Capítulo 6 Capítulo 6

Noah

Desperté con la cabeza hecha un infierno.

El dolor era sordo, profundo, como si alguien hubiera estado golpeando mis sienes con un martillo durante horas. La luz que se filtraba a través de las cortinas me resultó demasiado brillante y completamente ajena. Parpadeé varias veces hasta que el techo blanco de la suite del hotel se enfocó con claridad. No era mi habitación. No era mi cama. El colchón era demasiado suave, el aire olía a algo que no reconocía del todo y mi cuerpo se sentía pesado, como si no me perteneciera.

Estaba desnudo.

Me incorporé de golpe y el mundo dio un giro nauseabundo. El estómago se me revolvió con violencia. Me llevé una mano a la frente y respiré hondo, intentando ordenar los recuerdos que se negaban a aparecer. El banquete. Las luces del salón principal del Langham. El ruido de copas y risas. Olivia a mi lado, ofreciéndome una copa de champagne con esa sonrisa que siempre había conocido. El sabor del alcohol… y después nada. Un agujero negro absoluto. Solo fragmentos confusos e inútiles: calor sofocante, mareo, una voz de mujer suave, un perfume dulce que no lograba identificar, la sensación de piel contra piel, de manos que me tocaban. Ningún rostro. Ningún nombre. Ninguna certeza.

La rabia me subió como una marea negra y fría.

Alguien me había drogado.

Alguien me había quitado el control de mi propio cuerpo.

Y esa alguien se había acostado conmigo mientras yo no podía decidir absolutamente nada.

Me levanté ignorando el mareo que amenazaba con tirarme al suelo. Mis ropas estaban esparcidas por la habitación de forma desordenada. El esmoquin, la camisa, la corbata… y junto a ellas, una prenda negra que no era mía. Un vestido de mujer. Lo miré durante varios segundos con una mezcla de asco y furia contenida. Luego lo aparté con el pie, como si el simple contacto pudiera contaminarme más de lo que ya estaba. Me vestí con movimientos bruscos, casi violentos. Cada segundo que pasaba la rabia se volvía más fría, más precisa, más peligrosa.

Salí de la suite sin mirar atrás. En el elevador me apoyé contra la pared de espejo y observé mi reflejo con desprecio. Cabello revuelto, ojos enrojecidos, la sombra de un moretón en el cuello que no recordaba haber recibido. Apreté los puños hasta que los nudillos crujieron y el dolor me devolvió un poco de claridad.

Alguien iba a pagar por esto.

Y cuando encontrara a esa mujer, no le dejaría absolutamente nada.

El auto de la empresa ya me esperaba frente al hotel. Durante el trayecto a mi penthouse no dije una sola palabra. El conductor tampoco se atrevió a preguntar. Una vez dentro de mi departamento, me dirigí directamente a la ducha. Dejé que el agua cayera lo más caliente posible, casi hirviendo, como si pudiera quemar la sensación de vulnerabilidad que me carcomía por dentro. Cerré los ojos y traté de forzar los recuerdos una vez más. Imágenes rotas. El salón. Olivia. El calor repentino. El mareo. Y después… nada útil. Solo la certeza humillante de que alguien había tenido el poder de convertirme en un títere.

Cuando salí de la ducha, ya había tomado una decisión irrevocable. Iba a encontrar a quien me había hecho eso. Y cuando lo hiciera, la destruiría de forma tan completa que ni siquiera quedaría un recuerdo de ella.

Llegué a la oficina a las ocho en punto, exactamente como cualquier otro día. El piso de dirección estaba en silencio. Anna ya se encontraba en su escritorio, impecable como siempre. Traje gris oscuro, cabello recogido con severidad, postura perfecta. Levantó la vista al escucharme llegar y me ofreció la sonrisa profesional de siempre.

—Buenos días, señor Harrison. El informe de los inversionistas de Singapur está en su escritorio. La reunión del consejo se mantiene a las diez. Y el señor Fisher llamó para avisar que vendría a media mañana.

Asentí sin detenerme demasiado tiempo frente a ella. Entré a mi oficina y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Me senté frente al escritorio y miré la carpeta que Anna había preparado. Todo en orden. Todo bajo control. Excepto yo. Mi vida, mi cuerpo y mi dignidad habían sido violados la noche anterior, y la única persona que parecía seguir funcionando con normalidad era ella.

A media mañana Max entró sin llamar, como tenía por costumbre. Traía dos cafés y esa expresión particular que usaba cuando ya olía problemas a kilómetros de distancia.

—Te ves como si hubieras peinado un cadáver —dijo, dejando un vaso sobre mi escritorio—. Olivia me contó que te sentiste mal anoche y que Anna te ayudó a subir a una suite. ¿Qué pasó realmente?

