Capítulo 8 Capítulo 8
Charlotte
La convocatoria llegó por la mañana, corta y sin posibilidad de negativa.
Una sirvienta tocó a mi puerta poco después de las ocho y me entregó el mensaje escrito a mano por mi padre: Despacho. Inmediatamente.
Todavía tenía la espalda vendada a medias y el cuerpo entumecido por la falta de sueño. La confrontación con Louis en el jardín la tarde anterior seguía pesándome como una losa. Me vestí con el primer vestido de manga larga que encontré, me recogí el cabello sin mirarme al espejo y bajé las escaleras intentando que el temblor de las manos no se notara.
El despacho olía a tabaco y a la colonia cara que él usaba desde que yo tenía memoria. Mi padre estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta, con las manos entrelazadas a la espalda. No se giró cuando entré. Solo habló.
—Cierra.
Obedecí. El clic de la puerta al cerrarse sonó demasiado fuerte en el silencio.
—Siéntate.
Me senté en la silla de cuero frente al escritorio. Él permaneció un rato más mirando hacia el jardín antes de volverse. Su expresión era la de siempre cuando se trataba de mí: fría, calculadora, ligeramente molesta por tener que perder el tiempo.
—El acuerdo está cerrado —dijo sin preámbulos—. Te casas con Caspian Vanderbilt dentro de tres semanas.
Las palabras cayeron entre nosotros como piedras en un pozo vacío.
Yo ya lo sabía. Lo había escuchado en la cena. Había firmado documentos. Había sentido el peso de esa sentencia desde el momento en que salió de su boca. Pero oírlo así, en la intimidad del despacho, sin la audiencia de Olivia y Verónica, lo volvía más real. Más irreversible.
El terror llegó primero.
Frío. Nítido. Absoluto.
Caspian Vanderbilt.
El Demonio de Nueva York.
El hombre del que se contaban historias en voz baja en las fiestas de la alta sociedad. El que controlaba no solo empresas legítimas, sino también el tipo de negocios que hacían desaparecer a las personas. El que odiaba a los Harrington con una intensidad que, según los rumores, había llegado a costarle la vida a más de un socio de mi padre.
Me iban a entregar a él como se entrega un regalo envenenado.
Y él iba a aceptar el regalo solo para poder destrozarlo después.
Sentí que el aire se volvía escaso. Las manos se me cerraron sobre el regazo hasta que los nudillos se pusieron blancos. Por un segundo la imagen de la piscina regresó con fuerza: el agua llenándome los pulmones, las risas encima de mi cabeza, la certeza de que nadie iba a sacarme a tiempo.
Pero debajo del terror, casi al mismo tiempo, nació otra cosa.
Oportunidad.
La misma que había sentido la noche en que escuché el anuncio por primera vez. La misma que me había impulsado a robar documentos y a anotar dosis de veneno. Caspian Vanderbilt odiaba a mi familia. Yo también. Si lograba que me escuchara… si lograba convencerlo de que no era una extensión de los Harrington, sino su enemiga más íntima… entonces el matrimonio no tenía por qué ser una condena. Podía convertirse en el arma que llevaba trece años buscando.
Mi padre interpretó mi silencio como sumisión. Asintió, satisfecho.
—No quiero escenas. No quiero lágrimas. No quiero que hagas el ridículo delante de nadie. Firmarás lo que te pongan delante, sonreirás cuando te lo indiquen y te comportarás como la hija obediente que nunca has sido. ¿Quedó claro?
—Sí, padre —respondí con la voz baja y temblorosa que él esperaba.
Él entrecerró los ojos, evaluándome.
—Olivia se encargará de los preparativos. Tú solo tienes que aparecer y no estorbar. Y una cosa más, Charlotte…
Se acercó al escritorio, apoyó las manos sobre la superficie de caoba y se inclinó hacia mí. El olor a tabaco me golpeó la cara.
—Si se te ocurre abrir la boca sobre cualquier cosa que hayas visto o escuchado en esta casa, si intentas ponerme en evidencia delante de Vanderbilt o de cualquiera de sus hombres, te aseguro que lo que has vivido hasta ahora te va a parecer un juego de niños. ¿Me entiendes?
Asentí una vez.
El movimiento hizo que las heridas de la espalda tiraran con fuerza.
—Te entiendo.
Mi padre se enderezó, satisfecho con la respuesta.
—Puedes irte. Y dile a una de las sirvientas que te prepare un té. Te ves aún más patética de lo habitual.
Me levanté. Las piernas me temblaban, pero logré llegar hasta la puerta sin tambalearme. En el umbral me detuve un segundo, lo bastante para escuchar cómo él ya estaba marcando un número en el teléfono. La conversación había terminado. Yo volvía a ser invisible.
Subí las escaleras con el corazón todavía desbocado. En cuanto entré en mi habitación cerré con llave y me apoyé contra la madera. El terror seguía allí, agazapado en el pecho. Pero la otra emoción, la más peligrosa, crecía con cada respiración.
Oportunidad.
Caminé hasta el escritorio, saqué el cuaderno y escribí con mano firme:
Matrimonio confirmado. Tres semanas. Caspian Vanderbilt. Terror real. Pero también la primera puerta de salida verdadera en trece años. Si sobrevivo a la llegada… si logro que me escuche… los Harrington caerán.
Cerré el cuaderno y lo apreté contra el pecho.
Fuera, el sol de octubre intentaba atravesar las nubes. Dentro de mí, dos voces peleaban.
Una decía que iba a morir.
La otra, más baja y más antigua, la que había nacido la noche en que vi morir a mi madre, susurraba que por fin tenía una oportunidad de hacer que alguien más pagara.
Me miré en el espejo. El mismo rostro pálido. Los mismos ojos azules demasiado grandes. La misma máscara de niña asustada.
Pero detrás de la máscara, por primera vez, había un plan que no dependía solo de esconderme.
Dependía de un demonio.
Y de mi capacidad para hacer que ese demonio me creyera.
Tres semanas.
Solo tres semanas.
Y después, el juego cambiaría de tablero.
