Capítulo 2 Capítulo 2
Anna
El resto de la tarde del día anterior se me había pasado en una especie de niebla. Las palabras de Noah seguían resonando en mi cabeza como un eco que no lograba silenciar: Nadie en esta empresa es reemplazable. Especialmente tú. Las había repetido mentalmente mientras revisaba contratos, mientras respondía correos, mientras fingía que mis manos no temblaban cada vez que su puerta se abría. Esa noche dormí mal. Soñé con ojos verdes y con una voz grave que decía mi nombre de una forma que nunca había usado en la oficina.
A la mañana siguiente llegué más temprano que de costumbre. El edificio todavía estaba semi vacío y el silencio del piso de dirección me envolvió como un refugio. Encendí mi computadora, organicé los documentos del día y preparé el café exactamente como a él le gustaba: negro, sin azúcar, lo suficientemente fuerte como para mantener despierto a un ejército. Era un detalle tonto. Uno de tantos que había aprendido a lo largo de tres años y que nunca mencionaba.
Cuando Noah llegó, eran las 7:35. Entró con el mismo traje oscuro de siempre, pero hoy traía una corbata de un verde tan profundo que parecía sacado de sus propios ojos. Me miró al pasar frente a mi escritorio y detuvo el paso un segundo.
—Buenos días, Anna.
—Buenos días, señor Harrison.
Dejó el maletín sobre mi escritorio, como hacía a veces cuando necesitaba que yo revisara algo antes de que él lo viera. Al inclinarse, el aroma de su colonia me envolvió. Era sutil, cara, con notas de madera y algo más oscuro que nunca había logrado identificar. Me obligué a no cerrar los ojos.
—Necesito que priorices el informe de los inversionistas de Singapur —dijo—. Quiero tenerlo en mi escritorio antes de las diez. Y cancela la llamada con el equipo de Londres. Prefiero hacerla personalmente esta tarde.
—Entendido.
Se quedó un momento más de lo necesario. Sus ojos bajaron hasta mis manos, que sostenían un bolígrafo con demasiada fuerza, y luego subieron de nuevo a mi rostro. Noté cómo su mirada se detenía un instante en mi boca. Me mordí el labio inferior sin darme cuenta, un gesto nervioso que solo aparecía cuando estaba cerca. Él lo vio. No dijo nada, pero algo en su expresión cambió. Una sombra de atención más intensa.
—¿Dormiste mejor anoche? —preguntó de pronto.
La pregunta me tomó por sorpresa. Era la segunda vez en dos días que se interesaba por mi descanso.
—Lo suficiente —respondí, manteniendo la voz estable.
Él asintió lentamente, como si no estuviera del todo convencido, y entró a su oficina. La puerta se cerró. Me quedé mirando el espacio vacío donde había estado, sintiendo el corazón latiéndome en la garganta. Era peligroso. Todo esto era peligroso. Cada vez que me preguntaba algo personal, cada vez que su mirada se detenía en mí un segundo de más, el muro que había construido a mi alrededor se resquebrajaba un poco más.
A media mañana, la puerta del elevador se abrió y Max Fisher irrumpió en el piso como si fuera dueño del lugar. Rubio, ojos color pardo, sonrisa fácil y una energía que contrastaba de forma casi ofensiva con la seriedad de Harrison Empire. Era el mejor amigo de Noah desde la universidad y el único que se atrevía a tratarlo con completa falta de reverencia.
—¡Anna! —exclamó al verme, abriendo los brazos como si fuéramos viejos amigos—. La única persona competente en este edificio. ¿Cómo sobrevives a este hombre todos los días?
Sonreí a pesar mío. Max tenía ese don.
—Con mucha cafeína y paciencia infinita —respondí.
Él se rió y se apoyó en el borde de mi escritorio, bajando la voz.
—Dile a tu jefe que baje del pedestal un momento. Traje los papeles de la fusión inmobiliaria y necesito su firma antes de que se arrepienta de haber aceptado.
La puerta de Noah se abrió en ese preciso instante, como si hubiera escuchado su nombre.
—Fisher. Siempre tan discreto.
Max no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó.
