Capítulo 9 Capítulo 9
Charlotte
La puerta del despacho se cerró detrás de mí con un sonido sordo que pareció sellar el aire.
No me había movido más de tres pasos desde que mi padre terminó de hablar cuando él volvió a llamarme. No con palabras. Con esa forma particular de mirarme que usaba cuando todavía no había terminado de dejar clara su autoridad. Me detuve en el centro de la habitación, exactamente donde la luz del ventanal me dejaba más expuesta, y esperé. Siempre esperaba. Era lo que se esperaba de mí.
Richard Harrington se quedó de pie detrás del escritorio, con los nudillos apoyados sobre la superficie de caoba. No parecía enfadado. Parecía algo peor: decidido. El tipo de decisión que no necesitaba gritos para imponerse.
—No te he dado permiso para irte —dijo con voz baja.
Asentí una sola vez y volví a la silla. El movimiento hizo que la tela del vestido rozara las costras frescas de la espalda. El ardor fue inmediato, nítido, como si alguien hubiera vuelto a pasar el cuero sobre la piel abierta. Contuve el gesto. Él odiaba cuando mostraba dolor. Lo interpretaba como una acusación silenciosa.
Se sentó frente a mí. El silencio se alargó lo suficiente para que pudiera escuchar el tictac del reloj de pared y el latido irregular de mi propia sangre en los oídos. La espalda me latía al mismo ritmo. Cada respiración tiraba de las heridas. El veneno de la mañana anterior todavía me dejaba un regusto metálico en la parte de atrás de la lengua. Y debajo de todo eso, más hondo, estaba el eco de la voz de Louis en el jardín.
Vas a recordar que yo fui el único que te quiso de verdad.
Cerré los dedos sobre el regazo hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Hay algo que necesito que quede perfectamente claro antes de que salgas de esta habitación —continuó mi padre—. Este matrimonio no es una oportunidad para ti. No es una puerta de escape. No es una forma de librarte de tus responsabilidades en esta casa. Es un contrato. Un tratado. Y tú eres la firma.
Levanté la vista lo justo para encontrar la suya. Azules como los míos, pero sin ninguna de las grietas que el tiempo y el dolor habían dejado en los míos.
—Lo entiendo —susurré.
—No. No lo entiendes. —Se inclinó hacia adelante—. Caspian Vanderbilt no es un hombre al que se le pueda manipular con lágrimas ni con historias de pobre niña maltratada. Si intentas usarlo contra esta familia, si abres la boca sobre cualquier cosa que hayas visto o escuchado aquí, no solo te matará a ti. Hará que desees nunca haber nacido mucho antes de que termine contigo. Y yo no moveré un solo dedo para impedirlo.
El miedo se me subió por la garganta como agua fría. No era el miedo antiguo y resignado de los azotes o del sótano. Era más preciso. Más adulto. La certeza de que, por primera vez, las amenazas de mi padre tenían un límite real: el límite de otro monstruo más grande.
Y sin embargo, debajo del miedo, la otra emoción seguía ardiendo.
La que no podía permitirme mostrar.
Venganza.
—No haré nada —dije, dejando que la voz se me quebrara exactamente donde él esperaba que se quebrara—. Haré lo que me digan. Firmaré lo que me pongan delante. Sonreiré si es necesario. No quiero problemas, padre.
Él me estudió durante un largo segundo. Buscaba grietas. Buscaba la chispa de rebeldía que alguna vez había intentado aplastar a golpes. No la encontró. Yo me había vuelto demasiado buena escondiéndola.
—Olivia se encargará de que llegues a la ceremonia presentable —siguió—. No quiero que Vanderbilt piense que le estamos entregando mercancía dañada. Te quedarás en tu habitación el mayor tiempo posible. Evitarás a Louis. Y si Verónica te provoca, te tragas la respuesta. ¿Quedó claro?
—Sí.
