Capítulo 4 Capítulo 4
Charlotte
La mañana llegó demasiado rápido.
Me desperté con el cuerpo rígido y la sensación de que apenas había cerrado los ojos. La luz grisácea que entraba por las cortinas anunciaba un día nublado, de esos que en Nueva York parecían eternos. Me levanté automáticamente, como había hecho durante años: primero los pies en el suelo frío, luego el camisón caído al suelo, después la ducha rápida con el agua lo más caliente que podía soportar para que los músculos de la espalda dejaran de doler un poco.
Mientras el vapor llenaba el baño, repasé mentalmente lo que tenía que hacer. A las nueve en punto debía estar en el despacho de mi padre para firmar los documentos del matrimonio. Después de eso… no sabía. Probablemente Olivia tendría alguna humillación preparada. Verónica alguna provocación. Louis alguna mirada que me haría querer vomitar.
Me vestí con cuidado. Un vestido de manga larga color crema, lo bastante modesto para no dar motivos, lo bastante elegante para que no pudieran acusarme de “desaliñada”. Me recogí el cabello en un moño bajo y me miré al espejo. La misma cara de siempre. La misma máscara.
Bajé las escaleras a las ocho cincuenta. El pasillo que llevaba al despacho de mi padre olía a café recién hecho y a la colonia cara que él usaba desde que yo tenía memoria. La puerta estaba entreabierta. Respiré hondo, toqué suavemente y entré cuando escuché su voz cortante:
—Pasa.
Estaba sentado detrás del escritorio de caoba, exactamente en el mismo lugar donde yo había estado arrodillada unas horas antes robando sus secretos. Por un segundo el miedo me apretó el estómago. ¿Y si había notado algo? ¿Y si la carpeta no había quedado exactamente igual?
Pero él solo levantó la vista, me examinó de arriba abajo y señaló la silla frente a él.
—Siéntate. Firma donde te indico.
Había varios documentos extendidos sobre el escritorio. Contratos prenupciales. Acuerdos de transferencia de acciones. Una cláusula que me convertía literalmente en una mercancía de intercambio a cambio del terreno que Caspian quería. Firmé cada página con la letra pequeña y temblorosa que había perfeccionado durante años. La de la niña asustada. La de la hija obediente.
Cuando terminé, mi padre recogió los papeles, los guardó en una carpeta y me miró con esa expresión que siempre precedía a algo malo.
—Hay algo más —dijo.
Sentí que el aire se volvía más denso.
—Anoche alguien entró en este despacho —continuó con voz peligrosamente baja—. Los sensores de movimiento registraron actividad a las tres y diecisiete de la madrugada. Las cámaras del pasillo estaban… convenientemente desactivadas en ese tramo.
Mi sangre se heló.
—Yo no… —empecé, dejando que la voz se me quebrara exactamente como debía.
—No me mientas, Charlotte. —Se levantó despacio. —Eres la única lo bastante estúpida y lo bastante desesperada como para intentarlo. ¿Qué buscabas? ¿Dinero? ¿Joyas? ¿O simplemente querías llamar la atención una vez más?
—No hice nada —susurré, bajando la mirada. —Lo juro.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
—Olivia —llamó mi padre en voz alta.
La puerta se abrió casi de inmediato. Mi madrastra entró con una sonrisa pequeña y satisfecha, como si hubiera estado esperando justo fuera.
—¿Sí, querido?
—Nuestra hija ha vuelto a mentir. Y sabes cómo se tratan las mentiras en esta casa.
Olivia inclinó la cabeza con falsa pena.
—Qué decepción. Pensé que ya había aprendido.
No me dejaron explicar. No me dejaron ni siquiera levantarme de la silla. Dos de los hombres de seguridad de la casa —los mismos que nunca intervenían cuando me golpeaban— entraron y me tomaron de los brazos. Me llevaron al sótano.
El sótano de la mansión Harrington no era un lugar de almacenamiento. Era el lugar donde las reglas de la casa se hacían cumplir. Paredes de piedra. Suelo de cemento. Una sola bombilla colgando del techo. Y en el centro, el poste de madera al que me habían atado demasiadas veces.
