Capítulo 5 CAPÍTULO 5

El tiempo se acaba

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Adrián Montenegro estaba de un humor insoportable. La oficina, normalmente su santuario de control, se sentía como una jaula. Su secretario, un joven llamado Javier, llevaba diez minutos de pie, intentando explicarle un contrato, pero las palabras de Adrián lo cortaban a cada momento.

—Señor Montenegro, la cláusula de penalización...

—Eso ya lo leí —dijo Adrián, sin levantar la vista de los papeles, su tono cortante como un vidrio roto.

—Todavía no lo termina de revisar, señor. Hay algunas ambigüedades que...

—Precisamente por eso sé que está mal redactado. Está mal. Corríjalo. Todo.

El muchacho tragó saliva, el nudo en su garganta visible. Se inclinó para recoger los papeles, sus manos temblando ligeramente.

—Lo corregiré. Enseguida.

—Hazlo.

Cuando el secretario salió casi huyendo, cerrando la puerta con suavidad, Adrián se dejó caer sobre el respaldo de su silla de cuero, que crujió bajo su peso. No lograba concentrarse. Firmaba un documento y veía unos ojos oscuros y misteriosos detrás de un antifaz. Entraba a una reunión y recordaba unas manos temblando entre las suyas, la delicadeza con la que las había sostenido. Aquello comenzaba a desesperarlo. Era ridículo. Absurdo. No sabía su nombre. No sabía su edad. No sabía absolutamente nada de ella, salvo el sabor de su piel y el sonido de sus gemidos.

Entonces... ¿Por qué demonios no podía sacarla de su cabeza?

El teléfono vibró en el escritorio, la pantalla iluminándose con un nombre: Laura. No estaba de humor para contestarle, lo dejó sonar, insistente, molesto. Volvió a sonar. Una y otra vez, como un reclamo que él no estaba dispuesto a atender. Al cuarto intento, respondió, su voz un gruñido.

—¿Qué pasa?

La voz de Laura sonó irritada, aguda y demandante.

—Lo que pasa es que llevas una semana evitándome, Adrián. Una semana.

—Estoy trabajando.

—No me mientas. Sé cuándo estás ocupado y cuándo simplemente me ignoras.

Adrián cerró los ojos, apretando el puente de su nariz. No tenía paciencia para aquella conversación, para sus dramas, para nada que no fuera el silencio de su propia mente.

—Hablamos después.

Colgó sin esperar respuesta, cortando la llamada de forma brusca. Necesitaba silencio. Necesitaba que el mundo dejara de exigirle cosas, o acabaría por volverse loco. Acababa de soltar el celular sobre el escritorio cuando volvió a vibrar, esta vez con una insistencia diferente, más grave.

Abuelo.

Respondió de inmediato, todo su cuerpo cambiando de postura, la irritación reemplazada por una tensión de otro tipo.

—¿Cómo sigues?

La voz de don José sonó cansada, pero firme, un poco más débil de lo que recordaba.

—Más preocupado por ti que por mí.

—No digas eso ¿Cómo te sientes hoy?

—Más viejo. Y más cansado de esperar.

Adrián suspiró, la vieja discusión a punto de comenzar.

—Ya te dije que estoy bien.

—No, no lo estás, hijo. Y no me refiero a tu trabajo.

Silencio. Adrián se frotó la nuca, el dolor empezando a formarse allí.

—Hoy pasé por tu casa.

Adrián cerró los ojos. Ya sabía lo que venía. La misma conversación de siempre.

—¿Y?

—Como siempre, no estabas. Y Paula tampoco.

Él no dijo nada, esperando la siguiente frase, la que siempre venía.

—Con razón, después de cinco años, sigo esperando un bisnieto.

La mandíbula de Adrián se tensó, un músculo saltándole en la mejilla.

—Abuelo, por favor...

—No voy a vivir para siempre, Adrián. El médico me lo dijo ayer.

Aquellas palabras le golpearon el pecho como un puño. Por un instante, volvió a verlo tambaleándose en el jardín, aferrándose a su bastón mientras intentaba fingir que solo había sido un mareo. Pero el médico le había dicho que su corazón estaba debilitándose, que cada día era un regalo.

—No hables así. No es cierto.

—Entonces deja de desperdiciar el tiempo que nos queda. La chica es un tesoro. Trátala como tal.

La llamada terminó, y Adrián dejó el teléfono sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria. Maldita sea. Maldita sea todo. Todo el mundo parecía esperar algo de él. Su abuelo quería un matrimonio feliz y un heredero. Laura quería una boda y un anillo en el dedo. Los socios querían resultados y ganancias. Pero él... Él ni siquiera entendía qué demonios le estaba pasando desde anoche, desde que una mujer sin rostro se había apoderado de sus pensamientos.


Mientras tanto, Paula dejó el celular boca abajo sobre la mesa de noche, la pantalla oscura pero sintiendo como si vibrara con la oferta de Victoria. Regresó a casa esa tarde con la propuesta dando vueltas en su cabeza como un bucle incesante, y el hecho de que ella siguiera mandando mensajes no ayudaba. Seguía sin encontrar una respuesta, atrapada entre el miedo y una extraña y fascinante atracción. Se cambió de ropa, apagó la lámpara y se acostó, pero el sueño nunca llegó. No quería volver a estar con el desconocido; se lo repetía una y otra vez. Solo fue una noche. Una sola vez. Pero cada vez que cerraba los ojos, aparecía el mismo recuerdo: un hombre sin rostro preguntándole si realmente quería estar allí, con una voz que la hacía sentirse vista, realmente vista, por primera vez en años.

