Capítulo 6 Capítulo 6

Charlotte

El jardín de la mansión Harrington siempre me había parecido una trampa disfrazada de belleza.

Los setos perfectamente recortados, las rosas de un rojo demasiado intenso y el laberinto de piedra caliza que Olivia había insistido en construir el verano anterior formaban un escenario idílico para cualquiera que no conociera lo que realmente ocurría dentro de esas paredes. Para mí, cada rincón escondía un recuerdo. El banco bajo el sauce llorón donde Verónica me empujó al estanque cuando tenía doce años. El camino de gravilla donde Louis me agarró del brazo con demasiada fuerza la primera vez que noté que su mirada había cambiado. Y el invernadero del fondo, donde una vez me encerraron durante una tormenta porque “necesitaba aprender a no ser tan sensible”.

Esa tarde, después del intento de envenenamiento y de las horas interminables de pruebas de vestido, había pedido permiso para tomar un poco de aire. Olivia, todavía ocupada discutiendo con la diseñadora sobre el largo del velo, me había concedido media hora con un gesto distraído de la mano. Sabía que no me dejarían sola demasiado tiempo, pero media hora era suficiente. Necesitaba pensar. Necesitaba que el aire frío de octubre me limpiara un poco la cabeza.

Salí por la puerta trasera envuelta en un abrigo gris claro que me llegaba hasta las rodillas. El cielo estaba cubierto de nubes bajas y el viento movía las hojas secas sobre el césped. Caminé sin destino fijo, evitando los lugares donde sabía que las cámaras tenían mejor ángulo, hasta llegar al extremo más alejado del jardín, cerca del viejo muro de piedra que separaba la propiedad de los terrenos boscosos.

Allí el ruido de la casa se volvía distante. Podía fingir, aunque fuera por unos minutos, que no existía.

Me senté en el borde de una de las bancas de hierro forjado y cerré los ojos. La espalda todavía ardía bajo la ropa. Cada movimiento tiraba de las costras nuevas. El sabor metálico del veneno seguía en la parte de atrás de la lengua, un recordatorio amargo de que Verónica no se iba a detener. Ninguno de ellos se iba a detener hasta que yo estuviera muerta o fuera de su alcance.

Tres semanas.

Solo tres semanas.

Escuché los pasos demasiado tarde.

No fueron los pasos ligeros de una sirvienta ni el taconeo elegante de Olivia. Eran pasos pesados, seguros, de alguien que sabía exactamente a quién estaba buscando. Abrí los ojos justo cuando la sombra de Louis se proyectó sobre mí.

Estaba de pie a menos de dos metros, con las manos en los bolsillos de su abrigo negro y esa media sonrisa que nunca llegaba a los ojos. El viento le revolvía el cabello oscuro. Parecía relajado. Demasiado relajado.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo con voz baja—. Siempre vienes al mismo sitio cuando necesitas esconderte.

Me levanté despacio, manteniendo la distancia. El corazón me empezó a latir con fuerza contra las costillas, ese ritmo antiguo y familiar que anunciaba peligro.

—Solo necesitaba aire —respondí con la voz suave y temblorosa que él esperaba escuchar—. Ya vuelvo a la casa.

Di un paso hacia el lado, intentando rodearlo. Él se movió al mismo tiempo, bloqueándome el paso con el cuerpo. No me tocó. Todavía no. Pero la intención estaba clara.

—No tengas prisa —murmuró—. Llevamos días sin hablar en privado. Y después del anuncio de anoche… creo que merecemos una conversación.

Tragué saliva. El aire frío se me metió en los pulmones como agujas.

—No hay nada de qué hablar, Louis.

Él soltó una risa corta, casi afectuosa.

—Claro que lo hay. Te van a entregar a ese psicópata de Vanderbilt como si fueras un paquete. Como si no importaras. Y todos en esa casa están celebrándolo. Hasta tu padre. Especialmente tu padre.

Dio un paso más cerca. Yo retrocedí hasta que la espalda tocó el tronco del sauce. El contacto hizo que las heridas ardan, pero no me moví. No podía mostrar debilidad real. Solo la falsa.

—Es lo que papá decidió —susurré—. No puedo hacer nada.

Louis inclinó la cabeza, estudiándome con una intensidad que me heló la sangre. Sus ojos café oscuros se detuvieron en mi boca, luego bajaron hasta el cuello del abrigo y volvieron a subir.

