Capítulo 1 Capítulo 1
Anna
El reloj de la cocina marcó las 6:15 a.m. cuando apagué la alarma. No necesitaba que me lo recordara. Llevaba tres años despertándome a la misma hora, con la misma precisión con la que organizaba la agenda de Noah Harrison. Me senté en el borde de la cama un segundo más de lo necesario, sintiendo el peso familiar de otro día en Harrison Empire. El departamento era pequeño, pero limpio. Las paredes blancas todavía olían a pintura fresca de cuando Emma, Lukas y yo lo habíamos arreglado juntas el año pasado. Desde la ventana se filtraba la primera luz grisácea de Nueva York, esa que nunca era del todo cálida.
Me levanté y fui directo a la ducha. El agua caliente golpeó mis hombros y por un momento cerré los ojos, permitiendo que el vapor borrara las tensiones acumuladas. Tres años. Tres años viéndolo todos los días. Tres años fingiendo que el latido acelerado de mi corazón cuando él entraba a la oficina no significaba nada. Me enjaboné el cabello castaño, corto hasta los hombros, y repasé mentalmente la lista del día: reunión con el consejo a las nueve, revisión de los contratos de la costa oeste, llamada con los inversionistas japoneses a las once… y él. Siempre él.
Cuando salí, el espejo me devolvió la imagen de siempre: piel blanca, ojos grises que a veces parecían demasiado transparentes, labios que prefería mantener en un tono neutro. Me sequé, me vestí con un traje negro de corte recto y una blusa blanca impecable. Nada que llamara la atención. Nada que dijera “mírame”. Porque mirarlo a él ya era suficiente peligro.
En la cocina, Emma estaba preparando café. Llevaba el cabello oscuro recogido en un moño desordenado y una de mis camisetas viejas. Al verme, sonrió con esa calidez que siempre lograba hacerme sentir menos sola.
—Otra vez la primera en levantarse —dijo, sirviéndome una taza—. ¿Algún día vas a dejar que el sol salga antes que tú?
—Si lo hago, Harrison Empire se derrumba —respondí con una sonrisa torcida, aceptando el café—. Gracias.
Ella se apoyó en la mesada y me observó con esos ojos grises tan parecidos a los míos. A veces olvidaba que no éramos hermanas de sangre. El orfanato nos había unido de una forma que la biología nunca podría.
—¿Dormiste bien? —preguntó suavemente.
Mentí con la práctica de años.
—Como siempre.
No le conté que la noche anterior había soñado otra vez con él. Con la forma en que su voz grave pronunciaba mi nombre cuando necesitaba algo urgente. Con la manera en que sus ojos verdes se posaban en mí un segundo más de lo profesional. Esos sueños eran peligrosos. Los guardaba bajo llave, junto con todo lo demás que no podía permitirme sentir.
Lukas apareció bostezando, el cabello castaño revuelto y una corbata ya puesta a pesar de la hora. Como abogado junior en un bufete importante, su día empezaba casi tan temprano como el mío.
—Las dos ya conspirando —gruñó con afecto, robándole un trago del café a Emma—. Anna, hoy salgo tarde. Si necesitas que te recoja…
—No hace falta. Puedo volver sola.
Él frunció el ceño, ese gesto protector que nunca había perdido desde que éramos niños en el orfanato.
—No me gusta que tomes el metro a esas horas.
—Lukas —dije con suavidad—, tengo veintiséis años. Sobreviví a cosas peores que el metro de Nueva York.
Emma nos miró a los dos y suspiró, acostumbrada a nuestras discusiones.
—Dejen de pelear antes de las siete. Anna, come algo. No puedes sostener el imperio de ese hombre solo con café.
Acepté el tostada que me ofreció más por complacerla que por hambre. Mientras masticaba, pensé en Noah. En cómo su presencia llenaba cualquier espacio. En cómo, a pesar de su frialdad, había momentos en los que su mirada se suavizaba cuando creía que nadie lo notaba. Yo siempre lo notaba.
