Capítulo 4 4

Capítulo 4: La suite

Emily estaba en el baño principal de la mansión, había pasado la última hora depilándose con una minuciosidad que rayaba en lo obsesivo: las piernas enteras, suave como seda; los brazos, las axilas; y luego la zona íntima, todo, hasta dejarla completamente lampiña. 

Usó la cera caliente que su esteticista le enviaba a casa y luego una crema calmante que olía apenas a aloe. No quiso arriesgarse con perfumes fuertes —recordaba haber leído en algún foro discreto que los olores intensos podían distraer—. Solo se echó unas gotas de colonia ligera en el cuello, esa que Benjamin le regalaba cada Navidad, con notas de bergamota y vainilla.

Se miró en el espejo de cuerpo entero. Treinta y ocho años. El cuerpo seguía firme, pero sabía que no competía con los veinticuatro de la chica que habían elegido. 

Esa mañana, Benjamin le había dejado sobre la cama un conjunto de lencería nuevo: Agent Provocateur, negro translúcido, con encaje que apenas cubría. Se lo puso, sintiendo la tela fría contra la piel recién depilada. Encima, un vestido elegante, rojo oscuro, que le llegaba a medio muslo. Nada de joyas exageradas. Solo los pendientes de diamantes que él le había regalado en su último aniversario.

Estaba nerviosa. Mucho. Las manos le temblaban ligeramente mientras se pintaba los labios. No sabía si lo haría bien. ¿Y si se quedaba paralizada? ¿Y si la chica —Ava, se llamaba— se llevaba toda la atención de Benjamin y ella acababa sintiéndose invisible? Era un arma de doble filo: si salía mal, su autoestima podía hundirse del todo. Veinte años casada y ahora esto. Pero también… también había una curiosidad extraña, un cosquilleo que no quería admitir.

Bajó al garaje. Benjamin ya la esperaba junto al Aston Martin, las llaves en la mano. Llevaba un traje gris oscuro sin corbata, la camisa abierta. Parecía… emocionado. Los ojos le brillaban de una forma que Emily no veía desde hacía meses.

—¿Lista? —preguntó, abriéndole la puerta del copiloto.

Ella asintió, subiendo al auto. El motor rugió suave cuando él arrancó, saliendo por la puerta privada que daba directamente a las colinas.

Benjamin conducía con una mano en el volante y la otra en su muslo, acariciándola de vez en cuando. Hablaban de tonterías —del tráfico, de la nueva colección de cosméticos—, pero el aire estaba cargado.

Llegaron a la suite presidencial que él había reservado: una planta entera, con vistas a la ciudad, salón amplio, cama king size que parecía un escenario. Ava aún no había llegado; ellos eran puntuales por naturaleza.

Emily se sentó en el sofá de terciopelo, cruzando las piernas.

—Estoy nerviosa —confesó, mirando por la ventana—. Mucho.

Benjamin se acercó, sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta: un porro ya liado, perfecto.

—Traje algo para relajarte —dijo con una sonrisa traviesa.

Ella soltó una risa corta.

—No es mala idea.

Él lo encendió con un mechero de oro, dio una calada profunda y se lo pasó. Emily aspiró con ganas, queriendo calmarse rápido. El humo le llenó los pulmones y, de inmediato, empezó a toser como loca, los ojos llorosos.

Benjamin se rio, dándole palmadas suaves en la espalda.

—Tranquila, tranquila. Siempre haces lo mismo.

—¡Es que quema! —protestó ella entre toses, pero ya se reía también.

Él dio otra calada, esta vez lenta, elegante, soltando el humo en un hilo perfecto hacia el techo.

—Mira cómo se hace.

Emily lo observó. Incluso fumando parecía relajado, sofisticado. El traje, la postura, esa media sonrisa.

—¿Cómo demonios alguien puede verse tan elegante fumando un porro? —dijo, intentando imitarlo.

Tomó otra calada, más cuidadosa… y volvió a toser, esta vez peor.

Benjamin soltó una carcajada genuina.

