Capítulo 7 Capítulo 7
Anna
Los días siguientes a aquella noche se convirtieron en una tortura silenciosa.
Volví a la oficina el lunes como si nada hubiera ocurrido. Me vestí con el mismo traje oscuro de siempre, me recogí el cabello con más fuerza de la necesaria y practiqué frente al espejo la expresión profesional que había perfeccionado durante tres años. Pero por dentro todo estaba roto. Cada vez que cerraba los ojos veía la suite del Langham, sentía el peso de su cuerpo sobre el mío y escuchaba la voz de Olivia acusándome de algo que yo no había hecho.
Noah llegó puntualmente a las siete y media. Me miró al pasar frente a mi escritorio, sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual y luego entró a su oficina sin decir nada más allá del saludo rutinario. Durante toda la mañana trabajé con una concentración casi desesperada. Cada vez que su puerta se abría, el corazón se me detenía. Esperaba que de un momento a otro me llamara, me enfrentara, me acusara. Pero no lo hizo.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
La rutina se reanudó con una precisión casi cruel. Yo llegaba temprano, preparaba sus documentos, organizaba su agenda y respondía a sus correos con la misma eficiencia de siempre. Él me daba instrucciones con voz fría y controlada. Aparentemente nada había cambiado. Sin embargo, todo había cambiado.
Noah me observaba más.
Lo notaba en los momentos más inesperados. Cuando yo creía que estaba concentrado en una llamada, levantaba la vista y me encontraba sus ojos verdes fijos en mí. No era la mirada profesional de antes. Había algo distinto: una mezcla de confusión, tensión y una intensidad que me hacía querer desaparecer bajo la tierra. Cada vez que eso ocurría, yo bajaba la mirada y fingía estar absorta en el teclado.
Intentó acercarse un par de veces.
Una tarde, mientras le entregaba la carpeta de los contratos de la costa oeste, detuvo mi mano con la suya. El contacto fue breve, pero me quemó la piel.
—Anna —dijo en voz baja—. ¿Estás bien? Llevas días… distante.
Tragué saliva. El nudo en la garganta me dolió.
—Estoy perfectamente, señor Harrison. Solo concentrada en el trabajo.
Él no apartó la mano de inmediato. Sus dedos se cerraron un segundo alrededor de los míos antes de soltarme.
—Si hubiera algo que debiera saber…
—No hay nada —mentí con una calma que no sentía.
Se quedó mirándome un momento más. Luego asintió y se dio la vuelta. Escuché el clic de su puerta y solo entonces permití que mis hombros se hundieran.
Olivia, por su parte, no había desaparecido. Al contrario. Empezó a aparecer en la oficina con más frecuencia de la necesaria. Siempre con una sonrisa perfecta y comentarios venenosos disfrazados de cortesía.
Una mañana se detuvo frente a mi escritorio sosteniendo dos cafés.
—Anna, cariño. Te ves pálida últimamente. ¿Todo bien en casa? —Su voz era dulce, pero sus ojos azules brillaban con malicia—. Espero que no estés… arrepentida de algo.
No le respondí. Me limité a sostenerle la mirada con frialdad hasta que ella soltó una risita suave y entró a la oficina de Noah sin esperar invitación. Desde mi lugar pude escuchar fragmentos de su conversación: risas bajas, el tono familiar con el que ella se dirigía a él, la forma en que decía su nombre como si le perteneciera. Cada palabra era una aguja clavándose bajo la piel.
Las náuseas empezaron a finales de la tercera semana.
Al principio pensé que era solo el estrés. El cuerpo castigándome por no dormir, por vivir en un estado constante de alerta. Pero las náuseas se volvieron más frecuentes. Aparecían por las mañanas, a veces tan fuertes que tenía que cerrar los ojos y respirar despacio hasta que el mareo pasara. El olor del café, que antes me resultaba reconfortante, comenzó a provocarme arcadas. El perfume de Olivia me resultaba insoportable. Hasta el aroma de la colonia de Noah, que tanto me había gustado, ahora me hacía sentir el estómago revuelto.
