Capítulo 6 fiesta

El zumbido del alcohol había desaparecido por completo de mi sistema, reemplazado por una corriente pura de furia y humillación que me quemaba la garganta. La pesada puerta de mi habitación seguía vibrando por el golpe que él le había dado al salir, pero el eco de sus palabras permanecía flotando en el aire. “Si vuelves a confundirme con un hombre que vende su cuerpo por dinero, te juro que te daré un motivo real para gastar esa fortuna...”.

¿Cómo se atrevía? Él me había abandonado en nuestra noche de bodas, me había arrastrado al aislamiento, me había insultado en mi propia cara llamándome "exceso" y "contrato", ¿y ahora pretendía actuar como el dueño de mi moral?

No me quedé en la cama. La rabia no me dejaba respirar. Me ajusté las tiras del vestido esmeralda que aún llevaba puesto, ignorando que el dobladillo se había subido un poco por el forcejeo, y salí al pasillo. Mis pisadas sobre el suelo de madera eran rápidas, impulsadas por un impulso ciego. Sabía exactamente dónde estaba. No se habría ido a dormir; un hombre con esa cantidad de veneno en las venas necesitaba descargarla en alguna parte.

Empujé las pesadas puertas dobles de su despacho sin molestarme en tocar.

Él estaba de pie, de espaldas a mí, frente al ventanal que daba a los jardines oscuros. Se había quitado la chaqueta y los primeros tres botones de su camisa negra estaban desabrochados, dejando al descubierto la base de su cuello tenso. Al escuchar el portazo, se giró lentamente, con una calma que me pareció una burla. Sus ojos ámbar, fríos y calculadores, me recorrieron de arriba abajo.

—Te di una orden, Aurora —dijo, su voz bajando a un registro peligrosamente bajo—. Vuelve a tu habitación.

—¡Estoy harta de tus malditas órdenes! —le grité, avanzando hacia él hasta que la enorme mesa de escritorio de madera noble nos separó—. ¡Harta de tus reglas, de tu maldita hipocresía y de tu arrogancia! ¿Quién te crees que eres para arrastrarme fuera de un club como si fuera una criminal? ¿Quién eres para juzgar lo que hago con mi vida si para ti solo soy un trozo de papel firmado?

Dante rodeó el escritorio con pasos lentos, acechándome como un depredador que calcula el momento exacto para saltar sobre su presa.

—Soy tu esposo —soltó, y la palabra sonó pesada, casi violenta—. Y mientras lleves el apellido Moretti, no vas a andar por ahí ofreciéndole dinero a idiotas para que se desnuden ante ti. Tienes una posición que respetar.

—¿Mi esposo? —Solté una carcajada amarga, sintiendo que las lágrimas de rabia arañaban mis ojos—. ¡Tú no eres mi esposo! Un esposo no mira a su mujer con asco desde el primer día. Un esposo no le dice que es demasiado gorda, demasiado pesada o demasiado insignificante para merecer un segundo de su tiempo. ¡Me odias! Desde que me viste en esa iglesia me desprecias, ¡así que no me vengas a hablar de respeto cuando tú has pisoteado el mío cada segundo que hemos estado en esta casa!

—¡Tú no sabes nada! —rugió él de repente, perdiendo la paciencia que tanto intentaba fingir. Dio un paso violento, acortando la distancia entre nosotros hasta que su pecho casi rozaba el mío. El calor que desprendía era sofocante, un contraste brutal con sus palabras heladas—. No tienes la menor idea de lo que pasa por mi cabeza, Aurora. Así que cierra la boca.

—¡No me voy a callar! Eres un cobarde, Alessio. Un maldito cobarde que se esconde detrás de sus millones porque no tiene el valor de mirar a la mujer con la que se casó sin sentir asco. Si tanto te repugna mi cuerpo, si tanto te molesta que exista, ¡mírame ahora! ¡Mírame y dímelo a la cara!