—Nunca has sabido, Em. Veinte años y sigues igual.

Se sentaron juntos en el sofá, pasándoselo, riendo como adolescentes. El THC empezó a hacer efecto: los nervios se aflojaban, el mundo se volvía más suave.

Entonces tocaron a la puerta.

Benjamin fue a abrir. Ava entró con una sonrisa amable, natural. Era aún más hermosa en persona: rubia, ojos verdes grandes, cuerpo esbelto pero curvilíneo. Llevaba un vestido corto blanco que contrastaba con su piel bronceada. Una bolsa pequeña colgada del hombro.

—Hola —dijo con voz suave, cálida—. Soy Ava.

—Benjamin —respondió él, estrechándole la mano—. Y ella es Emily.

Emily se levantó, sonriendo un poco torpe.

—Encantada.

Benjamin le ofreció el porro a Ava. Ella lo tomó sin dudar, dio una calada experta y se lo devolvió.

—Gracias. Me ayuda a relajarme también.

Se sentaron los tres en el salón. Benjamin sirvió tragos de la barra privada —whisky para él, gin tonic para ellas—. Hablaron un rato de nada: el tráfico de Los Ángeles, lo bonito que era el hotel. El porro circuló hasta acabarse. El ambiente se volvió ligero, flotante.

Ava dejó el vaso en la mesa y se levantó, mirándolos con una sonrisa juguetona.

—Creo que es hora de encender el fuego, ¿no?

Se acercó directamente a Emily, sin prisas, pero con decisión. Le tomó las manos, la puso de pie.

—¿Puedo? —preguntó, señalando el vestido.

Emily asintió, el corazón latiéndole fuerte pero el porro manteniéndola en una burbuja cálida.

Ava le subió la cremallera lentamente, le bajó el vestido por los hombros hasta que cayó al suelo. La lencería negra quedó a la vista.

—Qué hermosa eres —murmuró Ava, sincera.

Le pasó las manos por la cintura, por la espalda.

—¿Alguna vez has estado con una mujer?

Emily negó con la cabeza.

—No.

—Tranquila. Yo te guío en todo. Solo déjate llevar. Y si en cualquier momento algo no te gusta, me dices que pare, ¿vale?

Emily asintió otra vez.

Ava se acercó más, le besó el cuello despacio, subiendo hasta los labios. Un beso suave al principio, exploratorio. Emily respondió, sorprendida de lo diferente que era: más delicado que los besos de Benjamin. Ava le desabrochó el sujetador, lo dejó caer. Besó sus pechos, lamió un pezón, luego el otro. Las manos de Ava acariciaban su piel depilada, bajando por el vientre.

Emily sintió un calor extraño, no el fuego que esperaba, pero sí una curiosidad que el humo amplificaba.

Luego Ava se volvió hacia Benjamin, que observaba desde el sofá con los ojos llenos de deseo.

—Tu turno —dijo ella, sonriendo.

Lo desnudó con la misma lentitud: chaqueta, camisa, pantalones. Benjamin ya estaba duro, evidente bajo los boxers que Ava le bajó.

Tomó la mano de Emily y la llevó hasta el pene de su marido. Las dos lo rodearon, masturbándolo juntas. Emily miró a Ava, que le sonreía alentadora.

Se arrodillaron frente a él, en la alfombra mullida.

Ava empezó primero: una lengua lenta por el glande. Luego miró a Emily.

—Ven.

Emily se acercó. Se sintió rara, muy rara. Pero el porro ayudaba, difuminaba los bordes. Bajó la cabeza y lamió también, al lado de Ava. Sus lenguas se rozaron accidentalmente alrededor del pene de Benjamin.

De pronto, se vio a sí misma: arrodillada, lamiendo con otra mujer el miembro de su esposo. Veinte años de matrimonio y ahora esto.

Benjamin gimió arriba, una mano en el cabello de cada una.

Emily cerró los ojos. El mundo giraba suave. No sabía si le gustaba o no. Pero seguía.

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