Capítulo 9 Capítulo 9
Anna
Pasaron tres días desde que supe la verdad.
Tres días en los que intenté ensayar frente al espejo las palabras exactas que le diría a Noah. Tres días en los que vomité cada mañana en silencio para que Emma y Lukas no me escucharan. Tres días en los que me miré el vientre todavía plano y susurré promesas que no estaba segura de poder cumplir. Al cuarto día ya no pude seguir esperando. El secreto se me había vuelto demasiado pesado. Me dolía el pecho cada vez que lo veía. Me dolía más cada vez que él me miraba con esa mezcla de confusión y distancia que no sabía interpretar.
Esa mañana me vestí con más cuidado de lo habitual. Elegí un vestido negro sencillo, de manga larga, que no marcaba la cintura. Me recogí el cabello en un moño bajo y me miré al espejo durante varios minutos. Los ojos grises que me devolvieron la mirada estaban cansados, pero había en ellos una determinación frágil. Hoy se lo diría. Hoy enfrentaría las consecuencias.
Antes de salir del departamento, Emma me detuvo en la puerta. Me tomó suavemente de las manos y me obligó a mirarla.
—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.
—No —admití—. Pero no puedo seguir cargando esto sola. Tiene derecho a saberlo. Y yo… yo necesito dejar de tener miedo cada vez que entro a esa oficina.
Lukas apareció detrás de ella. No dijo nada. Solo se acercó y me rodeó con un brazo, apoyando la barbilla en mi cabeza durante unos segundos.
—Si se pone agresivo o te dice algo que te haga daño, me llamas. Inmediatamente. Yo voy. ¿Quedó claro?
Asentí contra su pecho. Luego me separé, respiré hondo y salí.
El trayecto en metro se me hizo eterno. Cada estación que pasaba era un recordatorio de que me acercaba más al momento que tanto temía. Revisé mentalmente una y otra vez el discurso que había preparado: Señor Harrison, necesito hablar con usted de algo personal. Aquella noche… yo estaba allí. No lo drogué. Y ahora estoy embarazada. Sonaba simple en mi cabeza. Sabía que en la realidad sería cualquier cosa menos simple.
Llegué a Harrison Empire más temprano que de costumbre. El lobby todavía estaba semi vacío. Subí al piso de dirección con el corazón latiéndome en la garganta. El pasillo olía al café que yo misma había aprendido a preparar exactamente como a él le gustaba. Todo parecía normal. Demasiado normal para lo que estaba a punto de hacer.
Dejé el bolso en mi escritorio y miré hacia la puerta de su oficina. Estaba entreabierta. Se escuchaban voces. La de Noah… y la de Max.
Me quedé inmóvil. No quería interrumpir. Pensé en esperar. En sentarme y fingir que revisaba correos hasta que Max se fuera. Pero entonces escuché mi nombre. O mejor dicho, escuché la forma en que hablaban de “la mujer”.
Me acerqué en silencio. No fue una decisión consciente. Los pies me llevaron solos hasta quedar a un par de metros de la puerta entreabierta. Desde allí pude oírlo todo con una claridad dolorosa.
—Todavía no tengo el nombre —decía Noah. Su voz sonaba fría, cortante, como el filo de un cuchillo—. Pero voy a conseguirlo. Las cámaras del hotel tuvieron un “fallo técnico” esa noche, según el gerente. Qué conveniente. Alguien pagó para que desaparecieran.
Max respondió con tono grave:
—Noah, tienes que tener cuidado. Si sales a destruir a alguien sin pruebas sólidas…
—No necesito pruebas para saber lo que me hicieron —lo interrumpió Noah. Había una rabia contenida en cada palabra que me heló la sangre—. Me drogarón. Me quitaron el control de mi propio cuerpo. Y esa mujer se aprovechó de eso. Cuando la encuentre, Max, no le voy a dejar nada. Absolutamente nada.
Hubo un silencio breve. Luego Max habló otra vez, más bajo:
—¿Y si… hipotéticamente… esa mujer estuviera embarazada?
El mundo se detuvo.
Yo dejé de respirar.
Noah soltó una risa corta, amarga, sin ninguna gracia.
—Si estuviera embarazada —dijo con una frialdad que me atravesó el pecho como una lanza—, la obligaría a abortar. No pienso tener un hijo con alguien que fue capaz de drogarme para conseguir lo que quería. No quiero a ese bebé. No quiero nada que me recuerde esa noche. Preferiría morir antes que dejar que una mujer así se acerque a mi vida… o a cualquier hijo mío.
Las palabras cayeron sobre mí con el peso de un edificio entero.
Me temblaron las piernas. Tuve que apoyarme contra la pared del pasillo para no caerme. El aire se me atascó en la garganta. Las lágrimas me quemaron los ojos con tanta fuerza que tuve que morder el interior de la mejilla hasta saborear sangre para no soltar un sollozo.
Él no quería al bebé.
Lo odiaba incluso antes de saber que existía.
Y a mí… a mí me destruiría si alguna vez descubría la verdad.
Retrocedí un paso. Luego otro. Mis manos temblaban tanto que tuve que cruzármelas sobre el pecho para controlarlas. El discurso que había ensayado durante días se deshizo en mil pedazos dentro de mi cabeza. Ya no quedaba nada. Solo el eco de su voz repitiendo una y otra vez: la obligaría a abortar… no quiero a ese bebé… preferiría morir.
Logré llegar hasta mi escritorio. Me senté porque las piernas ya no me sostenían. Miré la pantalla del computador sin ver realmente nada. Las letras se mezclaban. El cursor parpadeaba con indiferencia. A mi alrededor, la oficina seguía funcionando con normalidad. Alguien reía en el fondo del pasillo. El teléfono de Emma sonó dos veces. El mundo no se había detenido. Solo el mío.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez diez minutos. Tal vez treinta. De pronto la puerta de Noah se abrió del todo y Max salió. Al verme, detuvo el paso y frunció el ceño.
—Anna. ¿Estás bien? Estás blanca como un papel.
Forcé una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara.
—Sí. Solo… un poco de cansancio. Nada importante.
Él no pareció creerme del todo, pero no insistió. Asintió y se dirigió hacia el elevador. Cuando desapareció, me levanté. Recogí mi bolso con manos que todavía temblaban. Caminé hasta la puerta de la oficina de Noah y me detuve en el umbral.
Él estaba de pie frente a la ventana, de espaldas a mí, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz de la mañana dibujaba su silueta alta e imponente. Durante un segundo absurdo pensé en entrar. En decirle la verdad de todos modos. En arrodillarme y rogarle que me creyera.
Pero entonces recordé el tono de su voz.
La frialdad absoluta.
La forma en que había dicho que preferiría morir antes que aceptar a ese hijo.
Me di la vuelta.
Caminé de regreso a mi escritorio, abrí un documento nuevo en blanco y escribí la carta de renuncia con una calma que no sentía. Las palabras salieron precisas, profesionales, vacías de todo lo que realmente importaba. Cuando terminé, la imprimí, la firmé y la dejé dentro de un sobre.
Esa misma tarde se la entregaría.
Y después… después me iría.
Porque ya no quedaba ninguna otra opción.
No podía quedarme.
No podía mirarlo a la cara sabiendo que el bebé que crecía dentro de mí era exactamente lo que él más detestaría.
Me toqué el vientre por encima de la tela del vestido, un gesto mínimo, casi invisible, y susurré tan bajo que ni yo misma lo escuché del todo:
—Voy a protegerte. Aunque tenga que desaparecer para hacerlo.
