Capítulo 2 Capítulo sin título
Daniela
Tomé mi teléfono móvil y abrí WhatsApp. Quizá se había retrasado. Tal vez me había escrito avisando que estaba cerca. No debía dejarme ganar por el pesimismo y pensar que sería otra cita arruinada por su trabajo.
Solo tenía un mensaje sin leer de mi madre. Dudé si escribirle a Augusto o no. No quería que me reclamara que lo controlaba. No deseaba otra pelea, todas mis esperanzas estaban puestas en esa cena. Teníamos dos semanas sin discutir.
«Todo un logro». Recordé las palabras burlonas de Roselena.
Me mordí el labio, una lágrima asomaba en el borde de mi ojo. Arruinaría el maquillaje.
Exhalé una vez. Otra. Y otra.
Me estrujé las manos con fuerza.
No lloraría. No me dejaría ganar por la ansiedad.
Iba a marcarle cuando la puerta sonó. Él había llegado.
La desesperación se esfumó por arte de magia. Los latidos de mi corazón se aquietaron. Sonreí y me remojé los labios pintados de rojo. Alisé la falda del vestido, me arreglé el cabello y él entró.
A sus cuarenta años, Augusto era un hombre bastante atractivo. Alto, con un cuerpo atlético y piel de un color aceituna, que le daba una apariencia naturalmente bronceada. Tenía ojos cafés y cabello castaño oscuro, el cual usaba pulcramente peinado hacia atrás. No le gustaba la barba, así que cada mañana se rasuraba. Siempre elegante vistiendo de traje.
Me acerqué a mi esposo con una sonrisa y su perfume amaderado me envolvió. Era mucho más baja que él, así que me empiné hasta besarle los labios.
Augusto bajó el rostro y me observó. Sus ojos de hielo me traspasaron. Algo no estaba bien.
—¿Por qué estás vestida así? —preguntó con voz fría.
Parpadeé un par de veces. La garganta volvió a anudárseme. Me remojé los labios e intenté con todas mis fuerzas aferrarme a mi sonrisa y a la ilusión de una vida hermosa juntos, como si de ello dependiera mi vida.
—No hay una razón. Quería… Quería tener una cena linda contigo.
Él me observaba o más bien me analizaba. Era como si buscara un secreto oscuro en mis ojos. Luego apartó la mirada, tal vez lo había encontrado o dejó de interesarle hallarlo. Cruzó el vestíbulo hasta el interior de la casa. Yo lo seguí.
—¿Te cambiarás primero? —pregunté temblando, sin saber muy bien por qué—. Podemos cenar antes.
Tragué, la sonrisa vacilaba en mis labios, las lágrimas ascendían y yo luchaba porque la desesperación no me ganará una vez más.
Él se quitó el saco y lo dejó sobre la cama, luego aflojó su corbata y me miró.
Ojos oscuros. Pozos oscuros. Oscuridad.
—¿Cenar?
—Sí —respondí con un tembloroso hilo de voz—. Preparé salsa Alfredo con camarones. Es tu favorita.
Él se rio y su risa me heló la sangre.
—¿Continuarás fingiendo, Daniela? Sé lo que haces cuando no estoy.
Abrí los ojos, perpleja. La tormenta que había vislumbrado en el horizonte finalmente llegaba a la orilla. Me arrastraba y amenazaba con ahogarme.
—¿A- A qué te refieres?
—¡Maldita sea, Daniela! ¡Ya deja de fingir! —Terminó de quitarse la corbata y la arrojó furioso a mis pies—. Sé lo que haces a mis espaldas.
—No… No comprendo.
—Creí que tu decisión de hacer ejercicio y mejorar tu figura era por mí. —Él se acercó con una mirada amenazante y yo caminé hacia atrás, hasta que se me acabó el espacio y choqué contra la pared—. Pero no.
—Augusto…
—¡Augusto, nada! —El golpe en la pared justo a un lado de mi cabeza me asustó—. ¡Te estás viendo con él!
Las lágrimas que tanto me había esforzado en contener, corrieron desbordadas por mis mejillas. El corazón me latía en el cuello y casi no podía hablar, las piernas me temblaban. No entendía nada, solo que mis esperanzas se volvían añicos una vez más.
—¿De… de qué hablas? —pregunté aterrada.
—¡Hoy te viste con Nicolás! ¡¿Por eso estás vestida como una zorra?! ¡¿Vienes de encontrarte con él?!
—¡¿Qué?!
—¡Salí a almorzar y los vi caminando muy juntos por el bulevar de Las Flores!
El bulevar estaba cerca del Hospital Docente, dónde mi esposo trabajaba.
—¡No! ¡Nicolás me consiguió una entrevista de trabajo! ¡Por eso nos encontramos! —le contesté llorando.
—¡¿Una entrevista de trabajo?! —preguntó él con el ceño fruncido.
—¡No puede ser que realmente creas que Nicolás y yo tenemos algo! ¡Es absurdo!
—¡Absurdo es lo que soy yo por confiar en ti!
—¡¿Y yo?! —No supe de donde saqué valor para confrontarlo—. ¡¿Qué hay de mí?!
—¡¿Qué hay de ti?! ¡Tú lo tienes todo, Daniela! ¡Mira esta casa! ¡No necesitas trabajar!
—¡Pero quiero hacerlo!
—¡Ibas a cuidar de nuestra hija, ¿lo olvidaste?! ¡Fue tu decisión no trabajar! ¡¿Ahora es tu excusa para revolcarte con Nicolás?!
—¡No soy como tú, que te la pasas de zorra en zorra! —El reclamo me salió del alma. Llevaba guardándomelo mucho tiempo, fingiendo que no sabía de sus infidelidades—. ¡¿Crees que no sé de esa estudiante?!
Augusto se acercó a mí, furioso, y me apretó el cuello con una mano. Sus ojos eran odio puro.
—No vuelvas a hablarme así, ¿entendiste? —siseó contra mi cara. Empezaba a faltarme la respiración, le arañé la mano para que me soltara—. Te doy todo, merezco respeto. No inventes falsas acusaciones.
Finalmente, me soltó y empecé a toser. La garganta me ardía, me dolía la piel donde él había apretado. Las lágrimas se me paralizaron en los ojos del miedo. Jamás había sentido tanto terror de él.
Quedé tumbada en la alfombra del dormitorio a los pies de nuestra cama. No me di cuenta de cuánto tiempo pasó hasta que Augusto salió del vestidor, completamente cambiado. Tenía puesto un uniforme azul cielo de los que solía usar en el hospital cuando estaba de turno.
—No puedo estar cerca de ti ahora mismo. Me haces hacer cosas que no quiero. —Su voz se había calmado, el olor a madera y sándalo de su perfume se extendió por nuestro dormitorio como un halo tranquilizador—. Pasaré la noche en el hospital. Estoy dispuesto a perdonarte, Daniela. Por nuestra hija quiero perdonarte.
Los sonidos de sus pasos se ahogaron en la alfombra.
