Capítulo 5 Capítulo 5

Charlotte

El dolor de la espalda no me dejó dormir esa noche.

Me tumbé boca abajo sobre las sábanas frías, con la mejilla pegada a la almohada y los ojos abiertos en la oscuridad. Cada vez que respiraba, la piel abierta tiraba y un ardor sordo me recorría desde los omóplatos hasta la cintura. Había limpiado las heridas lo mejor que pude con agua tibia y las gasas que guardaba escondidas detrás del cajón del escritorio, pero sabía que algunas se infectarían si no tenía cuidado. Siempre lo hacían.

El reloj de la mesita marcó las cinco de la mañana cuando por fin me rendí. Me levanté con movimientos lentos, me puse un camisón de algodón suave que no rozara demasiado y caminé descalza hasta el baño. Encendí la luz y me miré en el espejo. El rostro que me devolvía la mirada era el de siempre: pálido, con ojeras violáceas y esa expresión vacía que había perfeccionado durante años. La máscara perfecta.

Me lavé la cara con agua fría y me obligué a pensar en otra cosa que no fuera el ardor de la espalda. En tres semanas estaría fuera de esta casa. En tres semanas estaría frente a Caspian Vanderbilt. Y si lograba que me escuchara… si lograba que viera en mí algo más que a la hija de su enemigo… entonces todo esto habría valido la pena.

Bajé a desayunar a las siete y media, como siempre. El comedor estaba vacío cuando llegué. Solo una sirvienta removía discretamente los cubiertos. Me senté en mi lugar habitual, al final de la mesa, y esperé.

Olivia y Verónica aparecieron juntas diez minutos después. Ambas impecables, como si la noche anterior no hubiera ocurrido. Olivia llevaba un vestido de seda color vino y Verónica un conjunto blanco que hacía resaltar su piel pálida y su cabello negro. Louis no estaba. Probablemente todavía dormía después de una de sus salidas nocturnas.

—Buenos días, Charlotte —saludó Olivia con esa voz dulce que siempre usaba cuando había testigos—. ¿Descansaste bien? Te ves… cansada.

—Sí, madrastra —respondí en voz baja, sin levantar la vista del plato vacío.

Verónica se sentó frente a mí y sonrió. Era una sonrisa pequeña, satisfecha, la misma que ponía cada vez que lograba hacerme daño sin que nadie más se enterara.

El desayuno llegó. Tostadas, huevos revueltos, fruta fresca y un jugo de naranja en una jarra de cristal. Yo siempre comía lo mismo: una tostada seca y un poco de fruta. Nunca tocaba los jugos ni los platos que ya venían servidos. Había aprendido la lección demasiado joven.

Esa mañana, sin embargo, Verónica se adelantó.

—Toma —dijo, sirviéndome ella misma un vaso del jugo de naranja—. Te veo pálida. El jugo te hará bien.

Extendió el vaso hacia mí. El líquido era de un naranja brillante, aparentemente inocente. Pero yo conocía esa sonrisa. La había visto demasiadas veces.

Acepté el vaso con ambas manos, como una niña agradecida, y lo dejé junto a mi plato.

—Gracias —susurré.

Verónica inclinó la cabeza, esperando. Olivia fingió interesarse en su propio desayuno, pero yo sentí su atención clavada en mí. Estaban esperando que bebiera.

Llevé el vaso a los labios y di un sorbo pequeño. El sabor era dulce, casi demasiado dulce, con un regusto metálico apenas perceptible al final. Lo reconocí al instante. El mismo que había probado a los catorce años, cuando pasé tres días vomitando sangre en el baño de invitados mientras todos fingían que tenía una “gripe fuerte”.

Bajé el vaso con calma y sonreí débilmente.

—Está delicioso.

Verónica intercambió una mirada rápida con su madre. Ambas parecieron satisfechas. Continuaron comiendo y hablando de la boda como si yo no estuviera allí. Yo fingí comer la tostada, pero cada bocado se me hacía bola en la garganta. El veneno ya estaba haciendo efecto. Sentía un calor extraño en el estómago y un leve mareo que empezaba a subir hacia la cabeza.

