Capítulo 7 PEQUEÑO ACOSADOR
Elian quedó en el suelo, de rodillas. Solo. Se miró las manos, se tocó con un dedo la comisura de sus labios y tragó. El sabor de Manson seguía en su garganta. ¿Qué había hecho? Él solo necesitó mirarlo fijo, respirarle cerca y su voz volvió a surtir el mismo efecto.
Manson era una enfermedad que tenía metida en el sistema. Un virus, un error.
Guardó su pene en los pantalones. Las rodillas le dolían, el alma también. Las lágrimas de esa mamada furiosa se le confundían con las otras: las del fracaso. A pocos centímetros estaban las manchas de su orgasmo sobre la alfombra. No se podía acordar de cuándo fue la última vez que acabó con tantas ganas.
Sí, con él.
Se puso de pie como pudo y se limpió la cara con el pañuelo de su saco. No importaba cuántas veces lo pasara, su cara seguía estando mojada.
Salió disparado de ese hotel. Casi corriendo, desesperado como si lo persiguiera un asesino. Y es que Manson lo era: un asesino al acecho, esperando el momento exacto para darle el golpe final. Era un juego enfermizo que recién había comenzado, y Elian no tenía escapatoria.
Se sentó frente al volante en su coche. Sudaba, temblaba, y lo peor de todo: seguía excitado. La cara de su ex amante contorsionándose por el placer, el peso de ese pene que lo asfixiaba y las palabras crudas que le ordenaban qué hacer. Había purgado todo eso, o al menos eso creyó.
Podía sentir cómo todo a su alrededor comenzaba a agrietarse. Cada ladrillo que colocó con esmero, convenciéndose a sí mismo, se movió como si un terremoto se hubiera desatado debajo de sus pies.
Cerró los ojos y tiró la cabeza hacia atrás en el asiento. Su cuerpo no lo escuchaba porque seguía reaccionando al aroma de Manson que tenía pegado en la nariz. Aspiró profundamente una vez, luego otra, y dejó que su mano volviera a buscar su miembro. Tenía la piel sensible, abrasada por la rudeza de sus propios dedos. El dolor le gustó.
De pronto estuvo envuelto en recuerdos. Memorias que tenía guardadas en su cabeza en un rincón al que se prohibía entrar. La mano seguía moviéndose y su cabeza fue sola hacia atrás…
Lo conoció un martes en la universidad. La primera vez que lo vio, Manson llegaba tarde a la clase. El profesor llevaba medio pizarrón escrito y él entró como en su casa. Se sentó dos filas delante de Elian. Por alguna razón, Elian no podía dejar de mirarle la nuca.
Al día siguiente lo cruzó en la cafetería. Luego en la biblioteca. Parecía que lo seguía por todo el campus, pero simplemente lo cruzaba como a cualquiera de los cientos de estudiantes. Y aunque no quisiera, aunque por las noches se lo reprochaba, lo miraba. No como a un compañero, sino como lo que era: un hombre.
Dentro de Elian algo sin nombre comenzó a formarse.
Al principio creyó que estaba loco. Luego, que lo que necesitaba era tener una novia. Hasta que una mañana se dio cuenta de lo que realmente le sucedía con ese muchacho de cabello negro, espalda grande, pantalones ajustados… En cuanto la descarga de semen pegó en la pared de la ducha.
Era eso.
Se había pasado media mañana debajo del agua tibia, masturbándose una y otra vez. Pensándolo. Ni siquiera le había hablado una sola vez. No sabía si él lo había notado en algún momento. No importaba. A Elian le gustaba Manson.
Algo pervertido y culposo que no le contó a nadie. Lo escondió y solo lo sacaba cuando estaba solo en los dormitorios o en el baño. Imaginaba cada pliegue de la piel morena, cada sabor, cada caricia que esas manos grandes le daban.
Entonces, una tarde mientras estaba en la biblioteca, en esa esquina apartada donde siempre se sentaba, sintió que alguien pasaba detrás de él. La silla a su lado se corrió y alguien se sentó. Elian se fastidió, sin sacar los ojos de los libros. Se sentaba ahí a propósito para que nadie lo molestara. Odiaba interactuar con otros.
—Tú eres el que me sigue, ¿verdad? —la voz susurraba y a Elian se le congeló la sangre.
Apenas giró la cabeza. Manson estaba ahí, mirándolo con una mano apoyada en su rostro. Sonriendo. Casi se muere ahí mismo. No respondió.
—El pequeño acosador —siguió Manson con el mismo tono—. ¿Crees que no te vi?
—Yo… no…
—Sí, eres tú.
Elian no podía ni respirar ni moverse. Eso no era verdad, él no lo seguía, solo pasaba casualmente por donde Manson solía estar. ¿No?
Los ojos grises lo perforaron un rato. Parecía que se divertía poniéndolo nervioso. Finalmente, le dio otra sonrisa más grande y se paró para marcharse.
El impacto lo dejó atornillado en su silla hasta que la bibliotecaria lo corrió porque era hora de cerrar. Elian se metió en su dormitorio, tiró los libros sobre el escritorio y fue a esconderse debajo de las sábanas, temblando. Perdió tres días de clases porque no se animaba a salir.
Tuvo que dejar de esconderse cuando llegó la fiesta de primavera. La universidad se transformaba en un bullicio de jóvenes que se divertían a lo grande: juegos, ferias, música. Luego vendría el receso y cada uno regresaría a sus hogares a pasar las vacaciones.
Se mantuvo al margen esa primera noche, observando desde un rincón. Aunque se moría de vergüenza, en el fondo esperaba verlo aunque fuera de lejos.
Llegaron los fuegos artificiales y la banda de rock que comenzó a tocar abriendo la fiesta. Decidió que era hora de volver a su dormitorio. No había visto a Manson; quizá él había regresado antes a casa.
Un poco decepcionado caminó por los pasillos casi desiertos. Cada tanto algún estudiante pasaba corriendo y riendo. Planeaba dormir, acomodar sus cosas al día siguiente y tomar el primer bus por la mañana.
Abrió la puerta y sintió un bulto enorme empujándolo hacia adentro. No pudo reaccionar con rapidez hasta que su cara estuvo aplastada contra la pared.
—Hola, pequeño acosador.