Emma fue la primera en notarlo.
Una tarde, mientras almorzábamos en el pequeño café del piso once, dejé la ensalada casi intacta y me limité a beber agua. Ella dejó el tenedor sobre el plato y me miró con seriedad.
—Llevas dos semanas comiendo como un pájaro —dijo en voz baja—. Y estás pálida. Más de lo normal. ¿Qué te pasa, Anna?
Negué con la cabeza.
—Es solo cansancio. El trabajo está siendo intenso.
—No me mientas. —Su voz se suavizó, pero no perdió firmeza—. Te conozco desde que teníamos seis años. Sé cuándo estás escondiendo algo. ¿Tiene que ver con lo de aquella noche? ¿Con Noah?
El nombre me hizo tensar todo el cuerpo. Bajé la mirada hacia el vaso de agua y apreté los dedos alrededor del cristal.
—No quiero hablar de eso.
Emma suspiró y extendió una mano sobre la mía.
—Está bien. No te presiono. Pero no estás sola, ¿de acuerdo? Pase lo que pase, Lukas y yo estamos aquí. Los tres contra el mundo. Siempre.
Asentí, incapaz de hablar. Las lágrimas me quemaban los ojos y tuve que morder el interior de la mejilla para no dejarlas caer.
Las semanas siguieron pasando. Dos meses completos desde aquella noche. Dos meses en los que fingí que mi vida no se estaba desmoronando en silencio. Noah seguía observándome. A veces me preguntaba si había dormido bien. Otras veces dejaba un café en mi escritorio sin decir nada. Detalles pequeños que antes me habrían llenado el pecho de una esperanza tonta y que ahora solo me generaban pánico. Porque cada gesto de cercanía era un recordatorio de lo que él no sabía… y de lo que yo no podía contarle.
Olivia, mientras tanto, intensificaba sus visitas. Un día “casualmente” mencionó frente a varios ejecutivos que yo había estado “muy pendiente” de Noah la noche del banquete. Otro día dejó escapar, con tono inocente, que esperaba que “ciertas personas” no estuvieran confundiendo su trabajo con otras intenciones. Cada comentario era una semilla de duda plantada con precisión quirúrgica. Y aunque Noah no decía nada, yo veía cómo su mandíbula se tensaba cada vez que ella hablaba.
Una noche, al salir de la oficina más tarde de lo habitual, me encontré con Lukas esperándome en el vestíbulo. Llevaba el abrigo puesto y una expresión preocupada.
—Emma me dijo que no estás comiendo bien —fue lo primero que dijo al verme—. Y que estás pálida. Vamos a casa. Te preparo algo ligero.
No discutí. Durante el trayecto en silencio, él no preguntó nada más. Solo condujo con una mano en el volante y la otra apoyada cerca de la mía, sin tocarla, simplemente ofreciendo presencia. Cuando llegamos al departamento, Emma ya tenía la mesa puesta. Comimos en un silencio cómodo, el tipo de silencio que solo existe entre personas que se conocen de verdad. Después, mientras lavábamos los platos, Emma se detuvo y me miró de frente.
—Anna… ¿cuándo fue tu última regla?
La pregunta me dejó helada. El trapo se me cayó de las manos.
—No… no estoy segura —susurré.
Emma y Lukas intercambiaron una mirada rápida. Luego ella se acercó y me tomó suavemente de los hombros.
—Mañana vamos a la farmacia. ¿De acuerdo? Solo para descartar. Por si acaso.
Asentí porque no me quedaban fuerzas para negarme. Esa noche me acosté mirando el techo oscuro, con una mano apoyada sobre el vientre plano y el corazón latiéndome con un miedo que ya no podía seguir ignorando.
Dos meses.
Dos meses desde aquella noche.
Dos meses fingiendo que nada había pasado.
Y por primera vez desde que huí de la suite del Langham, supe con una certeza aterradora que el secreto que cargaba ya no era solo mío.
