Capítulo 5 LA VERDADERA VENGANZA

El Sr. Queen entró a su oficina seguido de un séquito de empleados y asistentes. Tres horas de una reunión estúpida que al menos le había servido para distraerse de lo que ocupaba su mente permanentemente.

Se detuvo frente al ventanal con las manos en los bolsillos y sus ojos fijos en la gran vista.

Su secretaria se acercó con una agenda abierta y comenzó a recitar cada cita, cada documento que necesitaba su firma. Entonces lo nombró y los dientes del CEO se apretaron tanto que casi se rompieron.

—El Sr. Elian Evans llamó preguntando sobre las negociaciones del equipo médico —dijo la mujer, meticulosamente.

El Sr. Queen se volteó.

—¿Qué más dijo?

—Solo dijo que necesitaba una reunión con usted.

¿Acaso no había dicho que conservaba su número de teléfono? Otra mentira. Al parecer, era moneda corriente para Elian: mentirle en la cara sin parpadear.

—Llámalo —ordenó a su secretaria —. Concierta una reunión para mañana a primera hora.

—Muy bien, señor.

—Dile que en el mismo lugar de la otra vez.

La mujer asintió y salió seguida del resto de los empleados.

Ni siquiera con su vida falsa, con suegra pendiendo de un hilo, Elian aún no había perdido la habilidad de herirlo, de humillarlo. Atreverse a engañar al CEO de Industrias Pharma… Pretender volver a jugar con él para luego desecharlo como si no fuera nada.

Esta vez no sería así.

Rodeó su escritorio, miró la extensa biblioteca que cubría la pared de la derecha. Las fotografías enmarcadas en las que salía con políticos, empresarios y millonarios influyentes. Todo basura. No era el reconocimiento, la posición, o el dinero lo que movía el interior del Sr. Queen. Sino el fantasma de un amor que marcó su vida.

Cinco años atrás todo lo que existía para él era un hombre que se desarmaba en sus brazos. Vivía para esa sonrisa enorme que le regalaba cuando lo veía llegar y lo saludaba con la mano a lo lejos. Las noches que pasaban envueltos en las sábanas contándose sus sueños, sus aflicciones, sus deseos. Las tardes de películas, tirados en un sillón, acariciándose tranquilamente. Todo eso que atesoraba, Elian se encargó de destruirlo con tres palabras: “Tenemos que terminar.”

Llovieron las excusas: que la familia, que su padre. Cobardía. Un supuesto amor mediocre que no estaba dispuesto a luchar por su felicidad. Lo dejó sin mirar atrás, convirtiéndolo en un hombre fracturado, rabioso.

—Vas a devolverme cada herida, Elian —dijo en voz alta.

Elian regresó al mismo hotel, siguió el mismo procedimiento y subió hasta la suite 532. Guardaba la esperanza de que Manson diera marcha atrás con su propuesta, que al exponerle la gravedad de la salud de su suegra y del riesgo de su esposa, él cedería. Estaba equivocado.

Entró y lo encontró de pie en el centro de la suite, con los brazos cruzados y la mirada fija en él.

—Sr. Queen… —tartamudeó Elian

—¿No era que tenías mi número? ¿Qué aun lo guardabas? —disparó con la voz cargada de odio.

Elian no entendió enseguida. ¿Acaso no lo había llamado a su empresa? ¿O era que se refería a su número personal?

—Creí que preguntaba por…

—¿Creíste? —lo interrumpió—. Ya veo que no perdiste la costumbre de mentir, Elian.

Manson meneó la cabeza.

—No… No, Sr. Queen. Fue un error.

Manson dio unos pasos en su dirección y se detuvo a pocos centímetros de Elian.

—Quieres negociar por el medicamento para tu querida suegra. Pretendes que lo entregue a cambio de nada.

Elian lo miró a los ojos. De nuevo su cuerpo se anticipaba a la cercanía de Manson, de nuevo resonaba ante su sola presencia.

—Mi suegra está peor. Tuvo una descompensación ayer, necesita la medicación para sobrevivir —rogó.

Manson sonrió triunfante. Sabía que volvería arrastrándose con tal de mantener esa charada en pie.

—Bien. ¿Estás dispuesto a pagar el costo?

—Lo que me pide es imposible.

—¿Imposible? —Manson levantó una ceja—. Imposible es dejarla morir, ¿o no?

Elian no respondió. Era verdad. Todo era imposible: ceder a sus demandas y no conseguir lo único que podía mantenerla con vida. Y su esposa… su hijo. Estaba atrapado en un callejón sin salida.

—Pero no soy un monstruo —dijo Manson luego de un momento—. Podemos negociarlo, podemos encontrar un punto medio. Claro, si estás dispuesto a darme lo que quiero.

Se acercó más, hasta que sus labios casi rozaron el cuello de Elian.

—¿Estás dispuesto, Elian? —preguntó, susurrando.

El calor que se estaba formando entre ellos viajó por la columna de Elian sin detenerse. Lo sintió en los hombros, en el pecho, en su entrepierna. Esa voz tenía el poder de aflojarle las piernas sin esfuerzo y, también, de borrarle la razón.

—Si… Lo estoy —respondió Elian, cerrando los ojos.

Manson se apartó un poco.

—Perfecto. Comencemos ahora, entonces. De rodillas —ordenó.

—¿Qué?

—De rodillas, Elian —repitió con más firmeza.

Elian dudó. No podía estar pidiéndole eso.

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