—Harrison. Siempre tan cálido y acogedor. ¿Vas a firmar o prefieres que me quede aquí coqueteando con tu asistente hasta que cambies de opinión?
Vi cómo la mandíbula de Noah se tensaba apenas. Fue un movimiento mínimo, pero lo noté. Sus ojos verdes se movieron de Max hacia mí y luego de regreso a su amigo.
—Anna tiene trabajo que hacer —dijo con voz fría—. Tú también, aparentemente.
Max levantó las manos en señal de rendición, pero su expresión era de puro divertimento.
—Como digas, jefe. Pero deberías tener cuidado. Un día Anna se va a dar cuenta de que merece alguien que la mire como algo más que la persona que organiza tu vida… y ahí sí que estás perdido.
El silencio que siguió fue denso. Noah no respondió. Solo sostuvo la mirada de Max con una intensidad que hizo que hasta a mí se me erizara la piel. Max, sin embargo, pareció disfrutar cada segundo. Guiñó un ojo en mi dirección y entró a la oficina de Noah silbando.
Me quedé sentada, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello. Las palabras de Max habían sido una broma. Solo una broma. Pero el hecho de que Noah no las hubiera descartado de inmediato me dejó un sabor extraño en la boca.
A la hora del almuerzo, Emma apareció en mi escritorio con dos ensaladas y una expresión decidida.
—Vamos. Necesitas salir de aquí aunque sea veinte minutos.
No discutí. Bajamos al pequeño café del piso once, uno de los pocos lugares del edificio donde podíamos hablar sin que alguien del equipo directivo nos escuchara. Nos sentamos junto a la ventana. Desde allí se veía el río, gris y constante.
Emma clavó el tenedor en su ensalada y me miró con seriedad.
—Ayer Olivia te dijo algo. Y hoy Max soltó esa tontería frente a Noah. ¿Vas a decirme qué está pasando o prefieres seguir fingiendo que no te afecta?
Suspiré, empujando la comida de un lado a otro del plato.
—No pasa nada.
—Anna.
La forma en que dijo mi nombre era la misma que usaba cuando éramos niñas y yo intentaba esconder que había llorado. No podía mentirle del todo.
—Es solo… a veces siento que se me nota —admití en voz baja—. Que se me nota demasiado.
Emma dejó el tenedor y se inclinó hacia adelante.
—¿Qué se te nota?
Me mordí el labio. Las palabras pesaban más de lo que esperaba.
—Que me importa. Más de lo que debería.
Ella no pareció sorprendida. Solo asintió lentamente, con esa comprensión silenciosa que siempre había existido entre nosotras.
—Llevas tres años trabajando para él. Sería raro que no te importara. Pero, Anna… ten cuidado. Noah Harrison no es un hombre sencillo. Y Olivia está esperando cualquier excusa para hacerte daño.
—Lo sé.
—¿De verdad lo sabes? —insistió—. Porque ayer te vi después de lo que te dijo. Y hoy estás más tensa que de costumbre.
Antes de que pudiera responder, una voz familiar y dulce interrumpió la conversación.
—Qué coincidencia.
Olivia Taylor estaba de pie junto a nuestra mesa, sosteniendo un vaso de jugo verde. Traía un vestido crema que resaltaba su figura de modelo y una sonrisa que no anunciaba nada bueno.
—Olivia —saludé con frialdad educada.
—Anna. Emma. —Ni siquiera miró realmente a Emma—. Qué lindo verlas juntas. Como hermanas. Aunque, claro, algunas hermanas son más… ambiciosas que otras.
Emma tensó la mandíbula, pero no dijo nada. Yo mantuve la compostura.
—¿Necesitas algo, Olivia?
—Solo pasaba. —Se inclinó un poco, como si fuera a contarnos un secreto—. Acabo de coincidir con el señor Patel en el pasillo. Parecía muy… encantado con una cierta asistente que lo ayudó con unos documentos esta mañana. Había algo en su forma de mirarte, Anna. Casi… personal.
El estómago se me encogió. El señor Patel era uno de los ejecutivos de la división internacional. Esa mañana le había entregado unos papeles y habíamos intercambiado apenas tres frases corteses.
