Capítulo 5 Capítulo 5

Anna

El silencio de la suite era casi ensordecedor. Solo se escuchaba la respiración irregular de Noah y el latido desbocado de mi propio corazón. Seguía sentada a horcajadas sobre él, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cómo subía y bajaba con demasiada rapidez. Sus ojos verdes me miraban sin enfocarme del todo, oscuros, dilatados, perdidos en una niebla que no era solo deseo.

—Anna… —repitió mi nombre como si fuera lo único que recordaba—. No te alejes.

Su voz sonaba grave, arrastrada, vulnerable de una forma que nunca le había escuchado. Me dolió el pecho. Quise levantarme. Quise poner distancia. Pero cuando intenté moverme, sus manos se aferraron a mi cintura con una fuerza posesiva y torpe al mismo tiempo.

—Por favor… —susurró contra mi cuello—. Llevo tanto tiempo… queriendo esto.

Las palabras me atravesaron. Tres años de silencios. Tres años de miradas contenidas. Tres años deseándolo en secreto mientras fingía que no significaba nada. Y ahora lo tenía aquí, debajo de mí, pidiéndome que no me fuera… y yo sabía que algo estaba mal.

Aun así, cuando sus labios encontraron los míos otra vez, no pude resistirme.

El segundo beso fue más profundo, más desesperado. Su lengua buscó la mía con urgencia, y yo correspondí con la misma hambre reprimida. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, deshaciendo el peinado perfecto. Él gimió contra mi boca, un sonido bajo y gutural que me recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Sus manos subieron por mi espalda, bajaron, apretaron mis caderas contra las suyas. Sentí su excitación dura e insistente a través de la tela del pantalón.

El mundo se redujo a ese cuarto semioscuro, al calor de su cuerpo, al olor de su colonia mezclado con algo dulce y químico que no lograba identificar del todo. Me ayudó a quitarle la chaqueta del esmoquin. Yo aflojé su corbata con dedos temblorosos. Cada prenda que caía al suelo era una barrera menos entre nosotros y la línea que nunca debimos cruzar.

Cuando su camisa quedó abierta, pasé las manos por su pecho desnudo. Músculos firmes, piel caliente, el corazón latiéndole con fuerza bajo mi palma. Él me miró con esos ojos verdes nublados y sonrió de una forma torpe, casi tierna.

—Eres tan… hermosa —murmuró—. Siempre lo has sido. Y yo… idiota… fingiendo que no te veía.

Las palabras me rompieron un poco más. Me besó el cuello, la clavícula, el hombro descubierto por el tirante del vestido. Cada roce de sus labios era fuego. Me quité el vestido con un movimiento torpe. Él me ayudó, sus dedos grandes y cálidos deslizando la tela por mi piel. Quedé en ropa interior negra sencilla. No había planeado nada de esto. No llevaba nada especial. Pero la forma en que nos miró… como si yo fuera lo único que existía… me hizo sentir deseada de una manera que nunca había experimentado.

Nos tumbamos sobre la cama. El colchón era demasiado suave, demasiado grande. Noah se colocó sobre mí, apoyado en los antebrazos, y me miró fijamente durante un segundo que se sintió eterno. Había confusión en su mirada. Deseo. Y algo más. Algo que parecía lucha interna.

—Dime que quieres esto —pidió, la voz ronca—. Dime que no estoy… soñando.

Tragué saliva. El nudo en la garganta me dolía.

—Lo quiero —susurré. Y era verdad. Lo quería más de lo que debería. Más de lo que era prudente. Más de lo que iba a poder soportar después.

Eso fue suficiente.

El resto sucedió en una mezcla de urgencia y torpeza. Nos quitamos lo que quedaba de ropa entre besos y caricias. Cuando por fin no hubo nada entre nosotros, Noah se detuvo un instante, respirando agitado, y luego se hundió en mí con un gemido profundo. El dolor inicial se mezcló rápidamente con un placer tan intenso que arqueé la espalda y aferré sus hombros. Él se movió con una necesidad casi desesperada, como si intentara alcanzar algo que se le escapaba. Yo correspondí, elevando las caderas, buscando más, perdiéndome en la sensación de tenerlo dentro, de escucharlo gemir mi nombre una y otra vez.

