Capítulo 6 REGRESANDO

Manson perdió la paciencia. Puso una mano en uno de la hombros de Elian y empujó hacía abajo hasta que consiguió ponerlo de rodillas frente a él.

Pasó su mano grande por el rostro desorbitado del hombre a sus pies. Seguía siendo hermoso, sensual. Seguía teniendo ese brillo en los ojos que le decía que estaba más que dispuesto a dejarse usar.

Manson utilizó la otra mano para abrirse los pantalones. Su pene erecto, latente, saltó frente a Elian. Lo acercó a sus labios, pudo volver a sentir la suavidad de su piel ansiosa y apretó los ojos. Frotó la cabeza hinchada gimiendo bajo.

—Abre la boca —le demandó, jadeando.

Elian lo hizo sin pensarlo. Abrió lo más que pudo. Manson era grande y sabía que no cabía entero.

—Saca la lengua.

En cuanto apoyó la cabeza de su pene en esa lengua aterciopelada, Manson perdió la razón. Elian solo llegó a rodearlo un par de veces antes de que Manson lo tomara de la cabeza y se enterrara de una sola embestida por completo, ahogándolo y soltando un gemido profundo, vicioso.

Luchaba por respirar. Luchaba por apartarse con su manos cerrándose en los pantalones sastre de Manson. Pero no le daba tregua. Sus ojos se humedecieron.

Poco a poco, Manson retiraba su miembro solo para volver a meterlo con fuerza, aplastando la cara de Elian contra su entrepierna. Repitió el mismo movimiento una y otra vez, siguiendo un ritmo lento y permaneciendo dentro de su boca unos segundos. Adoraba los sonidos de esfuerzo que Elian hacía, adoraba lo mojada de esa cavidad caliente.

Cuando sintió que Elian se relajaba, aceleró con ferocidad. Había extrañado esa sensación, la manera en que la docilidad de Elian alimentaba su excitación. Bajó los ojos y se encontró con los de él: rojos, aguados, con el ceño fruncido.

Esa imagen fue demasiado.

—Te la vas a tragar toda —rugió acelerando todavía más—. Toda, Elian.

Manson sintió cómo la garganta de Elian se contraía alrededor de su pene, caliente y apretado que lo hizo gruñir como un animal. No se detuvo. Siguió empujando, profundo, feroz, obligándolo a tragárselo entero una y otra vez.

—Así… justo así —balbuceó Manson, con la voz ronca y baja—. No te escapes. Quiero sentir cómo te atragantas con mi miembro.

Elian parpadeó, las lágrimas ya le corrían por las mejillas. Sus manos seguían agarradas a los muslos de Manson, luchando por una bocanada de aire.

Manson se rio cruelmente cuando vio que Elian intentaba respirar. Pero no lo apartaba, no lo empujaba. Todavía le gustaba tanto como a él.

—Te encanta… sigues abriendo la boca como siempre lo hiciste. No olvidaste nada, ¿verdad?

Apartó las caderas apenas, lo suficiente para dejar que Elian pudiera respirar un poco. Antes de que pudiera recuperarse, Manson volvió a entrar, esta vez más lento, girando las caderas para frotar la cabeza de su miembro contra su garganta. Eso lo enloquecía. Lo convertía en una bestia.

Elian se ahogó, tosió, el cuerpo se le sacudió. Manson le sujetó más la cabeza, tomando mechones de su pelo y comenzó a cogerle la boca con embestidas cortas y brutales. No salía. Lo torturaba con su pene llenándolo todo.

—Quiero oír como te asfixias —gruñó—. Vas a acabar conmigo, Elian. Tócate.

El magnetismo de Manson era una enfermedad.

Elian obedeció. Con una mano temblorosa se liberó como pudo. Estaba duro, obscenamente duro. Como hacía mucho no lo sentía. Tomó su propio pene y comenzó a bombear, siguiendo el ritmo que Manson imponía. Era sucio, salvaje, perfecto.

No pudo evitar mirar hacia arriba. Ver el rostro concentrado y contorsionado de Manson que le devolvía la mirada gris.

Manson apretó los dientes y sus manos en el cabello de Elian. Los círculos que hacía dentro de la boca de Elian, aumentaron de velocidad. Se deshacía en gemidos, en jadeos guturales, potentes. La visión debajo de él era un sueño hecho realidad.

—Te la vas a tragar toda —repitió Manson, la voz más grave, más animal—. Toda, hasta la última gota. Y vas a seguir mamando mientras me corro.

Su orgasmo comenzó justo debajo del vientre. Le tensó cada musculo, cada hueso. Tiró la cabeza hacia atrás y aplastó la cara de Elian contra su pelvis. El dolor de esos dedos tirando de su cabello hizo que Elian se masturbara con más violencia.

Manson se enterró una última vez hasta el fondo y se quedó quieto, soltando en gemido como de animal herido. El primer chorro inundó la garganta de Elian, cortándole por completo la respiración. Continúo descargándose, temblando, sacudiéndose y rugiendo.

—Todo… todo —ordenó con voz entrecortada—. No te atrevas a desperdiciar nada.

Elian explotó en ese momento. Derramándose sobre los zapatos lustrados de cuero negro. El cuerpo se le caía a pedazos, el alma se le iba con cada espasmo.

Cuando Manson por fin aflojó un poco, Elian estaba jadeando. Vio como de esa boca caía un hilo de saliva mezclado con su semen. El impulso, los recuerdos, hicieron que le pasara el pulgar delicadamente por la barbilla de Elian, juntando sus restos. Volvió me meterlos en su boca y él lamió. Tenía los ojos brillosos, perdidos. Por un leve momento, ambos habían retrocedido en el tiempo.

—Limpiame —susurró, respirando con dificultad—. Con la lengua. Despacio. Y mirándome a los ojos.

Volvió a obedecer en silencio. Recorrió cada centímetro de ese pene que aún latía con la punta de la lengua, envolviendo el tronco, la cabeza, la base. El agarre de Manson se transformó en una caricia suave.

Pero entonces, Elian lo tomo con una mano. El anillo de bodas brillando en su dedo. La realidad regresó como un golpe en el estómago. Manson le dio un manotazo y retrocedió guardando su pene ensalivado de vuelta dentro de los pantalones.

Elian no entendía, solo lo miraba desde abajo, aun tomándose su pene ahora flácido.

Manson terminó de acomodarse. Arregló su camisa, su saco y caminó hacia Elian. Palmeó su cabeza como quien celebra a una mascota.

—Buen chico —le dijo.

Pasó a su lado y salió sin siquiera voltearse.

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