Capítulo 1 Capítulo sin título

El día en que mi vida cambió para siempre yo creí que sería para bien, en cambio, mi esposo me trató como si yo fuera una cualquiera.

—¿Por qué estás vestida así? —preguntó con voz fría.

Parpadeé un par de veces. La garganta volvió a anudárseme. Me remojé los labios e intenté con todas mis fuerzas aferrarme a mi sonrisa y a la ilusión de una vida hermosa juntos, como si de ello dependiera mi vida.

—No hay una razón. Quería… Quería tener una cena linda contigo.

Él me observaba o más bien me analizaba. Era como si buscara un secreto oscuro en mis ojos. Luego apartó la mirada, tal vez lo había encontrado o dejó de interesarle hallarlo.

Daniela

—Que tu esposo te haya regalado un nuevo collar de perlas no cambia nada, Dan. —La voz de mi amiga desde la videollamada del móvil en el mesón, sonó cansina.

Yo traté de ignorar su malestar y miré la salsa Alfredo con camarones que burbujeaba en la estufa. Probé un poco y estaba en su punto: perfecta en sabor y con la textura adecuada.

—Esta vez es diferente, Ros —sonreí ilusionada al pensar en Augusto—. No es por el collar.

La señora Celia cortaba finamente la cebolleta. Le entregué el cucharón de goma y le susurré que pusiera a hervir el agua para los espaguetis. Tomé el móvil y salí de la cocina.

—Sé que no —contestó mi amiga con un suspiro desde la videollamada—. No me malinterpretes, no digo que seas una interesada, pero es que siempre es lo mismo, Dani.

Con un mohín, entré a mi dormitorio y caminé hasta el cuarto de baño.

—En serio es diferente ahora. —Coloqué el teléfono en la repisa sobre el lavabo y abrí los grifos de la ducha—. No hemos peleado ni una sola vez en dos semanas y él está tan cariñoso.

—¡Dos semanas! —se burló Roselena—. ¡Todo un récord!

—Oye, no entiendo por qué no puedes estar feliz por mí. —Me quité la ropa y me metí a la ducha.

—Y yo no entiendo por qué te tengo que ver en pelotas. —Ella rio y yo también. Luego su voz se volvió seria—. No lo tomes a mal, Dani, es que siempre es así. Sabes que te adoro a ti y a la pequeña Lía. Me duele que esto se repita una y otra vez. ¿Hasta cuando seguirás en este bucle de maltrato?

El agua tibia resbalaba por mi cuerpo, el vapor empañó las puertas de cristal de la ducha. Saqué la cabeza y miré la tez morena de mi mejor amiga en la pantalla.

—El bucle se rompió, somos diferentes ahora, Ros. Te hablo luego para contarte cómo quedó la cena, Augusto debe estar por llegar.

Le lancé un beso, ella me respondió con otro y apagó la videollamada. Yo sonreí, emocionada.

Roselena me quería como a una hermana igual que yo a ella y estaba harta de que la llamara llorando después de cada discusión con Augusto. Pero las cosas por fin eran diferentes y tenía mucha fe en nuestro futuro.

Mi esposo era cirujano del Hospital Docente, el más importante del país. Tenía una trayectoria impecable como médico y se había esforzado muchísimo por conseguir el cargo de jefe del departamento de cirugía.

La presión en la que estaba lo llevaba a manejar mal sus emociones y solía enfurecerse fácilmente.

Yo sabía que ser la esposa de un cirujano tan prestigioso no era sencillo. Eran salidas canceladas por alguna emergencia. Que llegara casi siempre retrasado a casa. O a veces que no llegara.

Claro que lo entendía, pero eso no evitaba que me doliera. Por más que trataba de no reclamarle, terminaba haciéndolo, sobre todo luego del nacimiento de Lía hacía tres años. Me sentía fea, siempre encerrada en casa, sin más que hacer que cuidar y amamantar a la bebé. Quería que él estuviera a mi lado, pero su profesión era demasiado demandante.

Él empezó a estallar y las discusiones se sucedían una tras otra. Hasta que perdimos el control. Un año atrás me empujó y me golpeé contra una de las mesitas del salón. Él estuvo tan arrepentido, que incluso pidió un permiso en el hospital y se quedó a mi lado unos días. Fue como una segunda luna de miel.

Pero la licencia terminó, Augusto volvió al hospital y con ello la rutina en la cual me sentía dejada de lado.

Cerré el grifo y salí de la ducha. El vestido Chanel rojo brillante estilo tubo hasta la rodilla y con abertura al frente, esperaba sobre la cama, con el collar y los pendientes de perlas que él me había obsequiado hacía un par de días. Me vestí, me perfumé y peiné mi largo cabello castaño.

Observé en el espejo mi rostro con el maquillaje ahumado que resaltaba el color avellana de mis ojos, los labios rojos que contrastaban con mi piel morena clara y por primera vez después de mucho tiempo me gustó el reflejo. Volvía a verme como la mujer joven y hermosa de veintisiete años que era.

—Señora, luce espléndida. —Celia me sonrió cuando entré a la cocina—. La pasta está colada y la salsa lista en la fuente de porcelana, como indicó. Espero que lo pase bien esta noche, lo merece.

—Gracias, Celia. Disfruta tu fin de semana.

Nos sonreímos una a la otra y, finalmente, Celia se marchó.

La pequeña Lía dormía arriba con Karina, la niñera. Normalmente, ella se iba a las seis, pero le había pedido para la ocasión que le dedicara unas horas más a la niña. De esa forma podría disfrutar una cena más íntima con Augusto.

Toqué suavemente la puerta del dormitorio de Lía.

—Adelante —contestó Karina casi en su susurro.

Entré. Mi dulce niña dormía abrazada al Señor Lolo, su gato de peluche. Karina, sentada en la mecedora frente a la cama, leía a la luz de la lamparita encendida.

—¡Estás preciosa! —dijo Karina moviendo solo los labios para no despertar a Lía.

Me acerqué a ella. Éramos casi de la misma edad y nos llevábamos bien, tanto que más que mi niñera la consideraba mi amiga.

—Gracias —susurré y miré a Lía.

—Quería esperar a su papá, pero finalmente el sueño la venció—. Karina miró su reloj de muñeca—. ¿A qué hora llega? Casi son las ocho.

—Debe estar en camino. No te preocupes, te pediremos un taxi. —Sonreí.

—Eso no es lo que me preocupa —dijo ella y tanto sus ojos como su voz se volvieron serias.

No quería escucharla, así que aparté los ojos de los suyos y miré otra vez a mi hija. La abrigué con la cobija y besé su frente.

—Me parece que la temperatura del aire está muy baja. ¿Podrías subirle un grado más, por favor?

—Daniela …

—Gracias —dije y me di la vuelta para salir—. Vendré luego.

Sí, casi eran las ocho y hacía una hora que Augusto debió llegar. Por eso no quería que Karina insinuara que otra vez no vendría. El maldito nudo en la garganta me apretaba y se me llenaban los ojos de lágrimas.

«No otra vez».

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