Capítulo 7 Capítulo 7

Charlotte

Esa noche el silencio de la casa se sintió más pesado que de costumbre.

Después de lo ocurrido en el jardín con Louis, me había encerrado en mi habitación y no había salido ni para la cena. Había enviado un mensaje con una de las sirvientas diciendo que me dolía la cabeza. Olivia no insistió. Probablemente estaba satisfecha de no tenerme enfrente. Louis, en cambio, había pasado dos veces frente a mi puerta. Lo supe por el crujido de la madera y por la forma en que se detenía unos segundos de más antes de continuar. No tocó. Todavía no. Pero la amenaza quedó flotando en el pasillo como un humo espeso.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra el pie de la cama porque no soportaba la presión del colchón sobre las heridas, y abrí el pequeño cuaderno negro donde anotaba todo. Las páginas estaban llenas de fechas, dosis, nombres, conversaciones robadas y planos burdos de la casa. En la última hoja escribí con letra pequeña:

Louis. Jardín. Declaración posesiva. Amenaza antes de la boda. Navaja visible. Retrocedió. Nivel de peligro: alto.

Cerré el cuaderno y lo escondí de nuevo en su lugar. Después me quedé mirando la oscuridad de la habitación, escuchando el latido de mi propia sangre en los oídos.

El miedo no era nuevo. Lo había llevado conmigo desde los siete años. Pero había días en los que se volvía más denso, más personal. Días en los que el cuerpo recordaba cosas que la mente intentaba enterrar.

Esa noche, el recuerdo llegó sin avisar.

Tenía once años.

Había sido un sábado de verano. El sol pegaba fuerte y la piscina de la mansión brillaba como un espejo azul bajo el cielo sin nubes. Olivia había organizado una pequeña reunión. Algunos socios de mi padre, sus esposas, dos o tres adolescentes que Verónica consideraba lo bastante importantes como para invitar. Yo había intentado quedarme en mi habitación, pero Olivia insistió en que bajara.

—Es de mala educación esconderse cuando hay invitados —había dicho con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. Además, el aire fresco te hará bien. Estás demasiado pálida.

Me obligaron a ponerme un traje de baño negro que me quedaba grande. Me acuerdo de cómo se me pegaba la tela húmeda a la piel cuando salí al jardín. Me senté en una de las tumbonas más alejadas, con una toalla envuelta alrededor de los hombros, esperando que nadie me prestara atención.

Verónica fue la primera en acercarse. Tenía diez años y ya sabía exactamente cómo sonreír mientras clavaba el cuchillo.

—Mamá dice que no sabes nadar —comentó en voz alta, lo bastante para que algunos de los invitados giraran la cabeza—. Qué raro. Todo el mundo en esta familia sabe nadar. ¿No te da vergüenza?

Yo no contesté. Bajé la mirada hacia mis pies descalzos y apreté la toalla con más fuerza.

Louis apareció detrás de ella. En ese entonces tenía dieciséis años. Ya era alto, ya tenía esa forma de mirarme que hacía que me encogiera por dentro.

—Dejadla —dijo con tono aburrido—. Se va a poner a llorar y después tendremos que aguantar el drama.

Pero Verónica no se detuvo. Se agachó a mi altura y me susurró:

—Si te empujara ahora, ¿crees que alguien te sacaría?

Antes de que pudiera responder, sentí dos manos fuertes en la espalda.

No fue Verónica.

Fue Louis.

El empujón fue seco, preciso. Perdí el equilibrio. La toalla se me resbaló de los hombros. El borde de la piscina desapareció bajo mis pies y el agua me tragaró de golpe.

El frío me golpeó el pecho como un puño. Abrí la boca por reflejo y el agua se me metió en los pulmones. Pataleé. Forcejeé. Intenté alcanzar la superficie, pero no sabía cómo. El traje de baño se me enredó en las piernas. El pánico me nubló la vista. Escuché risas distorsionadas por el agua. La de Verónica. La de alguno de los chicos invitados. Y después, más lejos, la voz de Olivia diciendo algo sobre lo torpe que era la niña.

Hundí.

Subí un segundo.

Volví a hundirme.