—Solo hice mi trabajo —dije con calma.
Olivia soltó una risita suave.
—Claro. Tu trabajo. Aunque a veces el trabajo se confunde con otras cosas, ¿verdad? Especialmente cuando una está tan… disponible.
Se enderezó, mirándome por encima del hombro.
—Ten cuidado, Anna. Noah odia los malentendidos. Y más todavía odia que su gente se distraiga con… frivolidades.
Se alejó con paso elegante, dejando detrás de sí un silencio cargado. Emma soltó el aire que había estado conteniendo.
—Esa mujer es una víbora.
—Lo sé —susurré.
El resto del almuerzo se me hizo imposible de tragar. Cuando volvimos al piso de dirección, el ambiente había cambiado. Noah estaba de pie junto a mi escritorio, con el ceño fruncido, sosteniendo un documento.
—Anna. Necesito hablar contigo. Ahora.
Mi corazón dio un vuelco. Entré a su oficina detrás de él. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—El señor Patel acaba de llamarme —dijo sin preámbulos—. Parece que hubo un malentendido esta mañana.
Sentí cómo la sangre se me congelaba.
—¿Un malentendido?
—Según él, alguien insinuó que tu ayuda con los documentos fue… más personal de lo profesional. —Sus ojos verdes se clavaron en los míos, intensos, casi furiosos—. ¿Pasó algo que yo deba saber?
La forma en que lo preguntó no era solo la de un jefe preocupado por la imagen de la empresa. Había algo más. Una tensión que no lograba ocultar del todo.
—No —respondí con firmeza—. El señor Patel me pidió unos archivos. Se los entregué. Intercambiamos dos o tres frases sobre el clima en Bombay. Eso fue todo. Cualquier otra interpretación es falsa.
Noah me sostuvo la mirada durante varios segundos que se sintieron eternos. Su mandíbula estaba tensa. Los nudillos se le habían puesto blancos alrededor del documento que aún sostenía.
—Olivia habló con él —dije de pronto, antes de poder detenerme—. Acaba de insinuarme lo mismo en el café.
El cambio en su expresión fue inmediato. Una sombra oscura cruzó sus ojos.
—Olivia —repitió, como si el nombre le dejara mal sabor—. Ya veo.
Dejó el documento sobre el escritorio y se pasó una mano por el cabello, un gesto raro en él. Cuando volvió a mirarme, su voz era más baja, más controlada, pero había una corriente subterránea de algo que no sabía identificar.
—Nadie va a cuestionar tu profesionalismo mientras yo esté aquí. Nadie. ¿Quedó claro?
Asentí, incapaz de hablar. Él dio un paso más cerca. El aire entre nosotros se volvió denso, cargado. Pude oler su colonia otra vez. Pude ver la forma en que su pecho subía y bajaba con una respiración más profunda de lo normal.
—Anna…
Mi nombre en su boca sonó distinto. Más grave. Más íntimo.
La puerta se abrió de golpe. Max entró sin llamar, como siempre.
—Harrison, necesito que veas esto antes de que… —Se detuvo al notar la tensión en la habitación—. ¿Interrumpo algo?
Noah se alejó de mí de inmediato. La máscara de CEO frío volvió a su lugar.
—No. Anna y yo ya terminamos. —Miró hacia mí—. Puedes irte.
Salí de la oficina con las piernas temblorosas. Emma me interceptó en el pasillo, preocupada.
—¿Qué pasó?
—Olivia —fue lo único que logré decir.
Ella maldijo por lo bajo y me guió hasta el baño de damas, donde me obligó a beber agua y respirar. Mientras el agua fría corría por mis muñecas, no podía dejar de pensar en la forma en que Noah me había mirado. En la furia contenida cuando mencioné a Olivia. En la manera en que había dicho mi nombre.
No era solo protección profesional.
Lo sabía.
Y eso me aterraba más que cualquier veneno que Olivia pudiera derramar.
Porque si Noah Harrison empezaba a mirarme como algo más que su asistente…
entonces el frágil equilibrio que había mantenido durante tres años estaba a punto de romperse.
Y yo no estaba segura de poder sobrevivir a las consecuencias.
