Capítulo 3 Como si nunca hubiera existido

LUZIA

El calor de su labios siguen en mi boca, el recuerdo de sus dedos en mi nuca, la presión de su cuerpo contra el mío y esa forma maldita forma que tuvo de besarme. “Maldita sea, ¿porque me siento así?”

—¡Luzia! —Tahía aparece a mi lado, sudorosa y sonriente, con el pelo pegado a la frente y los ojos brillantes por la música—. ¿Dónde te habías metido? Te busqué por todo el maldito club. ¿Te pasa algo? Estás roja…

—Nada —miento, pasándome la lengua por los labios—. Solo me divertí un poco.

—¿Con quién? —Tahía entrecierra los ojos, olfateando el drama como el tiburón que es.

—Con nadie. Vámonos. Tengo una cita mañana, ¿recuerdas?

Tahía arquea una ceja. Sonríe con esa picardía suya que tanto me saca de quicio.

—Ah, claro. El chico bueno. León.

Asiento. Pero mientras salgo de la discoteca, empujando la puerta de salida con el hombro, una sola idea da vueltas en mi cabeza, caliente como una brasa:

El desconocido besa bien. Muy bien.

Afuera, el aire frío de la noche me golpea en la cara. Respiro hondo. Intento bajar el rubor de mis mejillas. Mis amigas van delante hablando al mismo tiempo, riendo, tropezando con los tacones.

Laura se acerca.

—¿Dónde estabas?

—En el baño— miento.

—Creí que te habías ido  a buscar a ese tipo guapísimo que nos miró toda la noche como un perro hambriento.

—¿Cuál? —pregunta Cielo, ajustándose el vestido.

—El de la camisa oscura que se quedó mirando a Luzia como si quisiera devorarla — ríe Laura.

—No vi a nadie —corto yo, con la voz más seca de lo que pretendía.

Tahía me mira y sonríe. No dice nada, pero lo sabe.

Mientras las demás se despiden con besos en el aire y se meten en sus respectivos taxis, Tahía se queda un paso atrás. Finge mirar el teléfono. Pero yo la conozco.

—Tú viste a alguien —dice, sin preguntar, cuando ya solo quedamos nosotras dos en la acera.

—No vi a nadie —repito.

—Mientes con los pómulos, Luzia. Se te ponen rosas.

No respondo. Levanto la mano y un taxi se detiene frente a nosotras.

Tahía se desliza a mi lado en el asiento trasero. Me mira de reojo, no insiste. Pero sus dedos tamborilean sobre su muslo, impacientes, como si estuviera esperando que yo explote sola.

Y exploto.

—Besé a alguien —suelto, mirando por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad como manchas borrosas.

—¿Ah, sí? —Tahía finge sorpresa. Fatal—. ¿Y quién fue el afortunado?

—No sé. Un desconocido.

—¿Un desconocido? —su voz sube medio tono—. ¿En serio? ¿Tú, la princesa de las citas programadas, la amante de los chicos buenos, besaste a un desconocido en un club?

—Fue sin querer.

—Los besos no son accidentes, Luzia. Los besos son decisiones.

Cierro los ojos. Aún siento sus labios y esa rabia dulce que me recorrió cuando lo abofeteé tres veces.

—Fue intenso —admito, y la palabra se me escapa antes de que pueda detenerla.

Tahía silba bajito.

—Qué interesante. Supongo que lo fue por la manera en que lo dices.

El taxi se detiene frente a nuestro edificio. Pagamos y subimos las escaleras en silencio. El ascensor está fuera de servicio como siempre, como si el casero disfrutara viéndonos sufrir, así que subimos a pie los cinco pisos. Yo delante, ella detrás. Nuestros tacones hacen eco en la caja de escaleras como un metrónomo desigual.

Entro al departamento. Me apoyo contra la puerta recién cerrada y me quito los tacones de una patada. El alivio recorre mis pies, pero no mi pecho sigue ardiendo.

—Fue el chico guapo —dice Tahía desde la cocina, abriendo la nevera como si nada, como si no acabara de cambiarme la vida hace veinte minutos—. El que estaba observándote toda la noche. ¿verdad?

—Sí —respondo, sin fuerzas para mentir. La puerta aún presiona mi espalda. No quiero moverme. No quiero que esta noche termine del todo.

—¿Y te gustó?

—¡Qué clase de pregunta es esa! —suelto, y mi voz sale más aguda de lo que pretendía.

—Sí o no —insiste Tahía, sin mirarme, sacando una botella de agua.

—Sí… —respiro hondo—. Me gustó mucho, ¿qué quieres que diga? Me excitó tanto que…

—Eres una maldita perra —ríe Tahía, y su risa es cálida, cómplice, libre de juicio—. Te va a buscar.

Mi respiración se corta.

—No creo que lo haga después de la patada en los huevos que le di.

Tahía deja la botella en la encimera. Se apoya con las manos en la superficie y me mira fijamente. Su sonrisa se vuelve lenta, peligrosa.

—Si te buscó antes de que te fueras… te aseguro que volverá.

—No quiero que lo haga —miento, y las palabras saben a ceniza—. Estoy curada de perros como él.

—Pero así te gustan —sentencia ella, sin piedad.

—Definitivamente fue la peor idea aceptar ir contigo esta noche.

—No te arrepientas tanto —dice Tahía, apoyando la cadera en la encimera—. Al fin y al cabo, disfrutaste el momento. Ese hombre estaba para comérselo con zapatos y todo.

—Fue un error que no volverá a repetirse —susurro, más para convencerme a mí misma que para convencerla a ella.

—¿Quieres apostar a que sí pasa otra vez?

—¡Por favor, Tahía! —exclamo, girándome hacia ella con las manos en jarra—. No me eches sal. Tengo unas cita en unas horas y…

—Estás dudando en ir a esa cita por un beso del bárbaro —me interrumpe, y rompe en carcajadas tan contagiosas como irritantes.

—Ni un poquito, siquiera —admito, mordiéndome el labio—. Porque yo sí sé lo que quiero.

—Y no quieres a un salvaje —dice Tahía, limpiándose una lágrima de risa con el dorso de la mano—. Guapísimo. Que te tome a la fuerza y te devore sin elegancia.

Vuelve a reír. Esa risa suya, contagiosa y punzante, que siempre logra desarmarme.

—Eres un caso perdido —murmuro, pero sin veneno. Sin ganas de pelear.

Me retiro hacia la habitación. Aún escucho su risa irritante mientras cierro la puerta tras de mí. Pero en el fondo, en ese lugar oscuro y caliente que no quiero reconocer, sé que tiene razón.

Ese maldito guapo. Ese miserable de manos firmes y boca pecadora, ha dejado en mí algo que no sé cómo describir.

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