Capítulo 2 UNA OFERTA
Elian no se movió. No podía. Cinco años y ahí estaba, como si nada, como si el tiempo hubiera decidido retroceder sin previo aviso. Los recuerdos nunca pedían permiso. Todo a su alrededor se volvió irrelevante. El portafolio estaba en el suelo, pero no recordaba haberlo soltado. Solo existía ese rostro. Esos ojos. Y todo lo que había enterrado con ellos.
Manson no se inmutó. Se levantó del sillón sin apuro. Caminó despacio, rodeándolo, midiendo cada paso. Sus ojos recorrieron a Elian de arriba abajo sin disimulo, sin urgencia. Una inspección. Una confirmación. Seguía siendo él.
—Tardaste en reconocerme —murmuró cerca de su oído.
Elian se estremeció. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
—Yo… yo… —intentó hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—Dime —continuó Manson, sin apartarse—, ¿ya no tienes mi número?
Elian bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.
—Claro que lo tengo.
—Entonces, ¿por qué nunca llamaste?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Manson siguió caminando a su alrededor, notando el leve temblor en sus manos, la rigidez en sus hombros. Se detuvo lo suficiente para aspirar su aroma, y por un instante, su expresión cambió apenas. Todavía usaba el mismo perfume.
Elian guardó silencio. Sabía la respuesta, la había sabido durante años, pero nunca tuvo el valor de enfrentarla. Y ahora, teniéndolo frente a él, todo resultaba más pesado.
—¿No tienes nada que decir? —insistió Manson, acercándose lo suficiente para que su respiración rozara su cuello.
Elian cerró los ojos un instante, sintiendo cómo su piel reaccionaba contra su voluntad.
—No tuve tiempo… —murmuró al final.
La excusa fue estúpida, y Elian lo supo.
—¿Sabes cuanto es un minuto? Hubieras dejado un mensaje si es que no querías escuchar mi voz.
—Manson… tú sabes que pasó en ese tiempo. —Elian quiso arreglarlo, pero no fue necesario.
Manson se apartó con lentitud, parecía que ya había obtenido lo que quería. Regresó a su escritorio y adoptó de nuevo esa postura impecable, fría, ajustándose la chaqueta. Suspiró relajado, ¡Allí no había pasado nada.!
—Entonces —dijo con voz neutra—, ¿vas a enseñarme los planos del equipo médico? Porque, hasta donde recuerdo, a eso viniste.
Elian lo miró, aún descolocado. Por dentro era un caos, pero sabía que no podía perder de vista el motivo de su visita. Caminó hasta el escritorio, dejó el portafolio sobre la superficie y lo abrió con manos que aún no terminaban de estabilizarse.
—Aquí están los planos, señor Queen —dijo, forzando un tono profesional—. Es un equipo diseñado específicamente para las necesidades de Industrias Pharma.
Manson tomó los documentos sin prisa, pero apenas les dedicó una mirada superficial. Su atención no estaba realmente en ellos.
—Me han dicho que te has convertido en uno de los mejores ingenieros biomédicos del país —comentó con desinterés.
—Hago lo que puedo —respondió Elian, manteniendo la compostura.
Sin previo aviso, Manson abrió una de las gavetas de su escritorio y sacó una pequeña caja blanca, sellada con una cinta y marcada con una etiqueta roja. En el momento en que Elian la vio, su cuerpo reaccionó de inmediato. Sabía exactamente qué era.
—Este es el medicamento que estás buscando —dijo Manson con calma.
Elian extendió la mano casi por instinto, pero antes de que pudiera tocarla, Manson la retiró y la guardó nuevamente.
—Sabes bien que nada en esta vida es gratis, señor Evans.
Tomó los planos entre sus manos. Esta vez sí los miró… solo por un segundo.
Luego los rompió, los pedazos fueron tan pequeños que por más que Elian quisiera, podían salvarse.
Elian sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Qué hiciste?
—¡Romper! —respondió Manson, sin apartar la mirada de él—. Como tú hiciste hace cinco años.
El golpe fue directo. Sin rodeos.
—¿Esto es personal? —preguntó Elian, con la voz más baja de lo que esperaba.
Manson esbozó una sonrisa mínima.
—No, claro que no.
Hizo una pausa, observándolo con detenimiento.
—Pero dime… ¿qué pasaría si este medicamento dejara de existir? Si no pudieras salvar a tu querida suegra.
Elian se quedó en silencio. No era solo su matrimonio lo que estaba en juego. Era Margaret, la única persona que alguna vez lo había tratado con verdadera calidez dentro de esa familia. Ella lo salvó en su momento, y ahora, él debía salvarla a ella. No podía fallarle.
—Buscaré otra opción —dijo al final, aunque ni él mismo creyó en sus palabras.
Se inclinó para recoger los restos de sus planos y los guardó en el portafolio con movimientos torpes. Manson lo observaba en silencio, parecía que estaba disfrutando cada segundo.
Antes de que Elian pudiera irse, abrió nuevamente la gaveta y sacó un sobre blanco, elegante, con una línea dorada en el borde.
Lo extendió hacia él.
Elian lo reconoció al instante.
Era el mismo tipo de sobre que se había utilizado en las invitaciones de su boda.
—¿Qué es esto? —preguntó, sin atreverse a tomarlo de inmediato.
—Mi oferta.
Elian dudó un segundo, pero finalmente lo tomó.
—Tienes tres días —continuó Manson—. Si aceptas, nos vemos el viernes a esta misma hora.
Su mirada se endureció apenas.
—Si no… asegúrate de despedirte bien de tu suegra. Porque yo mismo me encargaré de que en el mundo no encuentres ni un solo milímetro de este medicamento.
El corazón de Elian empezó a latir con fuerza. Guardó el sobre en su bolsillo, sintiendo cómo el peso de esa decisión caía sobre él.
—Gracias, señor Queen —dijo, recuperando una frialdad que no sentía.
Manson sonrió con suficiencia.
—¿Aún tienes mi número?
Elian lo miró solo un segundo.
—Ya he dicho que si. Señor Queen.
—¿Seguro? —Manson arqueó una ceja.
—Tengo su tarjeta.
No había más que decir. Se giró y caminó hacia el elevador sin apresurarse. Una baldosa, otra, otra.
El elevador.
El botón.
Esperar.
Las puertas se cerraron. El aire salió de su boca de golpe. Se llevó una mano al pecho, sintió el desastre ahí adentro, y cerró los ojos.
Cinco años. Cinco años construyendo algo parecido a la paz, y Manson la había desarmado en menos de diez minutos. Porque eso era él: el único hombre capaz de convertir cualquier cosa en ceniza con solo estar en la misma habitación.