Me sujetaron las muñecas por encima de la cabeza. El vestido fue abierto por la espalda con un movimiento brusco. El aire frío del sótano golpeó mi piel desnuda y las cicatrices viejas se tensaron por reflejo.
Mi padre no habló mientras tomaba el cinturón. No necesitaba hacerlo. El sonido del cuero al deslizarse por las presillas era suficiente.
El primer latigazo me arrancó el aire de los pulmones.
El segundo me hizo morderme el labio hasta saborear sangre.
El tercero me dobló las rodillas.
Conté hasta doce.
Siempre contaba. Me ayudaba a no gritar demasiado pronto.
Al decimocuarto golpe la visión empezó a nublárseme. Aproveché el momento. Dejé que el cuerpo se volviera pesado, que la cabeza cayera hacia adelante, que un gemido débil se me escapara antes de quedarme completamente flácida contra las ataduras. Fingí el desmayo con la misma precisión con la que fingía estupidez.
Funcionó.
Escuché la respiración agitada de mi padre. Luego la voz de Olivia, suave y venenosa:
—Ya es suficiente, Richard. No queremos dejarla inutilizable antes de la boda. Caspian podría quejarse si la recibe demasiado… dañada.
Hubo un gruñido de molestia. Después el sonido del cinturón al ser abrochado de nuevo.
Pero no se fueron de inmediato.
Se quedaron hablando mientras yo colgaba allí, inmóvil, con la espalda ardiendo y la sangre corriendo en hilillos calientes por la piel.
—El acuerdo con Vanderbilt está cerrado —dijo mi padre—. En cuanto firme el traspaso del terreno, podemos empezar a mover las piezas con los japoneses. El puerto de Jersey será nuestro en menos de seis meses.
—¿Y si la niña abre la boca? —preguntó Olivia.
—No lo hará. Está demasiado rota. Además, Louis se encargará de recordarle lo que le espera si intenta cualquier tontería antes de la boda.
—Louis está cada vez más… intenso con ella —comentó Olivia con un deje de diversión—. Deberías vigilarlo. No queremos que estropee la mercancía.
Mi padre soltó una risa corta y desagradable.
—Que se divierta mientras pueda. En tres semanas será problema de Vanderbilt.
Sus pasos se alejaron. La luz se apagó. La puerta del sótano se cerró con un golpe sordo.
Me dejaron allí colgada.
No sé cuánto tiempo pasó. El dolor era un fuego vivo que me recorría desde los hombros hasta la cintura. Cada respiración tiraba de la piel abierta. Pero no me moví. No hasta que estuve segura de que nadie volvería.
Cuando por fin aflojé las muñecas lo suficiente como para soltarme, caí de rodillas sobre el cemento frío. Me quedé ahí, temblando, con la frente apoyada en el suelo y la espalda expuesta al aire que ardía como ácido.
Había conseguido lo que necesitaba.
Había escuchado los planes.
El puerto de Jersey. Los japoneses. El movimiento de piezas después de la boda.
Otra pieza más para el rompecabezas que estaba construyendo.
Me incorporé con dificultad, me abrigué el vestido como pude sobre las heridas y subí las escaleras del sótano apoyándome en la pared. Nadie me esperaba arriba. Nadie vino a ayudarme. Era la norma.
Llegué a mi habitación arrastrando los pies. Cerré con llave, me quité la ropa con dedos torpes y me miré la espalda en el espejo. Nuevas líneas rojas y abiertas cruzaban las cicatrices viejas. Un mapa actualizado de mi valor en esta casa.
Me limpié como pude con agua tibia y gasas que tenía escondidas. Después me tumbé boca abajo sobre la cama, con la mejilla apoyada en la almohada y los ojos abiertos mirando la pared.
Tres semanas.
Solo tres semanas más.
Y después, si lograba sobrevivir al Demonio de Nueva York…
ellos serían los que aprenderían lo que se sentía al quedar rotos.
