Capítulo 4 Capítulo 4 - La cena en el 4B
Me senté en el salón, y mientras él servía la cena, no pude evitar mirar alrededor. Los trofeos en una repisa captaron mi atención; brillaban bajo la luz cálida y llamativa, y mi curiosidad fue más fuerte que mi educación.
—Oye… ¿y por qué tantos trofeos? —pregunté, ladeando la cabeza mientras intentaba disimular mi interés.
Seth se inclinó ligeramente hacia mí, apoyando los codos sobre la mesa y sonriendo con esa seguridad que me volvía loca.
—Ah, esos… —dijo—. Bueno, soy productor de películas.
Abrí los ojos de par en par. —Vaya… no lo había imaginado —murmuré, sorprendida.
—¿Quieres saber cuáles? —preguntó con un toque de diversión en la voz.
Asentí, casi sin poder creerlo.
—He trabajado en varias, algunas premiadas, otras… simplemente populares —comenzó—. Recientemente terminé una con la actriz Harper Collins…
Mi corazón dio un vuelco. —Carajo —murmuré, casi sin querer—. La mujer que estaba contigo ayer… ¿era ella?
Seth asintió con una sonrisa confiada, como si disfrutara cada reacción mía.
Me llevé una mano a la boca, incapaz de procesarlo del todo. —Dios mío… escuché gemir a Harper Collins… —susurré, incrédula y un poco avergonzada, mientras el calor subía por mi cuello y mis mejillas se ponían rojas.
Él sonrió, como si cada palabra mía lo divertiera aún más. Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar en lo cerca que había estado de la actriz, en lo atrevido de la situación y en lo descaradamente normal que parecía Seth mientras contaba todo como si nada.
—Sí —dijo él, relajado, casi riendo por mi reacción—. Es parte del trabajo, pero… supongo que también tiene sus ventajas.
No respondí. Solo me recosté un poco en el sofá, tratando de recomponerme y de procesar todo lo que acababa de escuchar. La noche se había vuelto aún más complicada de lo que ya era, Seth Beckett no solo era atractivo y descarado, sino que además estaba en un mundo que yo ni siquiera había imaginado, y ahora tenía que lidiar con la sorpresa de su vida profesional… y de su vida privada.
Seth se reclinó en su asiento, observándome con esa calma que solo él parecía dominar. Había algo en su forma de mirar que me inquietaba; no era descarada, pero sí intensa, como si tratara de leer cada pensamiento que intentaba esconder.
—¿Y tú, Eden? —preguntó al fin, llevándose la copa de vino a los labios—. ¿A qué te dedicas?
Tomé aire antes de responder, sintiendo su mirada fija sobre mí.
—Trabajo en un restaurante —dije simplemente, sin ofrecer más detalles.
Él ladeó un poco la cabeza, intrigado. Pero no dijo nada.
Me forcé a concentrarme en la comida, en cualquier cosa que no fueran sus ojos grises siguiéndome cada vez que me movía.
—La cena está deliciosa —dije, buscando refugio en la cortesía.
—Lo sé —contestó, con una seguridad tranquila que rozaba la arrogancia—. Pero me alegra que lo confirmes.
Levanté la vista, y por un segundo nuestras miradas se encontraron. No hizo falta nada más. Ni palabras ni gestos. Solo ese intercambio silencioso donde cada uno sabía exactamente lo que el otro estaba pensando… y evitando.
Seth se levantó despacio, recogió los platos y desapareció en la cocina. El sonido del agua al correr rompió el silencio del apartamento. Aproveché ese momento para respirar, pero fue inútil: incluso a distancia, su presencia llenaba el espacio.
Cuando volvió, traía dos copas nuevas. Me ofreció una sin decir nada, y se sentó frente a mí.
—Por los vecinos —dijo alzando la copa.
—Por la insonorización —respondí, sin poder contener una sonrisa.
Él soltó una carcajada baja, de esas que se sienten más de lo que se escuchan.
—Prometo no hacer tanto ruido —murmuró, aunque su mirada decía lo contrario.
—No hace falta prometer nada —contesté, intentando sonar indiferente.
—Tienes razón —replicó—. Las promesas son peligrosas. Especialmente entre vecinos.
El aire se volvió más denso. Ninguno de los dos hablaba, pero la tensión era casi visible. Seth jugueteaba con su copa, y yo fingía mirar los trofeos otra vez, aunque lo único que veía era a él.
Finalmente, me puse de pie.
—Debería irme. Mañana madrugo.
Él también se levantó, acercándose un paso más de lo necesario.
—Claro —dijo, con voz grave—. Pero, Eden…
Lo miré, esperando.
—No uses los tapones esta noche.
Me quedé inmóvil, sin saber si reír o perder la respiración.
—¿Y por qué no? —pregunté, apenas un susurro.
Seth sonrió despacio, esa sonrisa suya que parecía un desafío.
—Porque con quien quería pasara la noche, está huyendo —dijo tomándome por sorpresa.
No respondí. Solo lo miré un segundo más, con el corazón acelerado, antes de girarme hacia la puerta.
Cuando crucé el umbral, sentí su mirada detrás de mí, tan intensa que me acompañó todo el camino de vuelta a mi apartamento.
Esa noche, aunque intenté dormir, pero me costó mucho porque mi cabeza estaba en ese apartamento.
