Capítulo 2 La que no mira

NILO

Me quedo mirando cómo se aleja. Camina despacio, muy despacio, como si supiera que la estoy devorando con los ojos.

Es una maldita actriz o una mentirosa profesional.

—¿Pasables? —murmuro para mí, tocándome el labio donde aún siento el calor de esas almohaditas dulces.

“Qué forma de golpear, carajo. Qué forma de besar y qué forma de irse.”

Antes de que pueda decidir si salgo detrás de ella o me quedo aquí haciendo el ridículo, una mano se posa en mi hombro.

—¿Nilo?

Me giro, es una chica de cabello más largo, sonrisa amable, ojos encantadores, casi tan iguales a los de ella.

Mi cita a ciegas es esta. Que agradable y desafortunada confusión.

—Hola —digo—. Tu debes ser Annie.

—Sí —responde ella, ilusionada—. No me acerqué antes porque te vi con tu novia.

—No es nadie, solo una desconocida que se equivocó de persona.

—Bien, entonces podemos empezar lo que acordamos.

—Sí.

A ella le divierte la idea. Se toma una copa de la mesa más cercana y me mira con picardía.

—Muy bien, desconocido —dice, entrando en el papel—. ¿A qué te dedicas?

Pero algo dentro de mí no está del todo presente. Porque en el fondo del bar, a unos metros de donde estoy, está ella. Bebiendo, riendo con una de sus amigas mientras baila despacio, como si la música fuera solo para ella y no me mira.

—Oye, desconocido —dice Annie, tocándome el brazo—. ¿Me estás escuchando?

—Sí —miento otra vez, con la mirada perdida—. Claro que sí. Dime más.

Pero mis ojos vuelan hacia atrás, hacia la chica que no tiene nombre y algo dentro de mí se retuerce. Un deseo incontrolable, sucio, caliente, que no sé si quiero controlar.

—Aún no me dices nada —insiste Annie, y su voz suena lejana, como si viniera de otro planeta—. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Por qué esa cara de sufrido?

—Eh… bueno, es que… —la miro, intento enfocarme en ella, pero su rostro se desdibuja—. ¿Sabes? Creo que esto no está funcionando. Gracias por venir, pero esto se termina aquí. Te haré el depósito completo y te pago el taxi.

—¿Qué? —Annie frunce el ceño—. No entiendo.

—Me siento incómodo —miento otra vez, y esta vez casi me creo el papel—. Otra vez, disculpa por hacerte venir. Te ves muy bien. Puedes quedarte y disfrutar del club por mi cuenta.

Annie me mira desconcertada, pero parece aceptar de buena gana el trato. Se encoge de hombros, se lleva la copa a los labios y suelta una risa corta.

—Tú te lo pierdes, bombón.

—Definitivamente sí —respondo, y ya no la estoy mirando.

Me alejo en dirección al grupo de amigas. Pero no voy hacia ella directamente. Eso sería demasiado obvio, demasiado patético. Necesito que esto parezca casualidad, aunque por dentro esté ardiendo como un adolescente idiota.

Me siento en una mesa cercana. Pido una copa que no voy a beber y la observo.

Baila, ríe de manera tan dulce, su pelo se mueve con el ritmo de la música. Su amiga más cercana, una pelirroja de labios gruesos me descubre. Sonríe y se acerca a ella para susurrarle algo al oído.

Y entonces ella se gira, no hacia mí, sino hacia su copa. Bebe y vuelve a bailar como si yo fuera invisible.

Las horas pasan y yo la sigo con la mirada primero y luego con el cuerpo. Finjo mirar el teléfono mientras mis ojos no se separan de su nuca. Ella parece disfrutarlo o eso quiero creer. Camina más despacio cuando sabe que la veo, se ríe más fuerte, se toca el pelo. Me está provocando y yo caigo como un imbécil.

Cuando por fin hace ademán de marcharse, actúo.

Cruzo la pista de baile como una exhalación. La tomo del brazo antes de que llegue a la salida. La aparto de su grupo sin esperar una queja. No escucho su negativa y golpes de su parte. La arrastro conmigo hacia un rincón alejado, detrás de una columna, donde la luz apenas llega y el ruido se vuelve un murmullo sordo.

—¡Suéltame! —grita ella, forcejeando—. ¿Qué te sucede, idiota? ¡Déjame!

Intenta soltarse, pero no la dejo. Sin pensarlo más, la estrello su espalda contra el muro. Meto mi cuerpo entre sus piernas, la aprisiono con mis caderas, y busco sus labios como un hombre ahogado busca aire.

Necesito besarla otra vez. Esta vez ella. Me muerde el labio con rabia y siento el sabor de mi propia sangre.

La aparto con un empujón instintivo. Y antes de que pueda decir una palabra, antes de que pueda recuperar el aliento, su rodilla se entierra en mi entrepierna.

—¡Carajo! —grito, doblando el cuerpo, con las manos en la entrepierna y los ojos llorosos—. ¡Qué diablos te pasa!

—Eso es lo que me pregunto —escupo ella, con la voz cortante como un cuchillo—. Maldito degenerado. No te acerques a mí, porque voy a castrarte. Puede que esté pasada de copas, pero estoy muy lucida.

—Se nota que lo estás —respondo entre dientes, intentando enderezarme sin éxito.

—Aléjate de mí —dice, y da un paso atrás. Sus ojos echan chispas. Su pecho sube y baja con la respiración acelerada. Está hermosa así, furiosa, salvaje.

—Espera —intento detenerla, tomándola del brazo otra vez, esta vez con más cuidado—. Empezamos con el pie equivocado. Soy…

—No me interesa saber quién eres —me corta, fulminándome con la mirada.

—Pues a mí sí me interesaría saber todo de ti —suelto sin pensar, y la verdad duele al salir—. Eres realmente encantadora.

—Y tú un pendejo al que no quiero volver a ver.

—Espero que eso nunca suceda —digo, y esta vez no hay ironía en mi voz—. Porque yo sí quiero volver a verte otra vez y otra vez y las que sean necesarias.

Ella me mira durante un segundo y en sus ojos hay confusión. Pero luego aprieta la mandíbula, me suelta el brazo de un tirón, y se pierde entre la gente sin mirar atrás.

Y yo me quedo ahí, apoyado contra la pared, con el labio partido, el dolor entre las piernas, y el nombre que aún no sé… Pero que necesito saber.

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