El trayecto en metro fue el de siempre: cuerpos apretados, olores mezclados, el ruido metálico de las vías. Aproveché para revisar los correos en el teléfono. Tres mensajes de Noah enviados a las 5:47 a.m. El hombre no dormía. O no necesitaba dormir, como el resto de los mortales.
Cuando llegué al edificio de Harrison Empire, el sol ya había logrado abrirse paso entre los rascacielos. El lobby de mármol blanco y cristal me recibió con su silencio imponente. Saludé al personal de seguridad de siempre y tomé el ascensor ejecutivo. El corazón me latía un poco más rápido a medida que subían los números. Treinta y dos… treinta y tres… treinta y cuatro.
Las puertas se abrieron en el piso de dirección. El silencio alfombrado me envolvió. Emma ya estaba en su escritorio del área de secretaría general, pero yo seguí hacia la oficina privada de Noah. La mía estaba justo al lado de la suya, separada solo por una pared de vidrio esmerilado que nunca lograba ocultar del todo su silueta.
Dejé el bolso, encendí la computadora y ordené los documentos que había dejado preparados la noche anterior. A las 7:40 en punto, la puerta de su oficina se abrió.
Noah Harrison entró como entraba siempre: como si el mundo le debiera algo y él estuviera dispuesto a cobrárselo. Traje negro impecable, camisa blanca, corbata oscura. El cabello negro perfectamente peinado hacia atrás. Y esos ojos verdes que parecían capaces de atravesar cualquier defensa. Alto, imponente, con una presencia que hacía que el aire se volviera más denso.
—Buenos días, Anna —dijo. Su voz era grave, controlada, sin una pizca de calidez innecesaria.
—Buenos días, señor Harrison —respondí, levantándome para entregarle la carpeta del día—. La reunión del consejo se adelantó quince minutos. El señor Watanabe confirmó la videollamada. Y el contrato de la costa oeste necesita su firma antes del mediodía.
Él tomó la carpeta. Nuestros dedos no se tocaron, pero estuve demasiado consciente de la distancia exacta entre su mano y la mía. Me miró un segundo más de lo habitual. Solo un segundo. Pero fue suficiente para que mi estómago se contrajera.
—¿Dormiste algo anoche? —preguntó de pronto.
La pregunta me descolocó. Noah no solía hacer preguntas personales.
—Lo suficiente para ser eficiente —respondí con una sonrisa profesional.
Él sostuvo mi mirada. Había algo en sus ojos… una sombra de curiosidad, o tal vez solo cansancio. No lo supe. Nunca lo sabía del todo.
—Bien —dijo al fin—. Necesito que estés presente en la reunión del consejo. Toma notas detalladas. Y cancela mi almuerzo con los de marketing. Prefiero trabajar aquí.
—Entendido.
Se dio la vuelta y entró a su oficina. La puerta se cerró con un clic suave. Me quedé de pie un momento, respirando despacio. Tres años y todavía no lograba controlar la forma en que mi cuerpo reaccionaba a él. Era ridículo. Peligroso. Él era el CEO, el heredero de uno de los imperios más grandes del país. Yo era solo su asistente. La chica del orfanato que había logrado llegar hasta aquí a base de esfuerzo y silencios.
Me senté y empecé a trabajar. Las horas pasaron entre llamadas, correos y documentos. A media mañana, Emma apareció en mi escritorio con dos tazas de café.
—Sobreviviendo? —preguntó en voz baja.
—Intentándolo.
Ella se sentó en el borde de mi escritorio, como hacía cuando necesitábamos hablar sin que nadie nos escuchara.
—Olivia está abajo —dijo de pronto.
El nombre me heló la sangre. Olivia Taylor. La amiga de infancia de Noah. La mujer que siempre parecía aparecer en el momento menos oportuno, con su sonrisa perfecta y sus ojos azules que nunca dejaban de evaluarme.
—¿Qué hace aquí?
—Según el registro, viene a “visitar a un viejo amigo”. —Emma puso los ojos en blanco—. Lleva un vestido que cuesta más que nuestro alquiler de tres meses.
Antes de que pudiera responder, la voz melosa de Olivia llenó el pasillo.