La provocación rompió el último hilo de su control. Su mirada bajó hacia mi escote, sus facciones se endurecieron tanto que parecieron talladas en piedra y un destello de pura furia posesiva brilló en sus ojos.

—Cállate... —advirtió, con la respiración entrecortada.

—¡No! ¡Eres un monstruo y te odio! ¡Te odio con toda mi—!

No pude terminar la frase. Mi mano derecha se movió por puro instinto, cargada con toda la frustración acumulada de los últimos días, y cruzó el aire impactando con fuerza contra su mejilla izquierda. El sonido del golpe resonó en el despacho silencioso.

La cabeza de Dante se giró levemente por el impacto. El silencio que siguió fue absoluto, denso, cargado de una electricidad que amenazaba con hacer estallar la habitación. Esperé que me gritara, que me echara de la casa, que llamara a los guardias. Pero no lo hizo.

Lentamente, volvió a girar la cabeza hacia mí. La marca roja de mis dedos empezaba a dibujarse en su piel, pero sus ojos ya no eran los de un hombre enfadado; eran los de un animal que acababa de ser liberado de sus cadenas. Antes de que pudiera dar un paso atrás, sus manos se lanzaron hacia adelante, atrapando mis muñecas con un agarre de acero y estampándome contra el borde de la mesa de escritorio.

—Te lo advertí —susurró, su voz era un hilo ronco y salvaje.

Y entonces, me besó.

No fue un beso tierno, ni el beso de un esposo que busca reconciliación. Fue una colisión de pura necesidad y violencia contenida. Sus labios se estrellaron contra los míos con una fuerza que me obligó a abrir la boca para tomar aire, y él aprovechó ese instante para invadirme por completo. El sabor a maderas, tabaco y un deje amargo de furia me inundó los sentidos, anulando cualquier rastro de pensamiento lógico.

Traté de luchar. Moví mis manos atrapadas, intentando empujarlo, pero el peso de su cuerpo rígido contra el mío me inmovilizaba por completo. La desesperación y el deseo, dos fuerzas contradictorias, chocaron en mi pecho. En un movimiento de pura autodefensa y rabia, apreté mis dientes con fuerza, mordiendo su labio inferior.

Un gemido ronco, un sonido que vibró directamente en su pecho, escapó de su garganta. Sentí el sabor metálico y cálido de su sangre inundar nuestras bocas. Esperé que se apartara, herido, pero el dolor pareció tener el efecto opuesto. Dante soltó un gruñido animal y sus manos soltaron mis muñecas solo para enredarse en mi cabello castaño, tirando de mi cabeza hacia atrás con una fuerza que me hizo jadear, profundizando el beso de una manera que me dejó completamente indefensa.

La mordedura no lo había frenado; lo había encendido. Su cuerpo se presionó contra el mío con una urgencia desesperada. Sentí la dureza de sus músculos a través de la tela de su ropa, y una ola de calor abrasador me recorrió el vientre. Toda la rabia que nos había estado separando durante días se transformó en un segundo en una tensión sexual tan pura y destructiva que amenazaba con consumirnos.

—Eres una maldita tentación, Aurora —gruñió contra mis labios, sin romper el contacto, mientras su mano bajaba por mi cuello, atrapando mi cintura con una fuerza que me levantó ligeramente, sentándome sobre el borde de la mesa de mármol.

Los papeles y carpetas que estaban sobre el mueble cayeron al suelo con un ruido sordo, pero a ninguno de los dos nos importó. Mis piernas, vestidas de seda, se abrieron instintivamente para dejar espacio a su cuerpo, y él se encajó entre ellas con una precisión que me hizo soltar un gemido ahogado.

Estábamos completamente vestidos. Mi vestido esmeralda estaba arrugado y subido hasta mis muslos, y su pantalón oscuro rozaba la delicada tela de mi ropa interior. No hubo intentos de desnudarnos; la prisa que nos consumía era demasiado grande para detenerse en detalles. Dante comenzó a moverse contra mí, un vaivén rítmico y pesado que enviaba oleadas de placer directo a mi centro.

