Capítulo 8 Capítulo 8
Anna
No dormí esa noche.
Me quedé mirando el techo oscuro de mi habitación con una mano apoyada sobre el vientre, contando los minutos como si cada uno de ellos pudiera cambiar lo que ya sospechaba. El miedo era una presencia viva dentro de mí: fría, pesada, imposible de ignorar. Cada vez que cerraba los ojos veía la suite del Langham, sentía el peso de Noah sobre mi cuerpo y escuchaba la voz de Olivia acusándome. Y ahora… ahora había algo más. Algo que crecía en silencio y que amenazaba con destruir todo lo que había construido.
A las seis y media de la mañana me levanté. Me duché con agua demasiado caliente, me vestí con un pantalón negro y una blusa gris que me quedaba holgada, y salí del departamento antes de que Emma o Lukas despertaran. No quería que me vieran el rostro. No todavía.
La farmacia de la esquina ya estaba abierta. Entré con paso firme, aunque por dentro me temblaba todo. Caminé entre los pasillos sin mirar a nadie hasta llegar a la sección de pruebas de embarazo. Había demasiadas opciones. Cajas de colores pastel, promesas de “resultados en tres minutos”, sonrisas de mujeres felices en las tapas. Elegí la más simple, la más discreta, pagué en efectivo y salí sin esperar el cambio completo.
El trayecto de regreso se me hizo eterno. Cada semáforo en rojo era una eternidad. Cada persona que cruzaba a mi lado parecía mirarme como si pudiera leer el secreto que cargaba en la bolsa de papel. Cuando llegué al departamento, Emma ya estaba en la cocina preparando café. Al verme entrar, dejó la taza a medio llenar y se quedó quieta.
—Fuiste sola —dijo. No era una pregunta.
Asentí. No confié en mi voz.
Lukas apareció en ese momento desde el pasillo, todavía con el cabello revuelto y una camiseta vieja. Al notar la expresión de ambas, se tensó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Sin decir nada, saqué la caja de la bolsa y la dejé sobre la mesa de la cocina. El silencio que siguió fue tan denso que pude escuchar el latido de mi propia sangre en los oídos.
Emma fue la primera en reaccionar. Se acercó, tomó la caja con manos cuidadosas y me miró a los ojos.
—Vamos. Lo hacemos juntas.
Los tres nos metimos en el baño. El espacio era pequeño, casi ridículo para contener algo tan grande. Seguí las instrucciones con dedos temblorosos. Oriné en el stick, lo dejé sobre el lavabo y me senté en el borde de la bañera porque las piernas ya no me sostenían. Emma se colocó a mi derecha. Lukas a mi izquierda. Ninguno habló. Solo esperamos.
Tres minutos.
Ciento ochenta segundos que se sintieron como una condena.
Cuando el tiempo se cumplió, fui yo quien se levantó. Me acerqué al lavabo con el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que dolía. Miré el resultado.
Dos líneas.
Claras.
Inconfundibles.
El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran golpeado. Me temblaron las manos. El stick se me resbaló y cayó dentro del lavabo. Emma lo recogió de inmediato y lo miró. Su rostro se descompuso un segundo antes de que lograra controlarlo. Lukas no dijo nada. Solo apretó la mandíbula y pasó un brazo alrededor de mis hombros, atrayéndome contra su pecho.
—Estoy embarazada —susurré. La voz me salió rota, ajena—. Estoy embarazada de él.
Las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas se desbordaron de golpe. Me derrumbé. Emma me abrazó por el otro lado y los tres nos quedamos ahí, en el baño demasiado pequeño, mientras yo lloraba con un llanto silencioso y desesperado que me sacudía el cuerpo entero. No era solo miedo. Era culpa. Era pánico. Era la certeza de que mi vida, tal como la conocía, acababa de terminar.
No sé cuánto tiempo pasó. Al final, Lukas fue quien habló primero. Su voz sonó grave, controlada, pero yo conocía ese tono. Era el que usaba cuando estaba conteniendo la rabia.
—Vamos a la sala. Necesitamos hablar con claridad.
Nos sentamos en el sofá viejo que habíamos comprado juntos el año anterior. Emma me trajo un vaso de agua que no pude beber. Lukas se quedó de pie frente a nosotros, con los brazos cruzados y la expresión más seria que le había visto en mucho tiempo.
—Primero lo primero —dijo—. ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con el embarazo?
La pregunta me dolió, pero la entendí. Asentí sin dudar.
—Sí. No… no puedo hacer otra cosa. Es mío. Aunque todo lo demás esté mal, este bebé es mío.
Emma apretó mi mano.
—Entonces lo vamos a criar los tres. Como siempre. Los tres contra el mundo. ¿Quedó claro?
Las lágrimas volvieron a escapárseme. Asentí otra vez.
Lukas se pasó una mano por la cara y soltó el aire con fuerza.
—Ahora viene la parte difícil. Noah. Tienes que decírselo, Anna. Tiene derecho a saberlo. Y tú no puedes cargar con esto sola para siempre.
El pánico me subió por la garganta como bilis.
—No puedo —susurré—. Lo escuché esa mañana. Le dijo a Max que cuando encontrara a la mujer con la que se acostó esa noche… la iba a destruir. Que la haría desaparecer sin dejar rastro. Lukas, él cree que esa mujer lo drogo. Y yo no tengo forma de demostrar que no fui yo. Olivia me vio salir de la habitación. Si hablo, ella va a usar eso en mi contra. Voy a perderlo todo. El trabajo, la reputación… y tal vez hasta la custodia cuando el bebé nazca.
El silencio que siguió fue pesado. Emma se mordió el labio. Lukas caminó de un lado a otro de la sala, como un animal enjaulado.
—Entonces necesitamos pruebas —dijo finalmente—. Pruebas de que fuiste tú quien intentó ayudarlo, no quien lo drogo. Cámaras del hotel, testimonios, cualquier cosa. Yo puedo mover algunos contactos. Tengo un compañero en el bufete que ha trabajado casos de este tipo. Pero mientras tanto… tienes que decidir si se lo dices ahora o si esperas.
Me enlacé las manos sobre el vientre todavía plano. El miedo era tan grande que me costaba respirar.
—Necesito tiempo —admití en voz baja—. Solo un poco de tiempo para pensar. Para… prepararme. Si se lo digo ahora, sin pruebas, va a odiarme. Y yo… yo no creo poder soportar que me mire con ese odio.
Emma se acercó más y apoyó la frente contra la mía.
—Está bien. Respiramos. Un día a la vez. Pero no te cierres, Anna. No desaparezcas dentro de tu cabeza. Estamos aquí.
Lukas se agachó frente a mí y me tomó suavemente del mentón, obligándome a mirarlo.
—Escúchame bien. Pase lo que pase, este bebé va a tener una familia. Nosotros. Y si Noah no está a la altura… entonces se lo pierde. Pero tú no vas a enfrentar esto sola. ¿Me oíste?
Asentí. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran solo de pánico. Había algo más. Una determinación frágil, apenas naciente, que se aferraba a las únicas dos personas que siempre habían estado a mi lado.
Esa noche me acosté con la prueba de embarazo guardada en el cajón de la mesita de noche. Me puse una mano sobre el vientre y susurré al vacío:
—Voy a protegerte. Aunque me cueste todo.
Fuera, la ciudad seguía viva e indiferente. Dentro de mí, todo había cambiado para siempre.
