Capítulo 2 Mal Comienzo

El sol de la mañana se filtraba por los enormes ventanales de la mansión Moretti con una crueldad innecesaria. Me desperté envuelta aún en la fragancia de la chaqueta de mi marido, ese aroma a maderas y peligro que parecía haberse impregnado en mis sábanas. Me sentía tonta por haberme aferrado a esa prenda durante la noche, pero era el único rastro de humanidad que había recibido en mi desastrosa boda.

Me levanté con un propósito renovado. Quizás ayer fue el estrés del evento, la presión de las familias o simplemente el cansancio. Decidí que, como esposa de un Moretti, debía tomar las riendas de mi hogar. Bajé a la cocina, una estructura de acero inoxidable y mármol que parecía más un quirófano que un lugar para crear recuerdos, y comencé a cocinar.

Preparé un desayuno abundante: huevos a la Benedictina, fruta fresca cortada con precisión y el aroma del café italiano inundando el aire. Quería demostrarle a Alessio que yo era más que un acuerdo comercial; quería que viera que podía ser su compañera.

Justo cuando estaba colocando el último plato en la mesa del comedor, lo escuché. Sus pasos no eran ligeros ni apresurados como los de un ejecutivo que llega tarde a una reunión. Eran pesados, rítmicos, como el pulso de una fiera acechando su territorio.

Dante —a quien yo seguía llamando Alessio en mi mente— entró en el comedor. No vestía el traje impecable de ayer, sino una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos poderosos que no recordaba haber visto en las fotos de prensa.

—Buenos días —dije, forzando una sonrisa mientras mis manos temblaban levemente sobre el mantel—. He preparado el desayuno. Pensé que podríamos hablar sobre cómo organizaremos nuestra rutina ahora que...

Él ni siquiera se sentó. Se acercó a la mesa, recorriendo con una mirada gélida los platos que yo había preparado con tanto esmero.

—¿Qué es esto, Aurora? —su voz era una cuchilla fría que cortó mi entusiasmo de raíz.

—Es... el desayuno. Sé que te gusta el café fuerte y...

—Parece un banquete para un ejército —me interrumpió, clavando sus ojos ámbar en los míos. Su mirada descendió por mi cuerpo, deteniéndose en mis caderas antes de volver a mi rostro con una mueca de asco fingido—. Pero claro, viendo tu figura, supongo que comer para tres es tu estado natural.

El aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago. El calor de la vergüenza subió por mi cuello, tiñendo mis mejillas de un rojo furioso. Mis inseguridades, aquellas que siempre intentaba ocultar bajo capas de ropa y sonrisas amables, estaban siendo expuestas y pisoteadas por el hombre que prometió protegerme.

—Yo solo quería ser amable... —susurré, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con asomarse.

—Ahorrate la amabilidad —espetó, dando un paso hacia mí. Su sombra me envolvió por completo, y por un momento, el miedo superó a la humillación—. Vamos a dejar las cosas claras antes de que te hagas ideas absurdas en esa cabeza llena de fantasías románticas. Esto no es un cuento de hadas, Aurora. Esto es un negocio.

Se apoyó contra la mesa, ignorando la comida, y comenzó a dictar las reglas de mi nueva prisión.

—Regla número uno: No me busques. No entres en mi despacho, no preguntes dónde estoy y, sobre todo, no me esperes para cenar o desayunar. Tu presencia es una obligación contractual, no una preferencia personal.

Cada palabra era un golpe. Yo intentaba mantener la barbilla en alto, pero sentía que mi alma se desmoronaba.

—Regla número dos —continuó, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—: En esta casa, haces lo que se te ordena sin cuestionar. No quiero ver este despliegue de "esposa perfecta" de nuevo. No me interesan tus huevos, ni tu café, ni tu compañía. Eres una Moretti solo de nombre para mantener la paz entre nuestros padres.

—¿Por qué eres tan cruel? —logré preguntar, con la voz rota—. Ayer... ayer me pusiste tu chaqueta. Pensé que...

Dante se tensó. Por un milisegundo, vi una chispa de algo que no era odio en sus ojos, pero desapareció antes de que pudiera identificarlo, reemplazada por una frialdad aún más intensa.

—La chaqueta fue un error. Un momento de debilidad que no se repetirá —dijo con una firmeza que me heló la sangre—. No confundas la lástima con el afecto, Aurora. Mírate. ¿Realmente crees que un hombre como yo, con el mundo a sus pies, elegiría voluntariamente pasar su tiempo con alguien como tú?.

Se acercó tanto que pude sentir el calor de su aliento contra mi frente. Su mano subió, y por un segundo pensé que me golpearía, pero solo agarró un mechón de mi cabello castaño con una fuerza que me obligó a mirarlo fijamente.

—Eres una pieza en un tablero, nada más. Quédate en tu lado de la casa, gasta el dinero que quieras en ropa que intente ocultar lo que eres, pero no me pidas que te ame. No puedo amar a un contrato, y mucho menos a uno tan... pesado.

Me soltó con un gesto de desdén, como si tocarme le causara una náusea física. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta sin mirar atrás.

—Tira esa basura a los perros —dijo, señalando el desayuno—. Yo desayunaré en la oficina. Allí, al menos, la gente sabe cuál es su lugar.

Se marchó, dejando tras de sí un silencio pesado y el eco de sus insultos vibrando en las paredes de mármol. Me quedé sola en medio de la opulencia, rodeada de comida que se enfriaba y de un matrimonio que ya estaba muerto antes de empezar.

Me dejé caer en una de las sillas, escondiendo el rostro entre las manos. Me dolía el pecho, me dolía el alma y, sobre todo, me dolía la convicción de que Alessio —el hombre dulce que imaginé en las fotos— nunca había existido. El hombre que acababa de salir de la habitación era un monstruo, un "Capo" que disfrutaba rompiendo lo poco que quedaba de mi autoestima.

Pero mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas, un pensamiento oscuro cruzó mi mente. Si él quería una guerra de silencio y desprecio, la tendría. Pero no iba a permitir que me viera llorar de nuevo. Si yo era solo un contrato, aprendería a ser el contrato más costoso que jamás hubiera firmado.

Lo que yo no sabía, mientras recogía los platos rotos de mi esperanza, era que Dante no se había ido porque me odiara. Se había ido porque el deseo que sentía por la mujer que despreciaba en voz alta era tan fuerte que lo aterraba. Y que cada palabra cruel era un clavo más en la cruz que él mismo estaba cargando para cumplir su promesa de no tocarme.

El juego de sombras apenas comenzaba, y yo, Aurora, estaba a punto de descubrir que en la casa de los Moretti, la crueldad era a menudo la única forma de ocultar una obsesión que podía quemarlo todo.

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