Capítulo 3 Capítulo 3: No hay sobrevivientes
Alfa
La tensión se hacía insoportable en la sala de videovigilancia de la estación de servicio.
Mi Beta estaba inquieto, caminando de un lado a otro mientras discutíamos los próximos pasos.
—Ya hemos visto mil veces las cintas. Ya vimos cómo ese hijo de puta subía a nuestras hijas a esa camioneta. Tenemos que ir tras ellos —expresé con urgencia, la preocupación reflejada en mi rostro.
La voz de Beta llevaba un matiz de desesperación mientras respondía:
—Ya mandamos dos autos con la información de la camioneta. La policía local está colaborando. Tenemos que esperar. Si descubren que estamos tras ellas, podrían hacerles daño, Alfa.
Me acerqué a Beta, mirándolo fijamente.
—Es mi hija la que está ahí fuera —dije, con la voz quebrada, sin reconocerla del todo.
Beta se mantuvo impasible, pero sus ojos reflejaban el mismo dolor y desesperación que sentía yo.
—También lo está mi cachorra. Estoy desesperado por volver a tenerla en mis brazos, pero tenemos que ser pacientes. La quiero de vuelta con vida.
La habitación quedó sumida en un silencio tenso mientras ambos compartíamos la misma angustia y la necesidad de reunirnos con nuestras cachorras con vida.
El silencio no era quietud. Era una tensión espesa que se adhería a la piel, que hacía doler los huesos. Los monitores seguían encendidos frente a nosotros, repitiendo en bucle las mismas imágenes que ya conocíamos de memoria: la camioneta detenida, una puerta abriéndose, el movimiento torpe de un hombre que miraba a ambos lados antes de subirlas.
Aparté la vista de la pantalla. Cada vez que miraba, sentía que algo dentro de mí se rompía un poco más.
El reloj sobre la pared marcaba los segundos con un sonido seco e insistente. Tic. Tac. Cada uno caía como un golpe. Pensé en cuánto tiempo llevaba sin respirar con normalidad, en el dolor punzante que me atravesaba el pecho cada vez que lo intentaba.
Si las encontrábamos… cuando las encontráramos…
Les prometí cosas en silencio; que nunca volvería a soltarlas de la mano, que las llevaría al bosque que tanto les gustaba y las dejaría correr hasta cansarse.
Sentí al lobo moverse bajo mi piel, inquieto, furioso. Exigiendo salir. Exigiendo sangre. Cerré los ojos con fuerza, apoyando ambas manos sobre la mesa metálica para no perder el control. No podía permitírmelo. No todavía.
Beta estaba demasiado quieto. De pie, con los brazos cruzados, la mirada fija en un punto inexistente. Su respiración era lenta, medida, pero su aura gritaba lo contrario. Lo conocía lo suficiente para saber que se estaba sosteniendo por pura voluntad.
Nadie se atrevía a hablar. Era como si pronunciar una palabra pudiera sellar un destino que todavía me negaba a aceptar.
Durante un segundo —uno solo— creí que aún había tiempo.
Pero una noticia repentina nos sumió en el peor de los silencios que conocí en mi vida. La voz de nuestro jefe de espías interrumpió nuestra discusión, conectándose mentalmente conmigo y Beta.
«Lo siento mucho...», comenzó, y de inmediato supe a qué se refería con esa disculpa.
«Dónde...». No era una pregunta que hacía Beta, ya entendíamos lo que había ocurrido.
«A las afueras de la ciudad de los humanos. Estamos en la segunda curva al norte, la camioneta cayó por el barranco... No hay sobrevivientes». Su voz concluyó, y sentí cómo el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
—No… —murmuré—. No, no…
Sentí el impacto de la noticia antes de entenderla por completo. No fue un pensamiento. Fue un golpe seco en el pecho, como si alguien me hubiera arrancado el aire de los pulmones de un solo movimiento.
El enlace con mi Beta se volvió un torbellino de emociones imposibles de separar. Rabia. Dolor. Una negación tan profunda que casi dolía más que la verdad.
Giré la cabeza apenas a tiempo para verlo. Sus hombros se tensaron, su mandíbula se cerró con fuerza. Durante un instante pensé que iba a gritar, que iba a destruir todo a su alrededor. Pero no lo hizo.