Me quedé mirando el café negro sin tocarlo. El aroma me resultó repugnante.

—Alguien me drogo.

Max se quedó completamente inmóvil. La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Qué acabas de decir?

—Me drogo —repetí con voz plana y fría—. No recuerdo casi nada después de las once. Desperté desnudo en una suite del Langham. Había ropa de mujer en el suelo. Y no fue solo alcohol. Alguien me puso algo en la bebida. Estoy seguro.

Max soltó una respiración larga y se pasó una mano por el cabello, procesando la información.

—Joder, Noah. ¿Estás completamente seguro de eso?

—Más que seguro. El sabor, la forma en que mi cuerpo se siente, los agujeros negros en la memoria… alguien me quitó el control a propósito.

—¿Y tienes alguna idea de quién pudo haber sido?

—Ninguna. —Mi voz bajó, volviéndose peligrosa—. Pero cuando la encuentre, la voy a destruir. No le dejaré nada. Ni trabajo, ni reputación, ni un solo lugar donde esconderse en esta ciudad. Quien haya tenido el descaro de drogarme y aprovecharse de mí mientras no podía defendererme va a desear no haber nacido.

Max me observó en silencio durante varios segundos, con una seriedad que rara vez mostraba.

—Ten cuidado con cómo manejas esto. Si sales a cazar sin pruebas sólidas puedes terminar complicándote más de la cuenta.

—Entonces conseguiré las pruebas —lo interrumpí—. Voy a revisar cada segundo de las cámaras del hotel. Voy a interrogar a cada persona que se acercó a mí anoche. Y cuando sepa el nombre de esa mujer… se acabó para ella.

El resto de la mañana transcurrió en una tensión sorda y constante. Cada vez que Anna entraba a mi oficina a entregar un documento o a recordarme una llamada, yo la observaba con más atención de la habitual. No porque sospechara de ella. En ningún momento se me ocurrió conectar los pocos fragmentos que recordaba con su figura. Sino porque su presencia me resultaba… extraña aquella mañana. Había algo en su postura, en la forma en que evitaba sostener mi mirada más de un segundo, en el leve temblor de sus dedos cuando me pasaba una carpeta. Parecía cansada. Más pálida de lo normal. Como si no hubiera dormido bien.

Pero no conecté nada.

No podía conectar nada.

Los recuerdos seguían siendo fragmentos inútiles e incompletos: un perfume dulce, una voz suave, la sensación de no estar solo en esa cama. Nada que me llevara a ella ni a nadie en concreto.

A las dos de la tarde la llamé a mi oficina.

—Anna. Quédate un momento.

Ella entró y cerró la puerta detrás de sí con cuidado. Se quedó de pie frente a mi escritorio, con las manos entrelazadas de forma demasiado rígida sobre la carpeta que aún sostenía.

—Anoche te pedí que me ayudaras a subir a la suite —dije sin rodeos—. ¿Recuerdas algo fuera de lo normal? ¿Alguien que se acercara demasiado a mí? ¿Alguna copa que no hubiera pedido yo directamente?

Ella sostuvo mi mirada solo un segundo antes de bajarla hacia el suelo.

—Usted se sintió mal de repente durante el banquete. Olivia y yo lo ayudamos a subir a la habitación. Yo me quedé un rato para asegurarme de que estuviera bien y luego me fui cuando usted se durmió. No vi nada sospechoso, señor Harrison.

Mentira.

O al menos una verdad incompleta.

Lo supe por el leve cambio en su respiración, por la forma en que apretó los dedos alrededor de la carpeta. Pero no tenía pruebas. Y, sobre todo, no tenía recuerdos claros que pudieran señalarla a ella ni a nadie más.

Asentí lentamente, aceptando su respuesta por el momento.

—Si escuchas algo, cualquier rumor, cualquier comentario fuera de lugar… quiero saberlo de inmediato. ¿Quedó claro?

—Por supuesto, señor Harrison.

Se dio la vuelta para salir. Antes de que abriera la puerta, hablé otra vez, sin saber exactamente por qué.

—Anna.

Se detuvo, pero no se giró del todo.

—Gracias por ayudarme anoche.

Hubo un silencio breve, cargado.

—Solo hice mi trabajo, señor Harrison.

La puerta se cerró con suavidad. Me quedé mirando el espacio vacío que ella había dejado, con la rabia todavía ardiendo bajo la piel y la certeza absoluta de que alguien, en algún lugar de esta ciudad, se había atrevido a quitarme el control de la forma más humillante posible.

Iba a encontrarla.

Aunque tuviera que destrozar todo a mi paso para hacerlo.

Aunque me llevara meses.

Aunque tuviera que usar cada recurso de Harrison Empire.

Esa mujer no iba a salir impune.

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