—Anna, cariño. Qué sorpresa encontrarte tan… dedicada.
Me levanté y me encontré con ella. Rubia, alta, delgada como una modelo, vestida de blanco impecable. Su sonrisa no llegaba a los ojos.
—Señorita Taylor —saludé con cortesía—. El señor Harrison está en una llamada. ¿Desea que le avise?
—No hace falta. Nos conocemos desde la cuna. —Se acercó un paso más, bajando la voz—. Siempre me ha fascinado cómo logras mantener esa expresión tan… profesional. Debe ser agotador fingir que no te tiemblan las manos cada vez que él te mira.
El golpe fue preciso. Suave. Venenoso.
—No sé a qué se refiere —respondí con calma, aunque por dentro algo se retorcía.
Olivia soltó una risita delicada.
—Claro que no. Las buenas asistentes nunca saben a qué se refiere uno. —Se enderezó cuando la puerta de Noah se abrió—. Noah, amor. ¿Tienes un minuto para una vieja amiga?
Noah apareció en el umbral. Su expresión no cambió al verla, pero noté la leve tensión en su mandíbula.
—Olivia. No avisaste que vendrías.
—Las mejores visitas nunca se anuncian —respondió ella, pasando a mi lado con un roce deliberado del hombro—. Anna, no dejes que el trabajo te consuma del todo. Las mujeres que solo viven para su jefe terminan… reemplazables.
Se adentró en la oficina de Noah sin esperar respuesta. La puerta se cerró. Me quedé inmóvil, sintiendo el ardor de sus palabras. Emma se acercó y me tocó el brazo en silencio. No hacía falta decir nada. Las dos sabíamos exactamente qué tipo de mujer era Olivia Taylor.
El resto de la mañana transcurrió en un torbellino de trabajo. Cuando finalmente salí de la reunión del consejo, eran casi las dos de la tarde. Noah me pidió que lo acompañara a su oficina para revisar las notas. Cerró la puerta detrás de nosotros. El silencio se volvió denso.
—Olivia dijo algo que te molestó —afirmó sin rodeos.
No era una pregunta.
Levanté la vista. Él estaba apoyado contra el escritorio, con los brazos cruzados, observándome con esa intensidad que siempre me desarmaba.
—No es importante —respondí.
—Todo lo que afecta tu desempeño es importante.
Me sostuvo la mirada. Por un momento, el aire entre nosotros pareció cargarse de algo que ninguno de los dos nombraba. Mi corazón latía demasiado fuerte. Me obligué a respirar despacio.
—Estoy bien, señor Harrison. Realmente.
Él no respondió de inmediato. Solo me miró. Y en esa mirada hubo algo distinto. Algo que no era solo evaluación profesional. Algo que hizo que el suelo bajo mis pies se sintiera menos firme.
—Ve a almorzar —dijo al fin, con la voz más baja—. Y Anna…
Me detuve en la puerta.
—Sí?
Sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—Nadie en esta empresa es reemplazable. Especialmente tú.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. No supe qué responder. Solo asentí y salí, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Cerré la puerta con cuidado y me apoyé un segundo contra la pared del pasillo, intentando recuperar el control.
Tres años fingiendo.
Tres años escondiendo lo que sentía.
Y él, con una sola frase, había logrado que todo temblara.
Saqué el teléfono y le envié un mensaje a Lukas:
Hoy salgo un poco más tarde. No me esperes.
Guardé el aparato y respiré hondo. Todavía quedaban horas de trabajo. Todavía tenía que ser la asistente perfecta. La que no sentía. La que no deseaba. La que no miraba a su jefe como si él fuera la única cosa en el mundo que importaba.
Pero mientras volvía a mi escritorio, no pude evitar preguntarme cuánto tiempo más podría seguir fingiendo.
Porque la forma en que Noah Harrison me había mirado al final…
no había sido la mirada de un jefe a su asistente.
Había sido otra cosa.
Algo peligroso.
Algo que, por primera vez en tres años, me hizo sentir que el suelo bajo mis pies empezaba a resquebrajarse.