Dio un paso atrás. Luego otro.
—No… —murmuró él, y esa palabra sonó distinta en su boca. Vacía. Rota.
Avanzó hacia la puerta con movimientos bruscos, como si quedarse quieto fuera peor que correr. Estiré la mano, intentando detenerlo, decir algo —cualquier cosa—, pero no salió ningún sonido de mi garganta.
Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo.
No había reproche en su mirada. Ni acusación. Solo un dolor tan crudo que me atravesó dejándome una herida abierta.
Y luego se fue.
La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco que resonó en toda la estación. No lo seguí. Me quedé allí, incapaz de decidir si debía correr tras él o quedarme donde estaba.
Fue entonces cuando entendí que ya no se trataba de encontrarlas.
Las habíamos perdido.
Sentí que las piernas me fallaban, pero no caí. Me quedé allí, de pie, sin saber qué hacer con el aire que no lograba entrar en mis pulmones.
No sé quién me sacó de la estación, ni en qué momento dejamos atrás la ciudad. Cuando volví a ser consciente, ya no estaba allí.
La casa de la manada estaba despierta cuando llegamos, aunque no sabría decir cómo lo supe. No había voces, ni movimiento innecesario, pero algo en el aire había cambiado. Las puertas estaban abiertas. Las luces encendidas.
Nadie preguntó nada.
Los lobos que me vieron entrar bajaron la cabeza. Algunos desviaron la mirada, otros se quedaron inmóviles, como si temieran que cualquier movimiento pudiera romper lo poco que aún me sostenía.
Avancé por el pasillo sin rumbo fijo, sintiendo las miradas clavarse en mi espalda. No sabía qué se suponía que debía hacer. Era el Alfa. Tenía que decir algo. Ordenar algo. Pero no había palabras que salieran de mis labios.
Mi Luna estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, los brazos rodeando sus propias rodillas. Al verme, levantó la vista.
No preguntó nada.
Me arrodillé frente a ella y la abracé con cuidado, como si pudiera romperse si la tocaba con demasiada fuerza. Su cuerpo tembló contra el mío, pero no lloró. El dolor estaba demasiado fresco y profundo para salir en forma de lágrimas.
Alrededor nuestro, la manada guardó silencio. No había consuelo posible para los lobos que habían perdido sus pequeñas lobas.
Por primera vez desde que todo había comenzado, entendí que el duelo no iba a ser solo nuestro. Lo sentía a través de mi Luna, de Beta, de cada lobo que pasaba frente a mí sin saber qué decir.
En medio de tanta oscuridad, no sabía si alguna vez podríamos encontrar la luz de nuevo. Todo a nuestro alrededor parecía fuera de lugar. Los pasillos se sentían más largos, las luces demasiado frías, y el silencio pesaba más que cualquier palabra.
En ese momento, la vida misma parecía haber perdido su significado.
La única pausa llegó con el ritual que comenzó sin palabras. No hicieron falta.
El fuego ya estaba preparado cuando llegamos, crepitando bajo el cielo nocturno. El olor a madera quemada se mezclaba con algo más amargo, más difícil de soportar. Sentí el calor en el rostro incluso antes de acercarme.
Sostuve las cenizas con manos firmes, aunque por dentro todo temblaba. El peso era mínimo, casi inexistente, y aun así sentí que me aplastaba el pecho. Esto era lo que quedaba. Esto y nada más.
Arrojé los restos al fuego y observé cómo las llamas los envolvían. El calor me quemó la piel. No me moví.
Cerré los ojos.
No pedí nada. No supliqué. Solo dejé que el dolor me atravesara por completo, sin resistirme. Pensar en la Diosa Luna fue lo único que evitó que me quebrara allí mismo. Imaginarlas bajo su cuidado, lejos del miedo, lejos del dolor.
Cuando abrí los ojos, el fuego seguía ardiendo.
Nada se había solucionado. Nada había sanado.
La ausencia de nuestras cachorras se volvió algo físico: un silencio demasiado grande en cada habitación, un peso constante en el pecho del que no sabíamos cómo librarnos.
La tristeza y la ausencia de sus risas y alegría serían el cruel recordatorio de lo que habíamos perdido.
La vida siguió, porque no tenía otra opción. Nosotros, no.
