Capítulo 5 El hermano

LEON

Llego a casa con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no puedo ocultar del todo. La noche ha sido agradable, tranquila, justo como me gusta.

Luzia es… diferente. No es la clase de chica que suele aceptar salir conmigo. Es más reservada, más callada, pero hay algo en ella que me atrae. Algo que no sé nombrar, un misterio que no termino de descifrar.

Abro la puerta y el calor del hogar me envuelve, el olor a café recién hecho flota en el aire, mezclado con el perfume de mamá, ese que lleva usando desde que tengo memoria.

—¿León? —escucho su voz desde la sala—. ¿Eres tú?

—Sí, mamá —respondo, colgando mi chaqueta en el perchero.

Me acerco a la sala y la encuentro sentada en el sofá, con su bata puesta y una taza de té entre las manos. A su lado está Martina, mi hermana menor, con el teléfono en una mano y una manta sobre las piernas. Las dos me miran con la misma curiosidad maliciosa.

—¿Qué tal la cita? —pregunta Martina, sin disimular su entusiasmo.

—Bien —respondo, dejándome caer en el sillón—. Muy bien, de hecho.

—¿Solo "bien"? —interrumpe mamá, arqueando una ceja—. Con la cara que tienes, diría que fue algo más que bien.

Sonrío. No puedo evitarlo.

—Es una chica especial. Se llama Luzia.

—¿Luzia? —Martina silba bajito—. Qué nombre más bonito.

—Y ella también lo es —digo, sacando el teléfono del bolsillo—. Miranos…

Antes de que pueda terminar la frase, un ruido de pasos en las escaleras me hace girar la cabeza.

Nilo baja del segundo piso, descalzo, el pelo revuelto, una camiseta negra arrugada y esa expresión suya que siempre me ha sacado de quicio: media sonrisa, los ojos entrecerrados, como si todo lo que le rodea le pareciera un chiste mal contado.

—¿Cita a ciegas? —pregunta, apoyándose en el marco de la. Su voz tiene ese tono burlón que conozco demasiado bien.

—No te metas, Nilo —respondo, más seco de lo que pretendía.

—¿Yo metiéndome? —finge sorpresa, llevándose una mano al pecho—. Solo me interesa saber cómo le fue a mi hermanito con su romántica velada.

—Déjalo en paz —interviene Martina, lanzándole una mirada de advertencia.

Pero Nilo no escucha.

—Las mujeres en esas agencias de cita, hermano —dice, moviendo la cabeza con falsa compasión—. No son lo que dicen ser. Te lo digo yo. Te engañan con una sonrisa y al día siguiente ni se acuerdan de tu nombre.

—¿Ahora eres experto en mujeres? —pregunta mamá, con una mezcla de sarcasmo y resignación.

—Más que él, seguro —responde Nilo, señalándome con la barbilla—. Apuesto a que fue una anciana. Y tú, por cortés, te quedaste a escuchar sus historias de juventud mientras ella se quejaba del reumatismo.

Martina se ríe y mamá lo mira con seriedad. Yo aprieto la mandíbula.

—Te equivocas —digo, con la voz tranquila pero firme—. Es hermosa.

Nilo arquea una ceja.

—¿Hermosa? ¿O "hermosa para ser una cita a ciegas"?

—Hermosa —repito, y saco el teléfono—. Mira.

Abro la galería. Busco la foto que nos tomamos al final de la noche. Ella apoyada en mi hombro, sonriendo apenas, con ese brillo en los ojos que me gusta pero que aún no termino de entender.

Se la enseño a mamá primero. Ella toma el teléfono con manos temblorosas de emoción y sus ojos se abren.

—Ay, León —susurra—. Es preciosa.

—Déjame ver —dice Martina, arrebatándole el teléfono a mamá. Sus ojos se abren también—. Guau. ¿Estás seguro de que era una cita a ciegas? Esto parece sacado de una película.

Paso el teléfono a Nilo. Él lo toma con desgana, como si le hiciera un favor al mundo. Lo mira y algo cambia en su rostro.

No es mucho, un parpadeo más lento, una tensión, un instante de silencio que se alarga más de lo debido. Pero luego vuelve a su sonrisa burlona, como si nada hubiera pasado.

—No está mal —dice, devolviéndome el teléfono con indiferencia—. Para ser una cita a ciegas.

—Es increíble —lo corrijo, guardando el teléfono

—¿Y cómo se llama?

—Luzia— le respondo— Es inteligente, es tranquila, hablamos de cosas importantes… Llevamos meses hablando por mensaje, ¿sabes? Desde antes del verano. Y por fin pudimos encontrarnos en persona.

—¿Meses? —pregunta Martina—. ¿Y nunca nos dijiste nada?

—Quería estar seguro antes de… —dudo un segundo—. Antes de dar el siguiente paso.

Nilo me mira. Sus ojos, por un momento, pierden esa chispa burlona.

—¿Qué siguiente paso? —pregunta, con la voz extrañamente plana.

Respiro hondo.

—Si las cosas siguen así… —digo, con la voz más firme de lo que esperaba—. En unas semanas, le voy a pedir que sea mi novia. Y quiero que estén todos presentes. Que la conozcan.

—No me imagino viéndote casado —suelta Nilo, con esa media sonrisa suya que siempre parece esconder algo.

—Al que jamás podría imaginarlo es a ti, hermanito —interviene Martina, cruzando los brazos con picardía—. Tienes una fobia terrible a las relaciones serias.

—Amo mi soltería —responde Nilo, encogiéndose de hombros—. Es otra cosa.

—Deberías deshacerte de la Judith —dice Martina, y su tono se vuelve más cortante—. Esa chica me cae mal. Es tan creída y altanera…

—Judith es un caso aparte —la corta Nilo, con un gesto de la mano.

—Pues deberías ponerte más serio y formalizar —interviene mamá, dejando la taza de té sobre la mesa—. Ya llevas con ella casi cinco años, Nilo. Cinco años no son cinco días.

—No es la indicada —dice él.

—Entonces déjala —responde Martina, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

—Eso —Nilo se gira hacia ella, y por un momento recupera su sonrisa burlona—. Díselo a mamá.

Se gira y sube las escaleras. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos y la espalda recta. Pero algo en la forma en que agarra el pasamanos —con más fuerza de la necesaria— me dice que no está tan tranquilo como aparenta.

El crujido de los escalones se pierde en el silencio de la sala.

—¿Qué le pasa? —pregunta Martina en voz baja.

—Nada —respondo, aunque no estoy seguro—. Ya sabes cómo es Nilo.

Mamá suspira. Toma su taza de té y mira hacia las escaleras con una expresión que no sé si es cansancio o preocupación.

—Ese chico… —murmura, sin terminar la frase.

Y yo me quedo ahí, con la imagen de Luzia aún en mi teléfono y la sensación de que algo acaba de cambiar en esta casa.

Algo que aún no entiendo.

Pero que pronto voy a descubrir.

—¿Le pasa algo? —pregunta Martina, mirando hacia las escaleras.

—Nada —respondo, aunque no estoy seguro—. Ya sabes cómo es Nilo. Siempre tan dramático.

Mamá vuelve a sentarse, aún emocionada, preguntándome detalles de Luzia: qué estudia, de dónde es, cómo nos conocimos. Martina se suma a la conversación. La sala se llena de planes y proyectos. Pero yo no puedo dejar de pensar en la mirada de Nilo. Ese breve instante en que vio la foto de Luzia, en esa tensión que desapareció tan rápido como llegó.

“No es nada,” me digo a mí mismo. “Estoy imaginando cosas.”

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