Capítulo 1 El beso equivocado

LUZIA

"No debí haber salido esta noche."

Eso es lo primero que pienso al llegar.

La discoteca late a mi alrededor como un corazón enfermo: luces estroboscópicas, sudor, música que vibra en mis huesos. Tahía me ha arrastrado hasta aquí con la excusa de "relajarme un poco", pero yo conozco la verdad. Quiere sacarme del pozo de silencio donde llevo meses metida.

Y funciona durante media hora, logro desconectar de mi mundo de terror.

Hasta que lo veo.

Él está apoyado contra la barra, con esa calma peligrosa de quien no necesita llamar la atención… porque la atención lo encuentra sola. Camisa negra mal abotonada, mangas arremangadas hasta los antebrazos, un par de anillos de plata brillando bajo la luz violeta. Tiene el pelo oscuro y desordenado, como si se hubiera pasado los dedos mil veces. Y una cara de ángel que pondría nerviosa a cualquiera.

Pero no es su físico lo que me paraliza. Es la forma en que sus ojos me miran. Esa mirada intensa, imposible de ignorar como si estuviera leyéndome entera en un solo segundo.

“Qué bonito. Pero no, gracias.”

Desvío la mirada. Trago saliva. "No pasa nada. Solo es un chico guapo. Hay cientos", pienso.

Pero cuando vuelvo a levantar la vista, él sigue allí sin moverse, sin sonreír, solo… observándome como si esperara algo.

“Pues que espere sentado.” Pienso, tratando de volver con Tahía, sin embargo, la multitud me empuja. La corriente de cuerpos bailando me arrastra hacia la barra. Sigue mirándome y ya está poniéndome nerviosa.

Y como si esto no fuera suficiente Tahía está a unos metros de él, bailando. Asi que cuando paso a su lado, él habla.

—Te estás equivocando de lugar.

Su voz es baja y segura.

Me detengo. Lo miro de arriba abajo, igual que él me ha mirado a mí. Me tomo mi tiempo. Que sepa que yo también puedo jugar.

—¿Perdón? —suelto, con una ceja levantada.

Él sonríe apenas. Una curva diminuta en el extremo de sus labios. Como si yo acabara de confirmar algo que él ya sabía.

—No eres de este tipo de sitios.

Qué típico y predecible.

—¿Y tú sí? —pregunto, desafiante, dejándolo en silencio

La música sigue sonando, pero de repente parece lejana. Todo parece lejano. Solo existimos él y yo y esa tensión que crece entre nuestros cuerpos como un chispazo antes del incendio.

Él inclina la cabeza. Me mira de arriba abajo otra vez, no con morbo, sino con curiosidad.

—Yo soy de todos estos sitios —responde al final—. Y también de ninguno.

Un escalofrío recorre mi espalda, lo siento como un golpe directo en el pecho.

—Eso no tiene sentido —digo, con una media sonrisa que me sale más tensa de lo que quisiera.

—Nada lo tiene esta noche —responde él, acercándose un paso más. Su voz es un murmullo que raspa—. Pensé que sería divertido, pero te creí más profesional. No vales lo que he pagado por este show.

—Creo que me estás confundiendo con alguien más —intento retroceder, pero me toma del brazo. No con violencia, con una seguridad que me hiela. Me atrae hacia él en un movimiento fluido, como si nuestros cuerpos ya se conocieran.

—Sí, eres tú —suelta una pequeña risa, casi para sí—. Me hiciste dudar un segundo. Pero confirmas que te metes mucho en tu papel.

Podría apartarme, empujarlo y plantarle una bofetada que le borre esa sonrisa. Pero algo me detiene, algo caliente y torpe que se anuda justo debajo del estómago.

Él inclina la cabeza. Encuentra mi labio inferior con una precisión que me hace temblar y me besa como si ya me conociera. Como si ya fuera suya.

Su mano se desliza por mi nuca, sus dedos largos y firmes se enredan en mi pelo, tirando lo justo para mantenerme en su lugar. Como si yo fuera a huir.

El mundo se detiene y lo mejor… es que no lo rechazo.

Al contrario, cierro los ojos. Mis propias manos suben, lentas, deliberadas, y se aferran a la tela de su camisa. Él aprieta más, me besa más hondo. Un gemido queda atrapado en mi garganta —pequeño, indigno, inevitable—. No sé si es de sorpresa o de deseo.

Quizá las dos cosas. Más, cuando él intenta profundizar, cuando su lengua roza la mía como pidiendo permiso… me aparto, recobrando la razón.

Mi mano se levanta y le volteo la cara de un golpe.

Él me mira y sus ojos brillan con diversión.

—¿Acaso no te gusto?

—Gustarme? ¡por favor!, si a eso le llamas beso.

— Nena, te derretiste. Los dos lo sabemos.

Ese tono de suficiencia, me llena de enojo.

—No soy tu nena —digo.

Y antes de que pueda responder, mi mano se levanta y se abate contra su mejilla otra vez.

El sonido corta el aire como un látigo.

—¿Eso es todo? —pregunta, con esa sonrisita boba que no le puedo quitar.

Me reta, mi mano se levanta de nuevo y le doy lo que pide.

La tercera bofetada es más seca, su piel se enrojece bajo mis dedos, mi palma arde y también arde un deseo de volver a besarlo.

—Bien —murmura—. Así me gustas más.

No me da tiempo a replicar. Sus manos están en mi cintura antes de que pueda reaccionar. Me levanta, me gira, me empuja contra la barra. Inclina la cabeza y me besa. Este beso no pide permiso, me toma. Su lengua entra en mi boca sin suavidad, reclamando cada rincón como si fuera suyo. Sus dedos se entierran en mi cadera.

Un gemido —este sí, abierto, vergonzoso— se escapa de mi garganta. Él lo bebe, lo devuelve. Su otra mano sube a mi mandíbula, la fija en su lugar, y me besa más hondo, más sucio, como si quisiera demostrarme que, por más que lo abofetee, más que me aparte… Sigo ahí.

Cuando por fin separa los labios, los dos estamos respirando con dificultad. Mis labios palpitando y mi orgullo, hecho trizas.

—¿Sigues creyendo que no te gustan mis besos? —pregunta él, con la voz rota por el deseo, pero con esa sonrisa suya que ya empiezo a odiar… y a desear.

No respondo, no puedo. Porque la maldita verdad me está quemando desde dentro, caliente como un hierro al rojo vivo justo debajo del ombligo.

Pero tengo valor y orgullo, demasiado orgullo.

Sonrío ligeramente, lo justo para que sepa que no me ha ganado del todo.

—Me sigues pareciendo un imbécil —suelto—. Y tus besos son pasables.

Él arquea una ceja. Se lame el labio inferior.

—¿Pasables?

—Pasables —repito, como si escupiera la palabra—. Cualquiera te da un beso así. No eres nada especial.

Él se acerca, atrapándome con esa mirada de cazador hambriento.

—Puedo demostrarte lo contrario.

—Ve y demuéstralo a tu abuelita.

Lo empujo con fuerza para apartarlo. Luego me alejo en dirección a Tahía. Siento su mirada, pero no me giro. Mis manos tiemblan y mi corazón late tan fuerte que casi no oigo su risa baja.

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