Capítulo 4 Capítulo 4

Anna

Los tres días previos al banquete se me pasaron en una espiral de trabajo que apenas me dejaba tiempo para pensar. Y, sin embargo, pensaba. Pensaba en la forma en que Noah me había mirado en el archivo. En la tensión de su voz cuando le puso un límite a Olivia. En esa frase que seguía repitiéndose en mi cabeza: No la estaba defendiendo a usted. Estaba poniéndole un límite a ella.

El viernes por la tarde el piso de dirección era un caos controlado. Floristas entraban y salían, el equipo de eventos revisaba listas, y yo coordinaba cada detalle con la precisión de quien sabe que cualquier error recaerá sobre sus hombros. Noah había estado en reuniones casi todo el día. Apenas nos habíamos cruzado un par de veces, y en ambas su mirada se había detenido en mí un segundo más de lo necesario.

A las seis, Emma apareció en mi escritorio con una bolsa de tela oscura.

—Ven. Te traje lo que pediste.

Me arrastró hasta el baño de damas del piso ejecutivo. Dentro de la bolsa había un vestido negro de tirantes finos, elegante sin ser llamativo, y un par de zapatos de tacón moderado. Me lo había prestado ella. El mío se había roto dos días atrás y no había tenido tiempo de comprar otro.

—No es tan formal como los que usan las invitadas —murmuré mientras me lo colocaba.

—Es perfecto. Eres su asistente, no una decoración. —Emma me ayudó con el cierre—. Además, te queda mejor a ti que a mí.

Me miré en el espejo. El vestido resaltaba la curva de mi cintura y dejaba ver los hombros. Me recogí el cabello en un moño bajo y sencillo, dejando algunos mechones sueltos enmarcando el rostro. Un poco de maquillaje neutro. Nada que gritara “mírame”.

Cuando salí, Noah estaba de pie junto a mi escritorio revisando unos papeles. Levantó la vista y se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron el vestido con una lentitud que me hizo sentir expuesta. Luego subieron hasta mi rostro y se quedaron allí.

—Estás… lista —dijo. La voz le sonó más grave de lo habitual.

—Sí. El auto estará abajo en quince minutos.

Asintió. No dijo nada más, pero tampoco apartó la mirada de inmediato. Por un momento el pasillo pareció demasiado silencioso.

El banquete se celebraba en el salón principal del Hotel Langham, uno de esos lugares donde el mármol brillaba bajo candelabros de cristal y el aire olía a dinero antiguo. Llegamos juntos en el auto de la empresa. Noah iba en silencio, mirando por la ventana. Yo apretaba el bolso sobre las rodillas, intentando ignorar la forma en que su rodilla casi rozaba la mía en el asiento trasero.

La entrada estaba llena de flashes y de gente vestida de gala. Noah ofreció el brazo sin mirarme.

—Quédate cerca esta noche —dijo en voz baja mientras caminábamos por la alfombra—. Puede haber periodistas. Y otras… distracciones.

Asentí. No pregunté a qué distracciones se refería. Ya lo sabía.

Dentro, el salón era un mar de trajes negros, vestidos largos y copas de champagne. Max fue el primero en encontrarnos. Llevaba un esmoquin perfecto y esa sonrisa que siempre parecía esconder una broma.

—Mira nada más. El hielo y su sombra favorita. Anna, estás radiante. ¿Segura de que no quieres escaparte conmigo y dejar a este aburrido con sus inversionistas?

Noah le lanzó una mirada que habría hecho retroceder a cualquiera. Max solo se rió.

—Relájate, Harrison. Es broma. Aunque admito que tu asistente se ve peligrosamente bien esta noche.

Sentí el calor subirme al rostro. Noah no respondió. Solo colocó una mano en la parte baja de mi espalda —un gesto que nunca había hecho antes— y me guió hacia el grupo de ejecutivos que ya lo esperaban. El contacto fue breve, profesional… y aun así me dejó la piel erizada.

Durante la primera hora todo transcurrió con la precisión de un reloj. Saludé, sonreí, tomé notas mentales de conversaciones que Noah podría necesitar recordar después. Me movía entre los invitados como una sombra eficiente. Hasta que la vi.

Olivia Taylor entró como si el salón le perteneciera. Vestido rojo largo, escote pronunciado, cabello rubio suelto en ondas perfectas. Sus ojos azules barrieron la habitación hasta encontrarme. La sonrisa que se dibujó en sus labios fue lenta, calculada.

Se dirigió directo hacia nosotros. Noah estaba hablando con un senador cuando ella se deslizó a su lado y le tocó el brazo con familiaridad.

—Noah, cielo. Perdón por la demora. El tráfico estaba imposible. —Luego me miró por encima del hombro, como si yo fuera un mueble—. Anna. Qué… práctico tu vestido. Ideal para alguien que tiene que estar disponible por si se derrama una copa.

La sonrisa profesional se me quedó congelada en el rostro.

—Olivia —respondí con cortesía—. Me alegra que hayas podido venir.

Noah retiró el brazo con sutileza.

—Estábamos en medio de una conversación.

—Oh, no te preocupes. Yo solo vine a robarte un momento. —Se volvió hacia mí otra vez—. Anna, ¿serías tan amable de traerme una copa de champagne? Las meseras parecen ocupadas y tú siempre eres tan… eficiente.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Noah abrió la boca para decir algo, pero yo me adelanté.

—Por supuesto.

Me alejé hacia la barra con la espalda recta y el corazón latiéndome con fuerza. No iba a darle el gusto de verme afectada. Pedí la copa y regresé. Olivia la aceptó con una sonrisa dulce.

—Gracias, cariño. Eres un encanto.

