Capítulo 4 El Precio de la Rebeldía
La mañana siguiente al amago de beso fue un campo de minas emocional. No nos dirigimos la palabra. El silencio en la mansión Moretti era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, pero esta vez, yo no estaba dispuesta a hundirme en la autocompasión. Las palabras de "Alessio" —aunque mi instinto empezaba a decirme que ese nombre le quedaba pequeño— seguían vibrando en mis oídos: "Tienes una tarjeta de crédito sin límite; gasta el dinero en lo que quieras".
Él quería una esposa trofeo que se mantuviera callada y fuera de su camino. Pues bien, iba a darle exactamente lo que pidió, pero bajo mis propios términos. Si yo era solo un contrato, un activo en su balance general, entonces mi mantenimiento iba a costarle caro.
Salí de la casa con una determinación que no sentía desde antes de la boda. Me subí al coche que él había puesto a mi disposición y le di una dirección al chofer que lo hizo levantar una ceja. No fui a las boutiques de diseñadores tradicionales de la Vía Montenapoleone para comprar vestidos que ocultaran mis curvas. Fui a los lugares que una "esposa perfecta" de la alta sociedad milanesa evitaría a plena luz del día.
Pasé la tarde en tiendas de lencería de lujo, donde el encaje era tan fino que parecía tela de araña y la seda se sentía como una caricia pecaminosa contra la piel. Compré conjuntos en negro azabache, rojo carmesí y verde esmeralda; prendas diseñadas no para ocultar, sino para celebrar cada centímetro de mi cuerpo. Luego, con un valor que no sabía que poseía, entré en una boutique de artículos íntimos de alta gama. Si iba a dormir sola en esa cama inmensa, al menos me aseguraría de no necesitar su compañía para nada.
Cada vez que pasaba la tarjeta negra con el apellido Moretti grabado en oro, sentía una pequeña victoria. Imaginaba las notificaciones llegando a su teléfono en tiempo real, interrumpiendo sus "importantes negocios".
Regresé a la mansión al atardecer. Hice que el servicio subiera las bolsas —decenas de ellas— directamente a mi habitación. Me bañé, me puse uno de esos conjuntos de seda negra que apenas cubrían lo necesario y encima una bata traslúcida. Me senté en el gran salón, sirviéndome una copa de vino, esperando el estallido.
No tardó en llegar.
La puerta principal se abrió con una violencia contenida. Dante entró, y esta vez no parecía el CEO frío y calculador; parecía un volcán a punto de entrar en erupción. En su mano apretaba su teléfono inteligente como si quisiera triturarlo. Sus ojos ámbar estaban inyectados en sangre y su mandíbula estaba tan tensa que temí que se fracturara.
—¿Se puede saber qué demonios significa esto, Aurora? —rugió, arrojando el teléfono sobre la mesa de centro. La pantalla mostraba una lista interminable de cargos bancarios.
Mantuve la calma, bebiendo un sorbo de vino antes de mirarlo.
—Son compras, querido. Pensé que un hombre de negocios como tú entendería el concepto de transacciones —respondí con una voz suave que solo pareció enfurecerlo más.
—¡No me tomes por idiota! —dio tres pasos largos, invadiendo mi espacio hasta que sus rodillas rozaron las mías. El aroma a tabaco y peligro que siempre lo acompañaba me golpeó los sentidos—. Sé lo que son las compras. Lo que no entiendo es por qué mi contabilidad personal parece la de un burdel de lujo. ¿Lencería erótica? ¿Juguetes? ¿En qué clase de juego estúpido estás metida?
Me levanté lentamente. Al estar de pie, la bata se abrió sutilmente, revelando el encaje negro que abrazaba mis curvas. Vi cómo sus ojos se dilataban, cómo su respiración se volvía errática mientras su mirada recorría mi cuerpo con un hambre que intentaba disfrazar de ira.
—Tú me diste las reglas, ¿recuerdas? —dije, caminando a su alrededor como una depredadora que ha aprendido a disfrutar de la jaula—. Dijiste que hiciera lo que quisiera. Que gastara el dinero en lo que quisiera. Que me mantuviera fuera de tu camino y que no te esperara para nada.
Me detuve justo detrás de él, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de su espalda.
—Como has dejado claro que no tienes interés en cumplir tus deberes maritales, decidí buscar mi propio entretenimiento —susurré cerca de su oído, disfrutando de cómo se tensaba cada músculo de su cuerpo—. Dijiste que no necesitabas una mujer que te esperara con una sonrisa. Pues bien, he comprado lo necesario para no tener que esperarte en absoluto.
Dante se giró con la rapidez de una cobra. Sus manos se cerraron sobre mis hombros, apretando con una fuerza que no era dolorosa, pero sí dominante.
—¿Crees que esto es divertido? ¿Crees que puedes pasearte por Milán usando mi nombre para comprar estas indecencias? —su voz era un susurro ronco, cargado de una tensión sexual que amenazaba con incinerarnos a ambos.
—No es un juego, Alessio —mentí, usando el nombre de su hermano como un dardo—. Es obediencia. Me dijiste que no me buscaras, que no te hablara, que fuera una Moretti solo de nombre. Estoy siguiendo tus instrucciones al pie de la letra. Si las cuentas te molestan, es un pequeño precio a pagar por mi silencio y mi ausencia en tu cama.
Él soltó un gruñido profundo, un sonido animal que no pertenecía a un despacho de oficinas. Sus ojos bajaron de nuevo a mi escote, y por un segundo, la máscara de desprecio se rompió por completo. Vi al hombre que me deseaba con una intensidad que lo aterraba.
—Estás jugando con fuego, Aurora —dijo, su rostro a centímetros del mío—. Y no tienes idea de lo rápido que puedes quemarte.
—Entonces deja de ladrar y muerde —desafié, sosteniéndole la mirada con una rebeldía que lo dejó sin palabras.
me soltó bruscamente, como si quemara tocarme. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, luchando visiblemente por recuperar el control que yo acababa de arrebatarle.
—Mañana mismo cancelaré esas tarjetas si vuelves a poner un pie en esos lugares —amenazó, aunque ambos sabíamos que no lo haría.
—Hazlo —respondí, dándole la espalda para subir las escaleras—. Pero recuerda que yo no soy la que tiene un secreto que ocultar tras una fachada de perfección. Si quieres una esposa muda, tendrás que pagar el precio. Y créeme, apenas he empezado a gastar.
Subí los escalones sintiendo su mirada clavada en mi espalda, una mirada que no era de odio, sino de una obsesión que empezaba a consumirlo. Había dejado de ser la sumisa Aurora para convertirme en su mayor tentación y su peor pesadilla. Y lo mejor de todo es que él todavía creía que podía controlarme.