En cuanto pude, me disculpé con voz suave.

—Creo que… necesito ir al baño un momento.

Olivia ni siquiera levantó la vista.

—Ve. Y no tardes. Tenemos que hablar de los preparativos del vestido.

Me levanté con cuidado, manteniendo la espalda recta aunque cada movimiento tiraba de las heridas, y salí del comedor con paso lento. En cuanto doblé el pasillo y estuve fuera de su vista, aceleré hacia el baño de servicio del primer piso. Cerré con llave, me arrodillé frente al inodoro y me obligué a vomitar.

El jugo salió primero, ácido y amargo. Después vino la bilis. Me quedé allí, temblando, con la frente apoyada en el borde frío del inodoro, hasta que el estómago se vació por completo. El mareo disminuyó un poco, pero el sabor metálico seguía en la boca.

Me levanté, me enjuagué la boca varias veces y me miré en el espejo pequeño sobre el lavabo. Estaba más pálida que antes. Los labios se me habían puesto ligeramente azulados. Saqué el pequeño cuaderno que siempre llevaba escondido en el bolsillo interior de la falda —uno de esos bloc de notas diminutos que nadie notaría— y anoté con letra temblorosa:

Verónica. Jugo de naranja. Desayuno. Dosis baja. Efecto en menos de 10 minutos. Náuseas, mareo, sabor metálico. No letal. Misma base que la vez de los 14.

Cerré el cuaderno y lo guardé de nuevo. Luego me lavé la cara con agua fría hasta que el color volvió un poco a mis mejillas. Cuando salí del baño, caminé despacio de regreso al comedor, como si nada hubiera pasado.

Verónica me miró con curiosidad apenas me senté.

—¿Todo bien? Te demoraste.

—Sí —respondí con voz débil—. Solo… un poco de dolor de estómago. Ya pasó.

Olivia sonrió por encima de su taza de café.

—Debes cuidar mejor lo que comes, Charlotte. Eres tan delicada…

Asentí en silencio y fingí terminar la tostada. Por dentro, sin embargo, algo se había endurecido un poco más. Cada intento de envenenamiento, cada latigazo, cada humillación era una prueba más de que ellos nunca cambiarían. Y una razón más para asegurarme de que, cuando cayeran, lo hicieran de la forma más completa posible.

El resto de la mañana transcurrió entre preparativos de la boda. Olivia me arrastró al salón principal para hablar con la diseñadora del vestido. Me hicieron probarme tres modelos diferentes mientras Verónica hacía comentarios venenosos sobre lo “flácida” que me veía y lo poco que me favorecía el blanco. Yo me limité a asentir y a dejar que me movieran como a una muñeca. Cada vez que la diseñadora ajustaba el corpiño, la tela rozaba las heridas frescas de la espalda y el dolor me hacía cerrar los ojos un segundo. Nadie lo notó. O fingieron no notarlo.

Cuando por fin me dejaron en paz, subí a mi habitación y cerré con llave. Me quité el vestido con cuidado y me tumbé otra vez boca abajo sobre la cama. El cuaderno estaba bajo la almohada. Lo saqué y repasé las anotaciones de los últimos meses. Dosis. Fechas. Reacciones. Nombres de los proveedores que Olivia usaba para conseguir “ciertas hierbas”. Todo estaba allí. Cada intento fallido de matarme se había convertido en información.

Sonreí contra la almohada, pequeña y amarga.

Ellos creían que me estaban debilitando.

En realidad, me estaban entrenando.

El veneno de esa mañana no había sido suficiente para matarme. Solo para recordarme que el tiempo se acababa. En tres semanas cruzaría la puerta de la mansión Vanderbilt con la espalda llena de cicatrices nuevas y un cuaderno lleno de secretos.

Y si Caspian Vanderbilt era siquiera la mitad de peligroso de lo que decían los rumores…

entonces los Harrington iban a desear no haberme empujado nunca por aquellas escaleras.

Cerré los ojos y dejé que el cansancio me arrastrara. El dolor seguía allí, constante y familiar. Pero debajo de él, por primera vez en mucho tiempo, había algo más.

Esperanza.

Fría. Afilada.

Y completamente mía.

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