—Siempre tan obediente —dijo en voz baja—. Tan buena niña rota. Pero yo te conozco mejor que ellos, Charlotte. Sé que detrás de esa carita de ángel asustado hay algo más. Algo que guardas solo para ti.

Extendió una mano y rozó con los dedos un mechón de mi cabello que el viento había soltado. El gesto fue casi delicado. Por eso resultaba más aterrador.

—Desde que éramos niños supe que eras mía —continuó—. Aunque ellos te trataran como basura. Aunque te llenaran de cicatrices. Yo siempre estuve ahí. Mirándote. Esperando.

El asco me subió por la garganta como bilis. Quise apartar la cara, pero me obligué a quedarme quieta. Si reaccionaba demasiado, él se alimentaría de eso. Siempre lo hacía.

—No soy de nadie —logré decir.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso es lo que crees ahora. Pero cuando ese demonio te tenga en su cama, cuando te mire con asco o te use y te tire, vas a recordar que yo fui el único que te quiso de verdad. Aunque tuviera que romperte un poco para que lo entendieras.

La mano que sostenía mi cabello se cerró un poco más. No lo suficiente para doler. Solo lo suficiente para que entendiera que podía hacerlo si quería.

—En tres semanas te vas —susurró, acercando el rostro al mío—. Pero antes de que cruces esa puerta, voy a asegurarme de que no olvides a quién perteneces realmente. Ni siquiera Vanderbilt va a poder borrar eso.

El miedo se me clavó en el pecho. No era el miedo antiguo y resignado de los azotes o del veneno. Era otro. Más íntimo. Más sucio.

Reaccioné por instinto.

Con la mano libre saqué del bolsillo del abrigo la pequeña navaja que había robado de la cocina meses atrás y que siempre llevaba escondida para momentos como este. No la apunté hacia él. Solo la dejé visible entre mis dedos, lo bastante para que la viera.

—Suéltame —dije, y por primera vez en mucho tiempo dejé que algo de acero se filtrara en mi voz—. O grito. Y no te va a gustar lo que Olivia piense si encuentra a su hijo precioso forcejeando con la mercancía dos semanas antes de entregarla.

Louis se quedó inmóvil. Sus ojos bajaron hasta la navaja y luego volvieron a subir hasta los míos. Por un segundo vi algo oscuro y furioso cruzar su expresión. Después, con una lentitud deliberada, abrió los dedos y soltó mi cabello.

—Bien jugado —murmuró—. Cada día me gustas más, ratita.

Se apartó un paso, lo justo para dejarme pasar.

—Ve. Corre a tu habitación a esconderte. Pero recuerda lo que te dije. La boda no cambia nada entre nosotros. Solo retrasa lo inevitable.

No esperé a que terminara. Rodeé su cuerpo con el corazón desbocado y caminé lo más rápido que pude sin romper a correr. Sentía su mirada clavada en mi espalda hasta que doblé el seto y perdí de vista el sauce.

Solo cuando estuve lo bastante lejos me permití temblar.

Llegué a la casa por la entrada de servicio, subí las escaleras de atrás y entré en mi habitación cerrando con llave dos veces. Me quité el abrigo con manos torpes y me dejé caer de espaldas contra la puerta, ignorando el grito de dolor de las heridas.

Louis había cruzado una línea.

Ya no era solo el hermanastro cruel que disfrutaba viéndome sufrir.

Ahora se creía dueño.

Y eso lo volvía mil veces más peligroso.

Me deslicé hasta el suelo, con las rodillas contra el pecho y la navaja todavía apretada en la mano. El frío del suelo de madera se me metió por la ropa, pero no me moví. Necesitaba que el temblor pasara. Necesitaba pensar.

Tres semanas.

En tres semanas estaría fuera del alcance de Louis.

O al menos eso quería creer.

Porque una parte de mí, la parte que había sobrevivido a trece años de infierno, sabía que hombres como él no se rendían tan fácilmente. Y que el Demonio de Nueva York, por muy peligroso que fuera, no conocía todavía la clase de monstruo que se escondía dentro de esta casa.

Me levanté con dificultad, escondí la navaja de nuevo y caminé hasta el espejo. Me miré los ojos. Todavía había miedo en ellos. Pero debajo del miedo, cada vez más clara, estaba la misma promesa de siempre.

Sobrevivir.

Destruirlos.

Y esta vez, no dejar a nadie atrás que pudiera volver a tocarme.

Ni siquiera a Louis.

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