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Encadenada al Mafioso Equivocado

Encadenada al Mafioso Equivocado

Mia blair Escritora · En curso · 101.2k Palabras

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Introducción

Un altar bañado en mentiras. Un hombre que no debería ser suyo. Un deseo que es su perdición.

Aurora Vitale siempre supo que su cuerpo y su vida eran monedas de cambio para su familia. Para salvar el honor de su linaje, acepta casarse con el refinado CEO Alessio Moretti, un hombre al que solo conoce por fotografías. Pero la noche antes de la boda, el cobarde Alessio huye, dejando un vacío que solo la sombra más peligrosa de los Moretti puede llenar: su hermano gemelo, Dante.

Dante Valeriano Moretti es la encarnación del pecado y la violencia. Él es el "Capo" de las sombras, un hombre que no conoce la piedad y que ha jurado no tocar a la mujer de su hermano. Sin embargo, bajo el velo de la esposa suplantada, Aurora despierta en él una obsesión que quema más que el odio. Él la desprecia con palabras frías, pero la reclama con una intensidad que la deja sin aliento.

¿Qué sucede cuando la inocencia se encuentra con la oscuridad más pura?

Entre secretos de alcoba, un accidente que cambiará su destino y el acecho de clanes enemigos, Aurora descubrirá que el hombre que comparte su cama tiene cicatrices que un CEO nunca tendría. Atrapada en una red de engaños, deberá decidir si huye de su captor o se entrega al hombre que pecó contra el cielo solo por poseerla.

En el mundo de los Moretti, el amor es un arma y la verdad... una sentencia de muerte.

Capítulo 1

El peso del satén blanco sobre mi piel se sentía como una armadura de cristal: hermosa, pero a punto de quebrarse bajo la presión de mis propios nervios. Me miré al espejo del vestidor, ajustando el encaje que rodeaba mis hombros. Mi reflejo siempre había sido mi peor enemigo; las curvas que el mundo llamaba "exceso" hoy estaban empaquetadas en un diseño de alta costura que pretendía convertirme en la esposa perfecta para un imperio.

—Aurora, deja de moverte —siseó mi madre, ajustando el velo con dedos temblorosos—. Los Moretti ya están en la iglesia. No podemos permitir que Alessio piense que te arrepentiste.

—No me arrepiento, mamá —mentí, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Solo... es extraño. Solo lo he visto en fotos.

Alessio Moretti. El hombre de las revistas, el CEO de mirada limpia y sonrisa perfecta que había aceptado casarse conmigo para unir nuestras familias. Mi padre decía que era un caballero, un hombre de negocios refinado que buscaba una esposa tradicional. Yo, Aurora Vitale, era esa opción segura. O al menos, eso quería creer mientras ignoraba el nudo de ansiedad en mi estómago.

Subí al auto oficial con la sensación de que caminaba hacia un precipicio. Mis dedos acariciaban la tela del vestido, intentando calmar el temblor de mis manos. Alessio sería bueno conmigo, me repetía a mí misma. Él no vería mis inseguridades, vería a la mujer que caminaría a su lado en los eventos de la alta sociedad de Milán.

Cuando las puertas de la catedral se abrieron, el aroma a incienso y lirios me golpeó de frente. La música de cámara llenaba el aire, pero todo se volvió borroso cuando mis ojos buscaron al hombre al final del pasillo.

Allí estaba él.

Alessio. Pero... algo era diferente.

Incluso desde la distancia, su postura no era la que recordaba de los videos de sus entrevistas. Estaba rígido, como una estatua de granito tallada por la propia oscuridad. Sus hombros eran más anchos de lo que el traje a medida sugería en las fotos, y su presencia ocupaba tanto espacio que el resto de los invitados parecían sombras insignificantes.

A medida que me acercaba, el aire en mis pulmones comenzó a escasear. Mi padre me entregó su mano, y cuando mis dedos rozaron los suyos, un chispazo eléctrico me recorrió la columna. Su piel estaba fría, pero la presión de su agarre fue firme, casi posesiva.

Alcé la vista para encontrarme con sus ojos.

Mi respiración se detuvo. Alessio tenía los ojos claros en las fotos, una mirada amable de alguien que pasa sus días en oficinas acristaladas. Pero el hombre frente a mí tenía ojos de un color ámbar oscuro, tan profundos y peligrosos que por un momento olvidé cómo parpadear. No había amabilidad allí. Había una tormenta contenida, un abismo que amenazaba con devorarme entera.

—Estás temblando —su voz fue un susurro bajo, una vibración aterciopelada que me erizó el vello de los brazos. No era la voz refinada que había escuchado en los audios de cortesía. Esta voz tenía una nota rasposa, como si estuviera acostumbrada a dar órdenes que nadie se atrevería a desobedecer.

—Es... la emoción —logré articular, aunque mis cuerdas vocales apenas respondían.

Él no sonrió. No hubo ese gesto tierno que esperaba de un novio el día de su boda. En su lugar, su mandíbula se tensó y apartó la mirada hacia el sacerdote, como si mi presencia fuera una distracción molesta o una carga pesada.

La ceremonia pasó como un sueño febril. Yo pronuncié mis votos con la voz quebrada, prometiendo lealtad y amor a un hombre que se sentía como un extraño. Él, por el contrario, pronunció los suyos con una precisión quirúrgica, cada palabra golpeando el altar con el peso de una sentencia.

