Capítulo 3 El Límite del Silencio

La humillación del desayuno había dejado una marca más profunda que cualquier golpe físico. Pasé el resto del día deambulando por la mansión, sintiéndome como un fantasma en mi propio hogar. Cada vez que pasaba frente a un espejo, las palabras de "Alessio" —¿Realmente crees que un hombre con mi posición elegiría pasar su tiempo contigo?— resonaban en mi cabeza como un eco venenoso. Pero al caer la tarde, la tristeza se transformó en algo más: una rabia sorda y caliente que comenzó a hervir en mi pecho.

No iba a ser la esposa trofeo que se marchita en un rincón mientras él jugaba a ser el rey del mundo. Si este era un contrato, yo también tenía derechos.

Eran pasadas las diez de la noche cuando escuché el rugido de su auto deportivo en la entrada. Me levanté del sofá del gran salón, alisando mi vestido de seda negra. No me escondí en mi habitación. Me quedé allí, esperándolo, con la barbilla en alto y el corazón martilleando contra mis costillas.

Dante entró en la casa con la misma energía oscura de siempre. Se detuvo en seco al verme. Sus ojos ámbar recorrieron mi figura con una intensidad que me hizo estremecer, pero esta vez no bajé la mirada.

—Te dije que no me esperaras, Aurora —dijo, su voz era un gruñido bajo mientras arrojaba las llaves sobre la mesa de mármol—. ¿Es que no sabes seguir una simple instrucción?

—Y yo te dije que soy tu esposa, no una de tus empleadas a las que puedes despedir con un chasquido de dedos —respondí, dando un paso hacia él. Mi voz sonó mucho más firme de lo que me sentía.

Él soltó una carcajada seca y carente de humor, acercándose hasta que su presencia me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—¿Esposa? Eres un apellido que compré para salvar a tu padre —espetó, intentando usar el mismo desprecio que en la mañana para doblegarme—. No te confundas. Este anillo no te da derecho a cuestionarme.

—¡Pues devuélveme mi apellido y mi libertad si tanto te estorbo! —le grité, perdiendo la paciencia—. Estoy harta de tus reglas, de tus desplantes y de que uses mi cuerpo como una excusa para tu crueldad. Si no me quieres aquí, dímelo ahora mismo, pero no vuelvas a tratarme como si fuera una basura bajo tus zapatos de diseñador.

El silencio que siguió fue electrizante. Dante dio un paso más, invadiendo mi espacio personal de una manera que debería haberme asustado, pero solo logró encender más mi sangre. Sus ojos ardían con una furia que parecía ocultar algo mucho más peligroso: hambre.

—Tienes la lengua muy larga para alguien que depende de mi firma —murmuró, su voz ahora era un susurro peligroso cerca de mis labios.

—Y tú tienes un corazón muy pequeño para alguien que presume tener el mundo a sus pies —ataqué, sin retroceder ni un milímetro.

De repente, su mano se cerró sobre mi cintura con una fuerza que me dejó sin aliento, tirando de mí hacia su cuerpo rígido. Pude sentir el latido errático de su corazón contra mi pecho y el calor sofocante que desprendía. El aire entre nosotros desapareció. Dante bajó la cabeza, su nariz rozando la mía, y por un segundo eterno, el mundo exterior dejó de existir. Sus labios estaban a milímetros de los míos, cargados de una promesa de destrucción y deseo que me hizo cerrar los ojos, esperando el impacto.

—No tientes a la suerte, Aurora —susurró contra mi boca, su aliento cálido quemándome la piel—. Porque no tienes idea del tipo de monstruo que estás intentando despertar.

Estábamos a punto de romperlo todo, a punto de que ese beso sellara nuestra perdición, cuando él se apartó bruscamente, dejándome tambaleante y con los labios vibrando de una necesidad que no quería admitir. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad de su despacho, dejándome sola con la certeza de que mi marido ocultaba mucho más que un mal carácter; ocultaba una obsesión que estaba a punto de devorarnos a ambos.

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