Capítulo 7 Capítulo 7: Marcas que no se borran

Orión

Escuché el sonido de la campana de la entrada a la tienda en la que estaba. El tintineo metálico me sobresaltó por un instante antes de que volviera a concentrarme en la suave música de fondo que resonaba en el estudio.

La aguja se deslizó sobre mi piel con un zumbido constante, preciso. El ardor era controlado, casi metódico, y lo acepté sin moverme. Me concentré en esa sensación: en el punto exacto donde el dolor se volvía soportable, necesario. Afuera, el mundo podía seguir girando. Aquí dentro, solo existía el cuerpo respondiendo.

El aroma característico de la tinta llenaba el aire, un olor ligeramente metálico y penetrante, que se mezclaba con el aroma de loción desinfectante y piel.

El tatuador trabajaba con manos expertas, trazando con cuidado los contornos del diseño que había elegido en mi piel. Cada pasada de la aguja era una mezcla de ardor y satisfacción, una especie de catarsis personal que me hacía sentir más vivo que nunca. La sensación de la aguja perforando mi piel era intensa y adictiva, una especie de ritual anual que, de alguna manera, me conectaba con mi pasado y mi futuro.

Mi mirada se encontró con la de Lucas y en sus ojos pude ver un brillo de complicidad, algo en él gritaba que había descubierto un secreto que yo mismo no conocía del todo.

—Sabía que te encontraría aquí, la tinta es tu ritual, hermano. —Lucas apareció frente a mí con una sonrisa burlona. Siempre había sido experto en irrumpir en mis momentos más personales.

—Son para recordar, y lo sabes —respondí a su no pregunta, mientras lo miraba a los ojos.

—Ya sé, hermano, un tatuaje por cada año que pasó desde la última guerra, y otro adicional desde que cumpliste 18 —repitió las palabras que siempre le decía cuando me encontraba en el salón de tatuajes una vez al año.

Era un ritual que había comenzado en la adolescencia a los 16, una forma de marcar el tiempo y las cicatrices que habían dejado las batallas en nuestras vidas.

Lucas no era un hombre de muchas palabras, pero siempre había sido perspicaz. Conocía mi historia, cada tatuaje en mi piel contaba una parte de ella. Y sabía que, en algún momento, el pasado y el presente se cruzarían de una manera que ninguno de nosotros podría prever.

La aguja volvió a presionar y mi mandíbula se tensó apenas. Quince años no habían bastado para borrar nada. Algunos actuaban como si el tiempo hubiese cerrado la herida. Yo sabía que no. El cuerpo no olvida lo que la mente intenta enterrar.

Aquel día, la traición de la manada enemiga había dejado heridas que aún no habían sanado por completo. Ciro; mi lobo, y yo habíamos compartido un vínculo inquebrantable desde que él apareció en mi vida cuando cumplí 18 años. Esto era un pacto silencioso para nunca olvidar.

Ese día, habíamos perdido a alguien que significaba todo para nosotros. Había aprendido a vivir con esa ausencia. A levantarme cada día sin esperar nada más que cumplir. La idea de plenitud era algo que observaba en otros, como un lenguaje que entendía pero ya no hablaba.

Estaba seguro de que nuestra manada no estaría incompleta si no hubiera sido por aquel trágico desenlace. Pero la vida continuaba, y teníamos que seguir adelante.

Desde los 18 años, había agregado un tatuaje a mis recordatorios, uno que compartía con Ciro. Era un tatuaje en honor a nuestra compañera perdida, un tributo a su memoria que llevaríamos en nuestra piel hasta que la encontráramos, a pesar de que sabíamos que esa búsqueda era casi imposible.

En sueños no veía su rostro completo. Solo fragmentos: el rastro de un aroma imposible de retener, la presión tibia de una mano que desaparecía antes de poder aferrarla. Al despertar, el pecho me quedaba vacío, como si algo hubiese estado allí y se hubiese ido otra vez.

Era una imagen que tal vez nunca llegaríamos a conocer en persona, pero no podía dejar de soñar con ella... Cada sueño me acercaba un poco más a la realidad de lo que podría ser nuestra unión, algo que tal vez nunca tendríamos.

«Es desalentador, lo sé, pero tendremos que resolver el tema de la descendencia en algún momento». Últimamente, Ciro tenía esa idea en la cabeza, pensando en la futura descendencia incluso antes de ser nombrados Alfa. «Lo seremos en unos días, Orión. Tenemos que pensar en la manada».

La frase se instaló en mi cabeza como un peso. No respondí de inmediato. Pensar en la manada significaba aceptar preguntas que no estaba listo para enfrentar. Miradas. Expectativas. Un futuro diseñado sin ella. Debíamos considerar la posibilidad de una compañera elegida, «aunque eso es algo en lo que no quería inmiscuirnos todavía...», murmuré con enfado a Ciro mientras mi mente se llenaba de pensamientos turbios y preocupantes.

—¿Noticias de la ceremonia o solo vienes a molestarme? —pregunté a Lucas, quien estaba destinado a convertirse en mi Beta en poco tiempo.

Hemos estado preparándonos para estas posiciones desde que tengo memoria. Ha sido mi mejor amigo durante los últimos 22 años, literalmente toda mi vida.

—Ja, ja, ja. —Lucas rio sarcásticamente. Después, continuó—. Hoy tenemos el día libre, solo vengo a recordarte que viajaremos a la ciudad humana para disfrutar de nuestra última noche de libertad. Diosa, es como si nos fuéramos a casar —murmuró lo último con un toque de ironía.

—Realmente nos estamos casando, hermano, nos casamos con la manada —afirmé, volviendo la mirada al tatuaje en mi piel.

—Sí, hasta ahora no lo había visto de esa manera, pero tienes razón —Lucas asintió con énfasis—. De todas formas, tenemos que salir ahora si queremos llegar a tiempo a la fiesta. Algunos de los otros lobos vendrán con nosotros.

—¿Puedo decir que no estoy de ánimo?

—Vamos Orión no seas así, necesitamos esto. Tal vez encontremos nuestras compañeras, quién sabe —Lucas trató de animarme.

—¿Y crees que encontraremos a nuestras compañeras en una ciudad de humanos? A ver, explícame, ¿qué estarían haciendo dos mujeres lobo en una ciudad de humanos? ¡Por favor!

El tatuador limpió la piel y el frío del paño me recorrió el brazo.

No levanté la vista.

Pensar en ella en este mundo era un error que ya no me permitía. Si alguna vez iba a encontrarla, no sería aquí. No sería ahora.

O eso creía.

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