Fue intenso. Desordenado. Emocional de una forma que me asustó. En un momento él escondió el rostro en mi cuello y susurró cosas que apenas entendí: mi nombre, disculpas confusas, promesas rotas. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, sintiendo cómo el orgasmo me golpeaba con una fuerza que me dejó sin aire. Él me siguió segundos después, con un gemido largo y un temblor que recorrió todo su cuerpo.

Después solo quedó el silencio y nuestras respiraciones agitadas.

Noah se derrumbó a mi lado, todavía dentro de mí, todavía aferrado a mi cintura como si temiera que desapareciera. Su respiración se fue volviendo más pesada, más irregular. Le acaricié el cabello húmedo, el corazón todavía desbocado.

—Noah… —susurré.

No respondió. Solo murmuró algo ininteligible y apretó más mi cuerpo contra el suyo. Poco a poco su agarre se aflojó. Su respiración se profundizó. Se había quedado dormido… o algo parecido al sueño.

Me quedé inmóvil, mirando el techo de la suite, con el cuerpo aún sensible y la mente intentando procesar lo que acababa de ocurrir. El olor dulce y químico volvió a golpearme. Me incorporé con cuidado. Él no se despertó. Su rostro, normalmente tan controlado, estaba relajado de una forma casi infantil. Las pupilas seguían demasiado dilatadas incluso con los ojos cerrados.

El pánico me subió por la garganta como bilis.

Esto no había sido solo alcohol.

Alguien le había puesto algo.

Y yo… yo me había acostado con él mientras no estaba en sus cabales.

Las lágrimas me quemaron los ojos. Me vestí con manos temblorosas, lo más rápido y silencioso que pude. Recogí mi bolso, miré una última vez su cuerpo desnudo sobre las sábanas revueltas y salí de la habitación sin mirar atrás.

El pasillo estaba vacío y demasiado brillante. Caminé hacia el elevador con las piernas inestables, sintiendo el ardor entre los muslos y el peso aplastante de lo que había hecho. Apenas había recorrido unos metros cuando una figura apareció desde la esquina.

Olivia.

Llevaba el vestido rojo todavía perfecto. Su expresión, al verme salir de la suite 1803 con el pelo revuelto y los labios hinchados, pasó de la sorpresa al reconocimiento y, finalmente, a una rabia fría y brillante.

—Vaya —dijo en voz baja, casi un susurro—. Qué… interesante.

Intenté pasar de largo. Ella se interpuso.

—¿Está dormido? —preguntó, mirando hacia la puerta que yo acababa de cerrar.

No respondí. No confié en mi voz.

Olivia sonrió. Fue una sonrisa lenta, venenosa, llena de odio contenido.

—Siempre supe que eras una oportunista. Pero esto… esto supera incluso mis expectativas. Drogas a un hombre y te lo follas mientras no puede defenderse. Qué clase de basura eres, Anna Cooper.

Las palabras me golpearon como bofetadas. Abrí la boca para negarlo, para gritarle que había sido ella, que yo solo…

Pero no dije nada. Porque en ese momento no tenía pruebas. Y porque parte de mí se sentía exactamente como lo que ella acababa de decir.

Me aparté y caminé hacia el elevador sin mirarla. Escuché su risa suave detrás de mí mientras las puertas se cerraban.

En el lobby del hotel me moví como un autómata. Pedí un taxi. Durante el trayecto a casa me temblaban las manos tanto que tuve que entrelazarlas sobre el bolso. Cuando llegué al departamento, las luces estaban apagadas. Emma y Lukas debían de estar dormidos.

Entré en silencio, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí hasta que la piel me ardió. Aun así no logré quitarme la sensación de sus manos, de su boca, de su cuerpo dentro del mío. Ni el terror de saber que él no había estado realmente presente.

Cuando salí, me miré en el espejo empañado. Los ojos grises que me devolvieron la mirada estaban llenos de una culpa que sabía que no iba a desaparecer fácilmente.

Me metí en la cama todavía con el pelo húmedo. Aferré la almohada contra el pecho y cerré los ojos.

Mañana tendría que enfrentar las consecuencias.

Mañana él despertaría y recordaría… o no.

Mañana Olivia usaría lo que había visto.

Pero esa noche, en la oscuridad de mi habitación, solo pude pensar en una cosa:

Había cruzado la línea.

Y nada volvería a ser igual.

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