Capítulo 5 Luces de Neón y Pecados de Medianoche
El silencio en la mansión Moretti era asfixiante, una jaula de oro donde cada paso que daba resonaba con la soledad de mi nuevo "matrimonio". Después del enfrentamiento por las tarjetas de crédito, Dante se había encerrado en su despacho, probablemente a maldecir mi nombre o a planear cómo controlarme. Pero yo ya no era la Aurora sumisa. La adrenalina de la rebeldía aún corría por mis venas, y cuando mi teléfono vibró con un mensaje de mis antiguas amigas de la universidad, no lo dudé.
"Noche de chicas. Club 'The Velvet Rose'. Trae tacones altos y cero inhibiciones. Te lo debes, Aurora".
Tenía razón. Me lo debía.
Esperé hasta que la casa quedó en penumbra. Me puse un vestido de seda color esmeralda que abrazaba cada una de mis curvas, esas que mi esposo decía que eran "excesivas", pero que bajo las luces adecuadas se sentían como pura tentación. Me maquillé con cuidado, resaltando mis ojos, y salí de la habitación de puntillas. Pasé frente a la puerta del cuarto de mi marido. El silencio absoluto me indicó que, o estaba sumido en un sueño profundo, o simplemente no le importaba lo que yo hiciera mientras no gastara otra fortuna en juguetes de seda.
—Que descanses, querido —susurré con una sonrisa traviesa antes de desaparecer en la noche.
El club "The Velvet Rose" no era un lugar para los débiles de corazón. El aire estaba cargado de música electrónica, perfume caro y una energía eléctrica que te hacía sentir viva. Mis amigas, un grupo ruidoso y leal, me recibieron con gritos de alegría y copas de champán que no dejaron de llenarse.
—¡A la salud de la nueva Señora Moretti! —gritó Carla, mi mejor amiga, levantando su copa—. Aunque parece que el marido te ha dejado mucha energía acumulada.
Reímos. Bebí la primera copa, luego la segunda. Para la cuarta, el mundo ya no era un lugar hostil lleno de contratos y humillaciones, sino un escenario brillante donde yo era la protagonista.
—¡Es hora del show principal! —anunció el animador por los altavoces.
Las luces se tornaron rojas y profundas. Un grupo de hombres con físicos esculpidos y uniformes de "oficiales" aparecieron en el escenario central, moviéndose con una gracia provocadora que hacía que el club estallara en vítores. Yo estaba en la primera fila, riendo como no lo había hecho en meses. El alcohol me daba una valentía peligrosa.
—¡Mira ese, Aurora! —Carla me empujó hacia un rincón un poco más privado cerca de la barra, donde uno de los bailarines acababa de bajar del escenario para interactuar con el público—. ¡Ese tiene tu nombre escrito!
Estaba un poco mareada. La música retumbaba en mi pecho. Me giré, esperando ver a uno de los chicos con aceite corporal y pantalones de cuero, cuando sentí unas manos grandes, firmes y sorprendentemente calientes cerrarse sobre mi cintura. El agarre fue tan posesivo y brusco que casi pierdo el equilibrio.
—¡Vaya, qué fuerza! —exclamé, riendo y echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el cuerpo sólido de un hombre pegado a mi espalda—. Eres mucho más... robusto que los otros, oficial.
Me di la vuelta en sus brazos, con una sonrisa juguetona y los ojos nublados por el champán. El hombre vestía de negro, una camisa oscura desabrochada en el cuello, y su presencia emanaba un calor que me resultó familiar, pero mi cerebro alcoholizado no lograba conectar los puntos.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté, pasando mis manos por sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo la tela de su camisa—. Porque para ser un stripper, te ves muy serio. Deberías sonreír un poco, bombón.
Le di un golpecito juguetón en la mejilla. El hombre no se movió. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía que iba a estallar. Sus ojos... sus ojos eran dos pozos de fuego ámbar que me atravesaban la piel.
—¿Stripper? —la voz fue un susurro ronco, una vibración que me hizo vibrar los dientes. Era demasiado profunda, demasiado real.