—Una última cosa. —Su voz bajó todavía más—. Si por algún motivo ese hombre decide que no te quiere después de la boda… si te devuelve… no vuelvas a cruzar la puerta de esta casa. Prefiero que te pudras en la calle antes que volver a verte aquí fallando una vez más.
Las palabras entraron como una cuchilla limpia. No gritó. No alzó la mano. Simplemente me borró del futuro de la familia con la misma naturalidad con la que firmaba un contrato.
Asentí otra vez.
El movimiento hizo que una de las costras de la espalda se abriera un poco. Sentí el calor húmedo de la sangre nueva impregnando el vendaje improvisado que llevaba bajo el vestido.
—Puedes irte.
Me levanté. Las piernas me pesaban como si estuvieran llenas de arena. Crucé la habitación sin mirarlo. Solo cuando tuve la mano en el pomo escuché su voz una última vez.
—Charlotte.
Me detuve, pero no me giré.
—Tu madre también creía que podía jugar a dos bandas. Mírala ahora.
El golpe fue bajo. Preciso. Exactamente donde sabía que más dolía.
Salí sin contestar.
El pasillo estaba vacío. Caminé despacio, concentrándome en cada paso, en no cojear, en no llevarme la mano a la espalda. Una sirvienta bajó la mirada al cruzarse conmigo. Nadie preguntó. Nadie preguntaba nunca.
Cuando llegué a mi habitación cerré con llave y me dejé resbalar hasta el suelo con la espalda apoyada contra la puerta. El dolor explotó entonces, libre por fin de la necesidad de esconderlo. Me doblé hacia adelante, con la frente contra las rodillas, y respiré por la boca hasta que el ardor se volvió soportable otra vez.
Las palabras de mi padre seguían dando vueltas dentro de mi cabeza.
Prefiero que te pudras en la calle.
Tu madre también creía que podía jugar a dos bandas.
Cerré los ojos y dejé que la desesperación me atravesara por completo durante unos segundos. Era un lujo que rara vez me permitía. El miedo a no sobrevivir. El miedo a que Caspian Vanderbilt me mirara y solo viera a una Harrington más a la que destruir. El miedo a que Louis cumpliera su amenaza antes de que yo pudiera cruzar la puerta de esta casa por última vez.
Pero debajo de la desesperación, más fría y más constante, estaba la otra cosa.
La venganza no era un grito.
Era una lista.
Documentos fotografiados.
Dosis anotadas.
Conversaciones memorizadas.
El puerto de Jersey.
Los japoneses.
El médico que mantenía al padre de Caspian en coma.
Yo no era mi madre.
Mi madre había confiado en las personas equivocadas.
Yo ya no confiaba en nadie.
Me levanté con dificultad, me quité el vestido y me miré la espalda en el espejo. Las vendas caseras estaban manchadas de rojo en varios puntos. Limpié las heridas otra vez con manos temblorosas, apliqué más gasas y me puse un camisón holgado que no rozara. Después me senté en el borde de la cama y abrí el cuaderno.
En la página en blanco escribí con letra pequeña y firme:
Confrontación privada. Amenazas directas. Si fallo, no hay regreso. Él lo dejó claro. Bien. Entonces no fallaré.
Cerré el cuaderno y lo apreté contra el pecho.
Tres semanas.
Veintiún días.
En veintiún días cruzaría el umbral de la mansión Vanderbilt cargada con trece años de cicatrices y con suficientes secretos como para quemar el apellido Harrington hasta los cimientos.
Y si el Demonio de Nueva York decidía escucharme…
entonces mi padre descubriría demasiado tarde que la hija a la que había pasado años rompiendo había aprendido a construir algo mucho más peligroso con los pedazos.
Me tumbé boca abajo sobre la cama, con la mejilla pegada a la almohada y los ojos abiertos en la penumbra.
El dolor seguía allí.
La desesperación también.
Pero la venganza era más grande que ambas.
Y por primera vez en mucho tiempo, tenía un plazo concreto para ejecutarla.