Pasaron casi dos horas. Yo me mantuve cerca, pero no demasiado. Observaba desde la distancia cómo Olivia se aferraba al brazo de Noah cada vez que podía, cómo reía demasiado alto, cómo lo miraba con esa posesión disimulada. Él era cortés, pero noté la tensión en su mandíbula. Un par de veces sus ojos buscaron los míos a través de la multitud. Cada vez que lo hacían, algo dentro de mí se agitaba.

Hacia las once, Max se acercó a donde yo estaba junto a una columna.

—Tu jefa no directa está en modo cacería esta noche —comentó en voz baja, ofreciéndome una copa de agua—. Olivia no le quita las manos de encima. Y Noah se ve como si estuviera a punto de morder a alguien.

—No es mi problema —respondí, aunque la mentira me supo amarga.

Max me miró de reojo.

—Claro que no. Por eso llevas media hora apretando esa copa como si quisieras romperla.

Antes de que pudiera responder, un murmullo recorrió el salón. Me giré a tiempo para ver a Noah tambalearse ligeramente mientras hablaba con un grupo de inversionistas. Olivia estaba a su lado, una mano en su codo, la expresión preocupada y perfecta.

—Creo que el champagne le cayó mal —dijo ella en voz alta, lo suficiente para que varios se giraran—. Noah, ¿estás bien?

Él se pasó una mano por la frente. Parecía desorientado. Sus ojos verdes, normalmente tan afilados, estaban vidriosos.

El estómago se me encogió.

Dejé la copa sobre una mesa y me acerqué con paso rápido.

—Señor Harrison —dije en voz baja—. ¿Se encuentra mal?

Me miró. Tardó un segundo en enfocarme.

—Anna… —Mi nombre sonó arrastrado, extraño—. Hace calor.

Olivia se interpuso un poco.

—Yo me ocupo de él. Conozco a Noah desde siempre. Probablemente solo necesita aire.

—Puedo llevarlo a una de las habitaciones privadas del hotel —insistí, manteniendo la voz calmada—. Hay suites reservadas para estos casos.

Noah asintió con lentitud, como si le costara procesar las palabras. Olivia apretó los labios, pero no pudo oponerse sin hacer una escena. Entre los dos lo guiamos hacia el elevador de servicio. En el camino, él se apoyó más en mí que en ella. Su peso era sólido, caliente. El aroma de su colonia se mezclaba ahora con algo más… químico. Dulce. Incorrecto.

En el piso dieciocho, la suite 1803 estaba preparada. Entré primero, encendí solo una lámpara baja y ayudé a Noah a sentarse en el borde de la cama. Olivia permaneció en el umbral, observando.

—Puedo quedarme yo —dijo—. Tú regresa al salón. Alguien tiene que controlar a los invitados.

—Yo me quedo —respondí con firmeza—. Es mi responsabilidad.

Hubo un segundo de tensión. Luego Olivia sonrió, esa sonrisa que nunca anunciaba nada bueno.

—Como quieras. Yo bajo a avisar que se encuentra bien. No tardo.

La puerta se cerró detrás de ella. El silencio de la suite me envolvió. Noah estaba sentado, con la cabeza baja, respirando de forma irregular. Me arrodillé frente a él y le toqué la frente. Estaba caliente.

—Señor Harrison… Noah. ¿Qué bebió exactamente?

Él levantó el rostro. Sus ojos verdes me buscaron con dificultad, como si intentara enfocar a través de una niebla.

—Anna… —repitió. Y esta vez mi nombre sonó distinto. Más íntimo. Más perdido—. Hueles… bien.

El corazón me dio un vuelco doloroso. Me incorporé un poco, pero él tomó mi muñeca con una fuerza que no esperaba. Me atrajo hacia adelante. Su otra mano subió hasta mi mejilla, torpe, caliente.

—Siempre… tan lejos —murmuró—. Todos los días tan lejos…

Y entonces me besó.

No fue un beso suave. Fue hambriento, desesperado, como si hubiera estado conteniendo algo durante demasiado tiempo. Sus labios se movieron sobre los míos con una urgencia que me dejó sin aire. Por un segundo el mundo se detuvo. Tres años de silencios, de miradas robadas, de deseos escondidos… todo se concentró en ese instante.

Correspondí. No supe cómo no hacerlo. Mis manos se aferraron a la solapa de su esmoquin. El beso se profundizó. Él me atrajo más cerca, hasta que terminé sentada a horcajadas sobre sus piernas. Sus manos recorrieron mi espalda, bajaron hasta mi cintura, me apretaron contra él.

El calor era abrumador. El sabor de su boca, la forma en que gemía bajo mi nombre… todo era demasiado. Demasiado real. Demasiado lo que había deseado en secreto durante tanto tiempo.

Hasta que, en medio del frenesí, noté algo.

Sus movimientos eran torpes. Sus pupilas, demasiado dilatadas. La forma en que se aferraba a mí no era solo deseo. Era desorientación.

Me separé jadeando.

—Noah… espera.

Él intentó seguirme, buscó mis labios otra vez.

—No… no te vayas. Anna, por favor…

La voz le temblaba. Había una vulnerabilidad en ella que nunca le había escuchado. Me dolió el pecho.

Me incorporé, temblando. Él se quedó sentado en el borde de la cama, con el cabello revuelto, la corbata floja, mirándome como si yo fuera la única cosa sólida en un mundo que giraba demasiado rápido.

Y en ese momento lo supe.

Algo estaba terriblemente mal.

Esto no era solo alcohol.

Alguien le había hecho algo.

Y yo acababa de cruzar una línea que nunca debí cruzar.

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