—Sí, ya sabes... el baile, la ropa fuera —continué, acercándome a su oído con un valor temerario—. Tengo una tarjeta de crédito sin límite, ¿sabes? Mi marido es un aburrido que solo piensa en negocios. Si me das un buen show, podría dejarte una propina que te permita retirarte.
Sentí que sus manos se apretaban aún más sobre mi cintura, casi enterrándose en mi piel.
—¿Ah, sí? —murmuró él, y esta vez pude olerlo. No olía a aceite de bebé ni a gimnasio barato. Olía a maderas caras, a tabaco de lujo y a una furia que podría quemar todo Milán—. ¿Y qué clase de "show" esperas de mí, Aurora?
Ese nombre. Él pronunció mi nombre con una autoridad que me hizo sobria de golpe por un microsegundo. Parpadeé, intentando enfocar su rostro bajo las luces estroboscópicas.
El cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás. La mirada gélida que me hacía sentir como una presa. Esa cicatriz casi imperceptible cerca de su ceja que nunca aparecía en las fotos oficiales de Alessio Moretti, pero que yo había visto de cerca en nuestras discusiones.
—¿Al... Alessio? —tartamudeé, sintiendo que el mundo daba vueltas bajo mis pies por una razón muy distinta al alcohol.
—No exactamente —respondió él, tirando de mí con tanta fuerza que mi pecho chocó contra el suyo—. Pero soy el hombre que va a sacarte de aquí antes de que decida que tu "propina" no es suficiente para compensar este insulto.
El pánico me golpeó. Miré a mi alrededor; mis amigas estaban demasiado ocupadas gritándole a otro bailarín como para notar que mi esposo acababa de aparecer en un club de strippers a las dos de la mañana.
—¡Suéltame! ¡Estoy con mis amigas! —protesté, intentando zafarme, pero era como luchar contra una pared de acero.
—Tuviste tu diversión, Aurora. Ahora es mi turno de poner las reglas —dijo Dante, levantándome en vilo como si no pesara nada.
Me cargó sobre su hombro ante la mirada atónita de algunos presentes. Yo pataleaba y gritaba, pero el volumen de la música ahogaba mis protestas. Salimos del club hacia el aire frío de la noche, donde su auto deportivo rugía en la acera.
Me lanzó en el asiento del copiloto con una firmeza que no aceptaba réplicas. Se subió al lado del conductor y arrancó el motor con un estruendo que hizo vibrar mis huesos.
—¡Eres un cavernícola! —le grité, acomodándome el vestido—. ¡Me dijiste que hiciera lo que quisiera! ¡Dijiste que no te importaba!
Dante no respondió. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Conducía a una velocidad que me hizo aferrarme al asiento, el silencio en el coche era mucho más peligroso que cualquier grito.
—Alessio, detén el coche —supliqué, sintiendo que el mareo del alcohol regresaba con fuerza.
—No vuelvas a llamarme así en este estado —espetó él, su voz cargada de una oscuridad que nunca le había escuchado—. Y prepárate, Aurora. Porque después de esta noche, vas a desear haberme despertado para pedirme permiso antes de poner un pie fuera de esa casa.
Llegamos a la mansión en un tiempo récord. Me arrastró hacia adentro, subiendo las escaleras sin soltar mi muñeca. Al llegar a mi habitación, me empujó suavemente hacia la cama.
—Quédate aquí. No te muevas —ordenó, su respiración agitada—. Si vuelves a confundirme con un hombre que vende su cuerpo por dinero, te juro que te daré un motivo real para gastar esa fortuna en abogados de divorcio.
Se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el umbral. Me miró una última vez, recorriendo mi cuerpo con una mirada que ya no era de desprecio, sino de una posesión tan cruda que me dejó sin aliento.
—Por cierto —añadió con una sonrisa amarga y peligrosa—, el "oficial" del club no tenía ni la mitad de lo que yo podría enseñarte, si no estuviera tan ocupado intentando no romperte el cuello ahora mismo.
Cerró la puerta de un golpe, dejándome sola con el corazón a mil por hora y la inquietante certeza de que, aunque seguía pensando que era Alessio, el hombre que me había sacado de ese club no tenía nada de "empresario refinado". Era algo mucho más oscuro, algo que empezaba a gustarme más de lo que me atrevía a admitir.
