Capítulo 4 La cita correcta
LUZIA
Una hora después, estoy sentada frente a un hombre perfecto. Educado, atractivo y seguro. Todo lo que se supone que debo querer.
El restaurante es elegante pero acogedor. Velas sobre la mesa, manteles de lino, el murmullo suave de otras conversaciones flotando en el aire como una banda sonora discreta. Nada que ver con la discoteca de la noche anterior. Nada que ver con él.
León me observa desde el otro lado de la mesa con una atención que me resulta nueva. No es la mirada hambrienta de los chicos de mi edad. No es ese brillo oscuro que devora sin permiso, es algo más pausado, más medido. Como si estuviera leyendo un libro y no quisiera saltarse ninguna página.
—¿Todo bien? —pregunta, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado.
Fuerzo una sonrisa. La ensayo en mi cabeza antes de que llegue a mis labios.
—Sí… solo fue un día largo.
Mentira. Lo único en mi mente es ese beso, ese atractivo desconocido y ese maldito error. He dormido apenas cuatro horas. Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a sentir sus dedos en mi nuca, su boca contra la mía, esa forma que tuvo de besarme.
Me odio un poco por eso. No sé ni su nombre, no sé de dónde viene, no sé nada de él, salvo que besa como si el mundo se fuera a acabar y sus manos sepan exactamente dónde agarrar para que una mujer se olvide de todo lo demás. Y sin embargo, él se ha instalado en mi cabeza como una canción pegadiza y prohibida. Esa que tarareas sin querer, que te da vergüenza admitir que te gusta, pero que no puedes sacar de tu mente por más que lo intentes.
—Me alegra que hayas aceptado salir conmigo —continúa León, cortando mi enredo de pensamientos—. No eres fácil de convencer.
Es cierto. Tahía me ha estado presionando durante semanas. "Es buen partido, Luzia. Es atento, estudia medicina, viene de una familia bien. ¿Qué más quieres?"
¿Qué más quiero?
Buena pregunta.
Miro a León. Pelo castaño cuidadosamente peinado hacia atrás, sin un solo cabello fuera de lugar. Ojos claros que parecen escuchar cada una de mis palabras antes de que las pronuncie, como si ya supieran lo que voy a decir. Camisa blanca impecable, recién planchada. Manos cuidadas, uñas limpias, sin un solo rasguño. Todo lo que una madre aprobaría y eso, maldita sea, debería ser suficiente.
Tiene que ser suficiente.
—Quería conocerte —respondo, y por un momento, casi lo creo.
—¿Te gusta el vino? —pregunta él, alzando la copa con esa elegancia ensayada.
—No sé mucho de vinos.
—No te preocupes, yo te enseño.
Sonríe amablemente. La clase de sonrisa que no esconde nada, que no te hace preguntarte qué hay detrás.
Pedimos la cena. Hablamos de cosas sencillas: la universidad, nuestras carreras, los lugares que queremos visitar. Él es fácil de escuchar. No hace preguntas incómodas, no profundiza demasiado, no busca heridas para lamerlas. Todo fluye como si siguiéramos un guion escrito con anticipación, ensayado en algún ensayo general al que yo no fui invitada.
Demasiado perfecto y ahí está el problema.
—¿Eres siempre tan callada? —pregunta él en un momento, con una sonrisa que intenta ser cómplice, íntima.
—A veces —admito, jugando con el borde de mi copa.
—No pasa nada. Me gusta.
Su mano roza la mía sobre la mesa, un contacto ligero, educado, breve.
No siento nada. Bueno, sí. Siento culpa porque mientras él acaricia mis dedos con esa dulzura medida, con esa paciencia de quien no tiene prisa, yo estoy comparándolo. Imaginando cómo serían esos mismos gestos con manos diferentes. Manos con nudillos marcados. Con anillos de plata. Con fuerza contenida. Cómo se sentiría una mirada fija, intensa, imposible de ignorar, de esas que te atraviesan y te dejan desnuda sin quitarte la ropa.
Aparto la mano, finjiendo que necesito mi copa.
—Cuéntame más de ti —digo, para no callar, para llenar el vacío con palabras que no significan nada.
—No hay mucho que contar —responde él, encogiéndose de hombros con modestia—. Estudio, ayudo en la clínica de mi madre los fines de semana, salgo con amigos de vez en cuando. Nada emocionante.
—A veces lo aburrido está bien —respondo, y la frase me sale más fría de lo que pretendía.
Él ríe suavemente. No se ofende, claro que no.
—¿Te parezco aburrido? —pregunta, con un dejo de coquetería.
—No. Diferente.
—¿Diferente a qué?
A él, al desconocido.
—A nada —miento, y la mentira me sabe a ceniza—. A nadie.
León me sostiene la mirada unos segundos más. Como si intentara leer algo que yo no estoy dispuesta a mostrar, alguna grieta en mi fachada perfecta. Luego asiente y cambia de tema.
La cena continúa. Postre, café, conversación ligera sobre cosas que olvido en cuanto las pronuncio. Él es atento hasta el final: me abre la puerta del coche, me pregunta si tengo frío, me ofrece su chaqueta, me acompaña hasta la entrada de mi edificio sin intentar nada más.
Nada, ni un roce de más, ni una insinuación. Ni ese peligro que me revuelve el estómago.
—Fue una noche agradable —dice, con las manos en los bolsillos, mirándome como si yo fuera algo valioso.
—Sí. Gracias.
—Me gustaría repetirlo.
Lo miro. Su rostro es sincero. No hay dobles intenciones en él. Solo hay calma y yo llevo tanto tiempo huyendo del caos, de hombres que desaparecen, de promesas rotas, de noches que terminan con el corazón hecho trizas, que la calma debería parecerme un lujo. Un refugio.
—A ver qué pasa —respondo, sin comprometerme del todo.
Él sonríe. Da un paso atrás. Me desea buenas noches con una cortesía casi antigua y deja un beso en mi mejilla.
Sube a su auto y se marcha.
Yo subo a mi apartamento con el corazón pesado. No por él, sino por lo que no siento. Por lo que sigo sintiendo por un hombre cuyo rostro no puedo borrar de mi memoria.
Abro la puerta. Tahía ya está dormida así que no tengo que dar explicaciones. Me dejo caer en la cama sin cambiarme, sin nada, solo el peso de esta noche vacía sobre el pecho.
Cierro los ojos y allí está él otra vez.
Su perfume, su voz grave diciendo "nada tiene sentido esta noche". Su boca sobre la mía, primero suave, luego exigente. Su risa después de la segunda bofetada.
—Estúpida —murmuro a oscuras, abrazando la almohada.
Pero no sé si me lo digo a mí… o a él, por haber desaparecido sin decir ni su nombre. Por haberse llevado algo que no tenía derecho a tomar.
El teléfono vibra. Un mensaje de Tahía, desde la habitación de al lado:
"¿Qué tal con el chico bueno? ¿Ya están planeando la boda?"
Sonrío sin ganas. Le respondo con un emoji de vino y apago la pantalla.
Justo antes de dormirme, mi mente viaja a la discoteca. A ese instante en que decidí quedarme.
Y una idea se instala en mi cabeza como una espina, de esas que duelen pero no quieres sacar porque ya te acostumbraste al dolor:
Si volviera a verlo… no sé si podría alejarme. No sé si querría.