El pecho me ardía. Las piernas ya no respondían. Pensé, con una claridad absurda, que así debía de haberse sentido mi madre cuando el veneno le cerró la garganta.

Una mano me agarró del pelo y me sacó a la superficie.

No fue Louis.

Fue uno de los guardias de seguridad, un hombre mayor que trabajaba en la casa desde antes de que Olivia llegara. Me arrastró hasta el borde y me dejó tosiendo y vomitando agua sobre el cemento caliente. Nadie se acercó. Nadie preguntó si estaba bien. Olivia solo hizo un gesto con la mano y dijo, con voz ligera:

—Ya ves, Charlotte. Por eso hay que aprender a nadar. La próxima vez no habrá nadie cerca para sacarte.

Me llevaron a mi habitación. Me dejaron temblando sobre la cama con una toalla seca. Nadie llamó al médico. Nadie se quedó conmigo. Esa noche soñé que me hundía una y otra vez, y cada vez que despertaba ahogándome en mi propia saliva, el miedo se me clavaba un poco más hondo.

Desde entonces nunca volví a acercarme a la piscina.

Y nunca olvidé la sensación de los pulmones llenos de agua.

Volví al presente con un sobresalto. Estaba otra vez en mi habitación, sentada en el suelo, con las uñas clavadas en las palmas. La respiración se me había acelerado. Me obligué a contar hasta diez. Después hasta veinte. Hasta que el pecho dejó de arder.

El recuerdo no había venido solo. Había traído consigo una certeza fría.

No podía seguir improvisando.

Hasta ahora había sobrevivido día a día. Robando información cuando podía, anotando dosis de veneno, escondiendo navajas, fingiendo desmayos. Pero el matrimonio con Caspian Vanderbilt lo cambiaba todo. En tres semanas estaría en territorio desconocido, rodeada de gente que me odiaba por el simple hecho de llevar el apellido Harrington. Y Louis… Louis no iba a quedarse de brazos cruzados.

Necesitaba un plan a largo plazo.

Me levanté con dificultad, encendí la pequeña lámpara del escritorio y saqué una hoja en blanco. Empecé a escribir con letra clara, numerando cada punto.

1. Sobrevivir a las tres semanas restantes en esta casa. Evitar a Louis. No tragar nada que no haya visto preparar. Mantener la navaja cerca.

2. Llegar a la mansión Vanderbilt con vida y con la mayor cantidad de información posible. Documentos. Nombres. Rutas de dinero. Todo lo que pudiera ofrecerle a Caspian como prueba de que no era una espía de mi padre.

3. Ganarme su desconfianza lo suficiente como para que no me matara de inmediato. Demostrarle que odiaba a los Harrington más que él.

4. Usar el matrimonio para destruir a mi familia desde dentro. Cuando cayeran, recuperar la urna con las cenizas de mi madre y el dinero que ella había dejado a mi nombre en una cuenta que solo yo conocía.

5. Irme. Desaparecer. Construir una vida donde nadie pudiera volver a empujarme a una piscina ni atarme a un poste en el sótano.

El último punto me hizo dudar.

¿Irme?

Durante años había soñado con escapar. Pero ahora, al escribirlo, sentí una resistencia extraña. Si Caspian Vanderbilt era realmente el demonio que todos decían… si lograba ponerlo de mi lado… ¿realmente querría irme después?

Sacudí la cabeza. Ese tipo de pensamientos eran peligrosos. El amor no existía en mi mundo. Solo existían alianzas temporales y traiciones. Yo no podía permitirme olvidarlo.

Doblé la hoja y la guardé junto al cuaderno. Después apagué la luz y me tumbé otra vez boca abajo sobre la cama, protegiendo la espalda.

Fuera, el viento movía las ramas del sauce del jardín. El mismo sauce bajo el que Louis me había acorralado unas horas antes. Cerré los ojos y me obligué a respirar despacio.

La piscina.

Las escaleras.

El cinturón.

El veneno.

Cada cicatriz era un recordatorio.

Y cada recordatorio, una razón más para no fallar.

En tres semanas cruzaría la puerta de la mansión Vanderbilt.

Y cuando lo hiciera, no sería como la muñeca rota que mi familia creía haber creado.

Sería como la mujer que había aprendido a respirar debajo del agua.

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