Capítulo 1 UN REENCUENTRO NO ESPERADO

Elian Evans era un buen esposo, nadie podía negarlo. No importaba que en ese matrimonio ni hubiera amor, ni deseo, ni esperanza. Él cumplía su rol sin dudar.

Había aprendido a hacerlo con precisión casi mecánica. A decir lo correcto, en el momento correcto. A tocar sin sentir. A mirar sin ver. Con el tiempo, incluso el vacío había dejado de incomodarlo… se había vuelto costumbre.

—Elian, mi amor, no tienes idea de cuánto significa esto para mí…

Samara, su esposa, se puso en puntas de pie y besó su mejilla.

Elian apenas giró el rostro, lo suficiente para que el contacto no fuera directo. Para que no tocara su piel.

—Lo hago con gusto, cariño —respondió, con una sonrisa que ya había aprendido a fingir—. Espero que tu madre mejore con el medicamento.

Samara suspiró, bajando la mirada.

—Lleva tanto tiempo soportando el dolor… que, si no conseguimos esa medicina, no sé qué será de nosotros.

Elian tragó saliva antes de tomar su mano. Lo hizo como lo hacía siempre: con delicadeza. Sus dedos la sostuvieron con firmeza… aunque no había calor en el

contacto.

—Lo lograremos. Ahora debo irme, me están esperando.

Se giró hacia la puerta.

—Elian, mi amor…

Él se detuvo sin darse la vuelta.

—¿Y mi beso?

Él cerró los ojos un segundo. Luego se inclinó y rozó sus labios con los de ella. Desde el día en que celebraron su matrimonio, aquellos besos eran fríos y distantes. Un trámite.

Samara no se apartó enseguida. Él sí.

Tomó el portafolio. Revisó el cierre.

—Vuelvo temprano.

Elian salió, ignorando como siempre las caricias de su esposa, y fue directo a la cita que tanto había esperado.

El señor Queen había estado dilatando ese encuentro por casi dos meses. Dos meses en los que Elian había revisado los planos cien veces, había ensayado cada argumento, había calculado cuánto tiempo le quedaba a Margaret antes de que el dolor se volviera insoportable. Por eso, cuando por fin llegó no le importó que fuera en la suite de un hotel de lujo, ni que la hora fuera extraña.

Medicina por avance tecnológico. Era un trato justo. Tenía que serlo.

Arregló su corbata antes de bajar del auto. Comprobó que los planos estuvieran en orden dentro del portafolio. Respiró.

En el lobby, una recepcionista lo esperaba con una tarjeta en la mano.

—¿Señor Evans?

—Sí, soy yo.

—El señor Queen lo está esperando. Bienvenido.

Elian asintió, y aún confundido, caminó hacia el elevador. El señor Queen seguía siendo, hasta ese momento, un completo misterio.

Presionó el botón de la suite 532 y en menos de quince segundos, llegó al piso.

Las puertas se abrieron. El lugar estaba a oscuras.

Frente a él, una sala amplia, elegante, se extendía con vista a un gran ventanal. Al fondo, un sillón imponente, dirigido hacia la ciudad… y de él colgaba un brazo,

sosteniendo una copa.

Elian se quedó en silencio por un momento, observando a su alrededor.

La mano se movió. Los hielos chocaron dentro del vaso.

El reloj en su muñeca brilló con la luz tenue que entraba por la ventana.

—Se-señor Queen… soy Elian Evans —dijo, con un leve titubeo.

El silencio se prolongó… hasta que una luz se encendió.

—Señor Evans.

La voz grave del CEO rompió la quietud.

—Es usted muy puntual.

El señor Queen, aún sin girarse, levantó la copa y bebió con calma. Su mirada permanecía fija en el cristal, en la ciudad desplegada ante él… llevaba días

pensando en lo mismo, planeando ese momento y ahora que Evans estaba allí, no podía evitar que los nervios le jugaran una mala pasada.

—Sí, señor. Le confieso que he estado esperando este momento. Una reunión como esta es muy importante para mí.

—¿Trajo el equipo médico?

Elian miró su portafolio.

—No, señor. Solo he traído los planos. El equipo es demasiado grande para transportarlo solo, pero si usted lo desea…

El señor Queen no lo dejó terminar.

—Los planos están bien.

Hubo una pausa por un momento, el señor Queen volvió a beber de su copa y continuó.

—Pero dígame, Elian… ¿para quién es el medicamento que está buscando?

—Para la madre de mi esposa, señor —respondió con firmeza.

El señor Queen no dijo nada , pero algo en su postura se tensó.

—Qué buen yerno es usted…—en esa respuesta había un tinte de sarcasmo. —¿Y qué pasaría si le digo que no puedo darle el medicamento?

Elian sintió que el aire le faltaba.

—Señor, entiendo que no es su obligación, pero la vida de mi suegra depende de ese medicamento… y, en cierta forma, también mi matrimonio. Supongo que usted,

teniendo esposa, puede entenderlo.

El silencio en el gran salón se volvió incomodo.

Y de repente, ese silencio se rompió con un golpe seco contra el reposabrazos.

—No estoy casado. —La voz fue cortante. —No sé cómo son las mujeres.

Elian bajó la cabeza, incómodo. Una sensación extraña comenzó a instalarse en su pecho. No había visto el rostro de aquel hombre… pero su voz…

Le resultaba inquietantemente familiar.

—Disculpe, señor… quizá podríamos reagendar la reunión.

—No, Elian. —La voz lo detuvo en seco. — Solamente tengo disponible este momento.

Elian respiró hondo. Asintió.

Y el sillón comenzó a girar.

Fue lento. Casi ceremonioso.

Primero el brazo, luego el hombro, luego el perfil de un rostro que Elian tardó en reconocer, porque no podía ser, porque hacía cinco años que no existía para él, porque la última vez que lo había visto no llevaba traje ni hablaba con esa calma ni miraba de esa manera.

El portafolio cayó de sus manos.

—Man… Manson…

El hombre lo observó fijamente.

—Elian… tanto tiempo sin vernos.

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