Cuando finalmente el sacerdote dijo aquellas palabras: "Puede besar a la novia", el pánico se apoderó de mí.

Él se giró lentamente. No levantó mi velo con delicadeza. Lo hizo con un movimiento rápido, casi impaciente. Su mano se cerró suavemente sobre mi nuca, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Por un segundo, antes de que sus labios tocaran los míos, vi un destello de algo parecido al hambre, pero también al desprecio en sus ojos.

El beso fue breve, gélido y, sin embargo, dejó un rastro de fuego en mi boca. No fue el beso de un esposo amoroso; fue el sello de un contrato que acababa de firmar con mi propia vida.

—Bienvenida a la familia, Aurora —murmuró contra mi oído antes de soltarme.

El banquete no fue mejor. Durante toda la recepción, él se mantuvo a mi lado como una sombra silenciosa. Apenas comió, y cada vez que yo intentaba iniciar una conversación, respondía con monosílabos cortantes que me hacían sentir pequeña y fuera de lugar.

—Alessio, ¿te sientes bien? —pregunté cuando estuvimos un momento a solas en la mesa presidencial.

Él apretó su copa de vino con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Sus ojos se fijaron en mí, recorriendo mi rostro y bajando hacia el escote de mi vestido. Me sentí desnuda bajo su escrutinio, y por un momento, la vieja inseguridad sobre mi peso me golpeó con fuerza. ¿Estaría arrepentido de casarse con una mujer como yo?.

—No me llames así —dijo de repente, con un tono tan gélido que me hizo retroceder.

—¿Qué? Pero... es tu nombre.

Se hizo un silencio tenso. Él pareció darse cuenta de su error y cerró los ojos por un instante, respirando profundamente.

—Quiero decir... —su voz volvió a ser esa vibración peligrosa— que en privado prefiero que no uses formalidades.

—Está bien —respondí, aunque algo no encajaba. ¿Desde cuándo llamar a alguien por su nombre era una "formalidad"?

La noche avanzó entre brindis hipócritas y miradas de envidia. Yo intentaba mantener la sonrisa, pero me sentía como una intrusa en mi propia boda. Alessio —o el hombre que yo creía que era él— no paraba de vigilar las entradas del salón. Su mano nunca se alejaba demasiado de su chaqueta, y su atención estaba en todo menos en la fiesta.

Finalmente, el momento que más temía llegó: la salida hacia nuestra nueva casa.

Subimos al coche negro que nos esperaba. El trayecto fue un silencio sepulcral. Yo miraba por la ventana, tratando de procesar por qué el hombre que se suponía era un exitoso empresario de tecnología emanaba un aura de peligro tan palpable que el chofer ni siquiera se atrevía a mirarlo por el espejo retrovisor.

Llegamos a la mansión Moretti, una fortaleza de piedra y cristal que se alzaba sobre una colina. Al entrar, el lujo era asfixiante, pero se sentía frío, sin vida.

—Tu habitación es la del final del pasillo, a la derecha —dijo él, sin mirarme, mientras se desabrochaba el nudo de la corbata con un gesto brusco.

—¿Nuestra habitación? —pregunté, confundida.

Él se detuvo en seco. Se giró y caminó hacia mí hasta que quedé atrapada entre su cuerpo y la pared de mármol del vestíbulo. Podía oler su perfume: maderas caras, tabaco y algo metálico que no supe identificar. Estaba tan cerca que sentía el calor que desprendía su pecho, un contraste violento con su actitud distante.

—Duerme sola, Aurora —dijo, y esta vez hubo una nota de advertencia en su voz—. Tengo negocios que atender. No me esperes despierta. No me busques.

Me quedé allí, paralizada, viendo cómo se alejaba hacia el despacho con pasos pesados. No hubo noche de bodas. No hubo palabras dulces. Solo la sombra de un hombre que se veía como mi marido, pero que me miraba como si fuera su prisionera más odiada.

Subí a la habitación, me quité el vestido blanco con dedos torpes y me senté en la cama matrimonial, sintiéndome más sola que nunca. Me miré al espejo del tocador, viendo las marcas que el corsé había dejado en mi piel. ¿Era por eso? ¿Era por mi cuerpo que él no quería estar conmigo?.

Lloré en silencio hasta que el cansancio me venció. Pero justo antes de quedarme dormida, escuché un ruido en el pasillo. La puerta de mi habitación se abrió apenas unos milímetros.

No abrí los ojos del todo, fingiendo que dormía.

Sentí una presencia al lado de la cama. Alguien estaba allí, observándome en la oscuridad. El aire cambió, volviéndose denso. Entonces, algo suave y pesado cayó sobre mis hombros: era su chaqueta. Aún conservaba el calor de su cuerpo.

Escuché un suspiro ronco, casi un gruñido de dolor.

—No deberías estar aquí —susurró la voz de "Alessio", pero esta vez no sonaba fría. Sonaba rota—. No deberías ser tú la que pague por los pecados de mi familia.

Escuché sus pasos alejarse y el clic suave de la puerta al cerrarse. Me acurruqué bajo el aroma de su chaqueta, confundida y asustada.

¿Quién era realmente el hombre con el que me había casado? ¿Y por qué sentía que mi vida acababa de convertirse en el tablero de un juego sangriento que apenas comenzaba?.

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Habían pasado cinco largos años desde que había visto esos ojos brillantes.

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—Si te comportas, te dejaré ir.

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