—Alessio... —grité su nombre, o el nombre que creía que le pertenecía, aferrándome a sus hombros anchos mientras mis dedos se clavaban en la tela de su camisa negra.

—Mírame —ordenó él, su voz temblando por el esfuerzo de mantenerse bajo control mientras sus caderas continuaban presionando contra las mías sobre la tela—. Mírame, Aurora.

Abrí los ojos, con la respiración entrecortada, y me encontré con su mirada ámbar fija en la mía. No había distancia en sus ojos, no había desprecio. Había una obsesión tan cruda y primitiva que me aterraba y me fascinaba al mismo tiempo. Sus manos bajaron hacia mis muslos, apretando mis curvas con una devoción salvaje, obligándome a seguir el ritmo de sus movimientos.

La fricción de la ropa, el calor acumulado entre nuestros cuerpos y la brutalidad de la discusión previa crearon una tormenta perfecta. Cada movimiento de Dante contra mi cuerpo me acercaba más al abismo. El placer era agudo, casi doloroso por la intensidad, una corriente eléctrica que nacía de la prohibición y el secreto.

Él aceleró el ritmo, sus respiraciones eran jadeos roncos que golpeaban mi oído mientras enterraba su rostro en mi cuello, mordiendo la piel sensible de mi hombro a través del encaje. Yo eché la cabeza hacia atrás, apretando mis piernas alrededor de su cintura, entregándome por completo a la fricción salvaje de nuestros cuerpos vestidos.

El clímax nos golpeó a ambos al mismo tiempo, como una ola que rompe contra las rocas en medio de una tempestad. Un grito ahogado escapó de mis labios mientras mi cuerpo se tensaba en una serie de espasmos incontrolables, perdiendo el sentido de la realidad por completo. Encima de mí, Dante soltó un rugido sordo, su cuerpo temblando violentamente contra el mío mientras se presionaba una última vez con fuerza, buscando el final de esa tortura autoinfligida.

Poco a poco, el sonido de nuestras respiraciones agitadas comenzó a llenar el despacho. El aire acondicionado de la habitación se sentía frío contra nuestra piel sudorosa, devolviéndonos lentamente a la realidad.

Dante se apartó despacio, rompiendo el contacto físico milímetro a milímetro. Sus ojos ámbar estaban abiertos de par en par, fijos en mí, pero la furia y el hambre habían desaparecido, reemplazadas por un shock absoluto, un pánico mudo que nunca antes le había visto en el rostro. Miró mis labios, que aún conservaban el rastro de la sangre de su labio partido, y luego miró sus propias manos, como si no reconociera su propio cuerpo o el acto que acababa de cometer. Había roto su promesa; había tocado a la mujer que se suponía que debía proteger desde la distancia.

Yo estaba igual. Me acomodé el vestido esmeralda con dedos temblorosos que no dejaban de agitarse, sintiendo el calor residual de un acto que desafiaba toda lógica. Había deseado y correspondido al hombre que se ponía una máscara para odiarme. Había sentido una conexión tan oscura, tan carnal y profunda con mi esposo que me aterraba hasta la médula.

Sin decir una sola palabra, dio tres pasos hacia atrás, apartándose de la mesa de escritorio como si mi cercanía fuera un veneno mortal capaz de destruir su imperio. Se pasó una mano temblorosa por el rostro, limpiando el hilo de sangre que aún decoraba su labio inferior.

Nos miramos durante lo que pareció una eternidad en la penumbra del despacho, ambos atrapados en el shock de haber cruzado una línea de la que sabíamos, con absoluta certeza, que no había retorno. Él seguía siendo el misterioso y cruel Alessio ante mis ojos, pero la sombra que acababa de despertar sobre esa mesa de mármol era algo que ningún contrato empresarial podría jamás controlar.

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