Capítulo 3 LA PROPUESTA
Elian llegó a casa con el cuerpo en automático y la cabeza en otro lugar, en una suite a oscuras, en un sillón que giraba despacio, en unos ojos grises que no tendría que haber vuelto a ver nunca, y el tiempo se partió en dos.
Apenas cruzó la puerta, el silencio
lo envolvió por un instante, pero no duró mucho. Desde la sala, Samara se
levantó en cuanto lo vio. Su figura se recortaba bajo la luz cálida de la
tarde, y su vientre abultado se hizo evidente de inmediato.
—Elian, mi amor… ¿cómo te fue?
Su voz estaba llena de ilusión, de
una esperanza que a él le resultó difícil romper.
—Aparentemente… todo bien —dijo al
final, obligándose a sonar tranquilo—. Pero debo tener otra reunión con el
señor Queen.
Samara sonrió, aliviada, y caminó
hacia él con cuidado antes de abrazarlo.
—Sabía que lo lograrías… —murmuró
contra su pecho—. Gracias, Elian. Gracias por todo lo que estás haciendo por mi
familia.
Él cerró los ojos apenas un
instante.
—No te preocupes —respondió en voz
baja—. Todo va a salir bien.
Samara se separó un poco, mirándolo
con dulzura.
—Eso espero… mamá cada día está más
débil. Siento que el tiempo no está de nuestro lado.
Elian tragó saliva, sintiendo el
peso de esas palabras asentarse en su pecho.
—No pienses en eso ahora —dijo,
intentando mantener la calma—. Debes cuidarte. Hay un bebé en camino.
Samara llevó una mano a su vientre
y sonrió con ternura.
—Aún faltan tres meses…
Elian asintió, aunque su mente ya
estaba lejos de esa conversación.
—¿Quieres que te prepare algo de
comer?
—Sí… gracias —respondió él—. Estaré
en el despacho.
Caminó sin esperar respuesta. Cerró
la puerta detrás de sí y el sonido del seguro marcó el inicio de su caída.
Se apoyó en el escritorio,
inclinándose ligeramente. Su respiración se volvió irregular, y un sudor frío
le recorrió la espalda. Su corazón latía con violencia, parecía que iba a
salírsele del pecho.
Cerró los ojos. Pero no pudo
escapar, ahí estaban.
Esos ojos grises, esa voz.
Ese pasado que creía enterrado.
Llevó una mano temblorosa a su
bolsillo y sacó el sobre. Lo sostuvo unos segundos, dudando, sin embargo no
habían muchas opciones.
Y comenzó a leer.
“Sé cuánto quieres a Margaret.”
Elian apretó los labios.
“Sé todo sobre ti. Sobre tu
matrimonio de mentiras. Sobre la vida que elegiste para ocultarte Pero también
sé que tienes una deuda pendiente conmigo.”
Elian cerró los ojos un segundo,
tratando de evitar lo que venía, pero era imposible.
“Si quieres el medicamento… vuelve
a ser mío. Y después de la primera dosis… te divorciarás de tu esposa.”
Elian bajó lentamente el papel. Su
mente quedó en blanco durante unos segundos.
Luego releyó un par de veces más la
nota y la propuesta seguía siendo la misma.
Lo de volver a él no le resultaba
ajeno. No le resultaba imposible. Y esa era precisamente la parte que más lo
perturbaba.
Pero el divorcio… Ahora.
Cuando Samara estaba embarazada.
Cuando Margaret estaba al borde de la muerte.
¡Era una locura.!
Con desespero, se llevó una mano al
rostro. Caminó hasta el mueble lateral y tomó una botella de licor. Sirvió un
trago y lo bebió de un solo golpe, dejando que el ardor bajara por su garganta.
No fue suficiente. No amaba a
Samara, eso no era un secreto ni siquiera para ella misma. Era una verdad
que había aprendido a ignorar.
Cuando se casó, Elian había sido
demasiado joven para enfrentarse a su padre, y muy débil para rechazar lo
que le impusieron. Recordó las amenazas, la presión, el desprecio. Y a su
madre, enferma, pidiéndole que no destruyera a la familia.
Había cedido, se había casado y
construyó una vida que no era suya.
Y con el tiempo… había aprendido a
vivir en ella.
Respiró hondo y volvió a mirar el
sobre, sintiendo cómo el peso de todo lo que había construido, de cada decisión
que había aceptado sin cuestionar, caía sobre él con una claridad abrumadora.
Manson estaba dispuesto a destruirlo, a arrastrarlo de vuelta a un pasado que
había hecho todo por dejar atrás. No podía permitirlo.
Tenía una familia, un hijo en
camino, una vida que, aunque imperfecta, era la única que conocía ahora. No
podía retroceder, no después de todo lo que había sacrificado. Con esa
determinación aferrándose a su pecho, tomó el papel con fuerza, dispuesto a
romperlo, pero en ese instante la puerta se abrió.
Samara entró con una bandeja entre
las manos.
—¿Todo bien, mi amor?
Elian reaccionó de inmediato.
Guardó el sobre en el cajón antes de que ella pudiera notar algo.
—Sí… todo bien —respondió.
Ella dejó la bandeja sobre el
escritorio y se sentó frente a él.
—¿Entonces, como es el señor Queen?
Cuéntame más…
Elian la miró apenas un segundo.
—Bien… aún hay cosas por definir,
pero va por buen camino.
Samara sonrió, aliviada.
—Es un hombre de gran poder,
también generoso, yo sé que lo resolveremos.
Elian no respondió.
La miró.
Embarazada, aliviada, confiando en él como lo más natural del mundo. Sin saber que el hombre en el que confiaba intentaba mantenerse completo, entero; tratando de no derrumbarse frente a alguien que no tendría que haber vuelto a existir.
Algo dentro de él se quebró en silencio.
Despacio.
