Capítulo 4 EL DESESPERO

Elian despertó por la mañana decidido. Aquello de la propuesta, de las condiciones de abandonar todo, eran un chiste de mal gusto. Se convenció de que no volvería atrás. No importaba si el recuerdo de esas manos sobre su piel o de esa boca recorriéndolo, aún surtían efecto sobre él. Era algo que, sencillamente, no podía permitir.

Desayunó con su esposa y se preparó para salir a trabajar como todos los días. Tenía que encontrar otra manera de conseguir ese bendito medicamento sin pasar por las garras del Sr. Queen.

—Que tengas un buen día, mi amor —lo saludó su esposa, entregando su portafolio con una sonrisa.

—Tú también. Cuídate. Regresare a la hora de siempre.

El mismo saludo, la misma respuesta. Tan diferente de los besos apasionados que lo demoraban unos minutos más antes de salir. Tan gélido comparado con… Elian sacudió la cabeza y salió.

Repasó mil veces en su cabeza que alternativas tenía mientras intentaba terminar el último diseño en el que estaba trabajando. La mañana se convirtió en una tortura.

Entonces, cerca del mediodía su teléfono comenzó a sonar con insistencia.

—¿Sr. Evans? Le llamo del Hospital Newman…

Su suegra había colapsado. Su condición empeorado y la prognosis era sombría. Elian escuchó al médico, pero cada palabra su mente la traducía en una sola: Manson.

Caminó por los pasillos del hospital, vencido. Pensando en como la vida le cobraba su cobardía. Pensando en su futuro hijo y en la familia que se sentía obligado a darle.

Se detuvo en la habitación de su suegra. Una mujer mayor que mantenía una cierta belleza. Dulce, comprensiva. Para ella, Elian era más hijo que un yerno. La vio con un respirador y cables conectados a su cuerpo. Oyó el sonido monótono de las maquinas que la mantenías con vida. Sin embargo, se negaba a creer que su única salida era aceptar que el pasado consumiera todo.

No se atrevió a entrar.

En la habitación de al lado, descansaba Samara. El impacto de ver a su madre desmayarse, la incertidumbre por no saber si estaba despidiéndose finalmente de ella, la desestabilizaron. Sufrió una subida de presión arterial que, en su condición, era un riego enorme para su bebé.

Elian entró sintiéndose culpable por todo. Su esposa estaba levemente sentada en la cama, con una mano en su vientre y una sonrisa débil en cuanto lo vio cruzar la puerta.

—Elian…

—¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? —preguntó él, sentándose en la cama.

Samara estiró la mano y tomó la de su esposo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mamá, Elian… Mamá casi muere hoy —dijo con la voz ahogada—. No soportará mucho más.

—Estará bien, querida —trató de tranquilizarla—. Lo sé. Lo de hoy fue solo una recaída.

—Necesita ese medicamento a toda costa. Por favor…

Samara no pudo contener más el llanto. Era desgarrador oír su angustia desbordándose. Se cubrió la cara con las manos, su cuerpo se sacudía. Elian se desesperó, la abrazó queriendo contenerla.

—Tranquilízate, Samara. Le hará daño a nuestro bebé.

—Te lo pido por lo que más quieras. Consigue ese medicamento. Por favor, Elian…

—Lo haré. Te juro que encontraré la manera.

Necesitaba decir algo. Asegurarle a su esposa y a sí mismo que podía solucionarlo. Aunque en el fondo sabía que todas las salidas se cerraban a su alrededor y solo le quedaba una.

—No sé que haré sin mamá. ¿Qué tal si no llega a conocer a su nieto? Lo espera con tanta ilusión. ¿Qué tal si muere antes de que nuestro hijo nazca?

Elian acarició la cara mojada de Samara. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse entero.

—Eso no pasará. No solo conocerá a su nieto, sino que jugará con él y hará todo lo que hacen las abuelas. Ya lo verás. Serán inseparables.

Su esposa lo miró lleno de esperanza.

—Gracias, mi amor. Eres lo que me mantiene entera. Nuestra familia saldrá adelante por todo lo que haces por nosotros.

Luego de un rato, Samara por fin logró dormirse. Elian aprovechó el momento para tomar aire. Necesitaba aclarar sus pensamientos, necesitaba una solución ya.

Bajó hasta la cafetería del hospital, compró un café y salió a sentarse en una de las bancas. Pero ni siquiera le dio un sorbo. Su mente divagaba, iba y venía entre las imágenes de las ecografías de su hijo y los ojos grises como acero de Manson.

Recordó a Samara en su vestido de novia e inmediatamente después, la espalda fornida y torneada, desnuda y mojada, de ese hombre. Cada recuerdo fabricado en los últimos años se perdía entre aquellos que regresaban del pasado. Sentía que podía volverse loco.

El sonido de una ambulancia lo volvió a la realidad. Miró hacía arriba, hacía las ventanas blancas del edificio. En una de ella estaba su suegra, aferrándose a la vida. En la otra, su esposa luchando contra la tristeza.

Metió la mano en el bolsillo interno de su saco y sacó el pedazo de papel: la tarjeta del Sr. Queen. Observó las letras, la elegancia con que su nombre resaltaba.

El tiempo se acababa. Contra todo lo que se prometió a sí mismo, finalmente, tomo una decisión. Una que iba a cambiar todo para siempre.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo