatriz real.
La primera de muchas.
Abrí los ojos. Seguía frente a la puerta del despacho. Las manos me temblaban, pero la llave maestra giró sin problemas. Entré y cerré con cuidado detrás de mí.
El despacho olía a tabaco caro y cuero viejo. La luz de la luna entraba por el ventanal y dibujaba formas plateadas sobre el escritorio de caoba maciza. Sabía exactamente dónde guardaba mi padre los documentos importantes. El cajón inferior izquierdo tenía un falso fondo. Lo había descubierto meses atrás, una noche en la que él había bebido de más y se había olvidado de cerrar con llave.
Me arrodillé, saqué la linterna y trabajé en silencio. El mecanismo del falso fondo era sencillo una vez que sabías cómo. Dentro había una carpeta negra gruesa. La abrí sobre el escritorio y empecé a fotografiar cada página con el teléfono viejo que mantenía escondido para estas ocasiones. No tenía línea. Solo servía como cámara.
Contratos.
Transferencias.
Nombres de jueces comprados.
Cuentas en paraísos fiscales.
Y, en las últimas páginas, anotaciones sobre el “problema Vanderbilt” y el terreno que Caspian quería recuperar a toda costa.
Sonreí en la oscuridad.
Pequeña. Amarga. Pero real.
Ellos creían que yo era estúpida.
Creían que los golpes me habían dejado hueca por dentro.
No sabían que cada vez que me dejaban semiinconsciente en el suelo del sótano, yo escuchaba. Que cada vez que Olivia hablaba demasiado alto en el salón, yo memorizaba. Que cada cicatriz en mi espalda era un recordatorio de que todavía estaba viva… y de que algún día iba a usar todo lo que sabía en su contra.
Guardé el teléfono, volví a colocar la carpeta exactamente como la había encontrado y cerré el falso fondo. Antes de salir, me detuve un segundo frente al ventanal. La ciudad brillaba a lo lejos, indiferente a lo que ocurría dentro de esa casa.
Tres semanas.
En tres semanas iba a cruzar la puerta de la mansión Vanderbilt con una sola misión: sobrevivir el tiempo suficiente para que el Demonio de Nueva York viera en mí algo más que a la hija de su enemigo.
Y si lograba eso…
Si lograba que me escuchara…
Entonces por fin podría dejar de fingir.
Salí del despacho con el mismo cuidado con el que había entrado. Subí las escaleras de servicio, crucé el pasillo y entré de nuevo en mi habitación sin que nadie me viera. Me quité la bata, me metí bajo las sábanas frías y me acurruqué de lado, protegiendo las cicatrices como siempre hacía.
El dolor del hombro —el mismo que me había dejado Louis en aquellas escaleras años atrás— todavía me acompañaba cuando llovía.
Esa noche no llovía.
Pero el dolor estaba igual.
Cerré los ojos y me permití, solo por un momento, imaginar un futuro diferente. Uno en el que no tuviera que contar las horas entre un golpe y el siguiente. Uno en el que alguien mirara mis cicatrices y no viera debilidad, sino prueba de que había sobrevivido al infierno.
Uno en el que el Demonio de Nueva York decidiera que yo valía más viva que muerta.
La alarma del reloj de la mesita estaba programada para las seis y media. En unas horas tendría que bajar al despacho de mi padre y firmar los documentos que me venderían legalmente a Caspian Vanderbilt.
Firmé muchas cosas a lo largo de los años.
Castigos. Silencios. Mentiras.
Esta firma, al menos, iba a servir para algo.
Me dormí con esa certeza clavada en el pecho como una daga dulce.
Y por primera vez en mucho tiempo, no soñé con escaleras.