—Mierda... —murmuró, cubriéndose la cara con la almohada, intentando ahogar el pensamiento, el deseo, la confusión.


Al día siguiente decidió hacer lo único que sabía hacer cuando algo la sobrepasaba: seguir adelante. Los días comenzaron a pasar con una normalidad que solo existía por fuera. Por dentro, era un torbellino de emociones. Visitó a don José dos veces. Lo encontró animado, haciendo planes para la fundación y peleando con el médico porque le había prohibido los dulces. Él seguía bromeando como siempre, pero Paula ya no podía dejar de observar pequeños detalles que antes ignoraba. La forma en que se llevaba una mano al pecho cuando creía que nadie lo miraba, una ligera contracción de dolor. Lo despacio que caminaba por el pasillo, apoyándose en la pared. El cansancio que aparecía en sus ojos después de media hora de conversación, un velo que caía sobre su brillo habitual.

Cada despedida le dejaba un nudo en la garganta, y una pregunta comenzó a instalarse en su cabeza sin que lo notara, creciendo como una sombra: ¿Y si algún día él falta? Ni siquiera quería terminar ese pensamiento, el pánico era demasiado grande. Pero la frase de Adrián volvía a su cabeza, una serpiente venenosa.

"El día que mi abuelo falte, este matrimonio termina."

La muy idiota había pasado cinco años preocupándose por salvar un matrimonio que nunca existió y jamás pensó en lo que haría cuando tuviera que marcharse. Por otro lado, Victoria cumplió su palabra después de que ella le dejara claro que no aceptaría otra noche por ninguna suma, pero igual le reenviaba los mensajes, una y otra vez, como un goteo constante.

"Preguntó por ti."

"Aumentó la oferta."

"Dice que puede esperar."

—Pues que espere sentado —refunfuñó antes de guardar el teléfono en el bolso, con más fuerza de la necesaria.

Esa tarde, Paula decidió ordenar unos documentos de la fundación que don José le había pedido revisar. Necesitaba mantener la cabeza ocupada, perdida en números y cláusulas, pero la empleada apareció en la biblioteca, interrumpiendo su frágil concentración.

—Señora, una mujer pregunta por usted.

Paula levantó la vista, sobresaltada.

—¿Dijo su nombre?

Antes de que la muchacha respondiera, una voz elegante y segura la interrumpió desde la puerta.

—Laura.

La mujer entró como si conociera la casa de toda la vida, su paso seguro y su porte arrogante. Paula cerró la carpeta de golpe, el sonido resonando en el silencio de la biblioteca.

—¿Puedo ayudarla?

Laura sonrió con una amabilidad que no le llegó a los ojos, una máscara perfecta de cortesía.

—Solo vine a conocerte. Pensé que ya era hora.

Paula señaló un sillón, su gesto frío y distante.

—Tiene cinco minutos.

Laura ni siquiera se sentó. Recorrió la biblioteca con la mirada, evaluando, juzgando, antes de detenerse frente a un retrato de don José.

—Bonita casa. Aunque imagino que debe ser incómodo vivir aquí sabiendo que no es tuya.

La mandíbula de Paula se tensó, un golpe seco y directo.

—¿Terminaste?

—Todavía no —dijo Laura, volviéndose hacia ella, su sonrisa desvaneciéndose para revelar la hostilidad debajo—. Sé quién eres e imagino que sabes quién soy yo.

Paula arqueó una ceja, su rostro una máscara de indiferencia.

—¿Debería?

Laura soltó una risa, un sonido corto y seco.

—Soy la mujer con la que Adrián comparte la cama desde hace mucho tiempo.

Aquello para Paula no fue una sorpresa, era una confirmación, la pieza final de un rompecabezas que siempre había conocido.

—¿Y viniste a contarme algo que ya sé?

La sonrisa de Laura vaciló apenas un segundo, no esperaba esa respuesta, esa falta de reacción.

—Pensé que al menos fingirías indignación. O llorar. O algo.

—No tengo tiempo para actuar, ni para llorar. Lo que hace mi esposo cuando no está en casa, es problema suyo. No mío.

Laura cruzó los brazos, su postura volviéndose más agresiva.

—Entonces iré al grano. No vine a hacerte la vida fácil, sino a darte un aviso.

Se acercó un paso, invadiendo su espacio personal, su voz bajando a un susurro amenazante.

—Cuando don José muera, tú tendrás que irte.

Las palabras quedaron suspendidas entre las dos, crudas y sin piedad.

—Este matrimonio solo existe porque él sigue vivo. Eres una custodia temporal, una enfermera a tiempo completo. Y cuando el paciente fallezca, te despedirán.

Paula sostuvo su mirada, no iba a llorar delante de aquella mujer, no le daría ese gusto. Sus manos, bajo la mesa, apretaban el borde de la madera hasta que los nudillos se pusieron blancos.

Laura acomodó el bolso sobre el hombro, su misión cumplida.

—Te aconsejo que empieces a buscar un apartamento. Sería una pena que terminaras en la calle después de acostumbrarte a vivir como una reina.

Paula respiró despacio, el aire frío llenando sus pulmones.

—¿Ya acabaste?

—Sí.

—Entonces la puerta está detrás de ti. No olvides cerrarla al salir.

Laura sonrió, una última mueca de desprecio, y salió de la biblioteca. Cuando la puerta principal se cerró con un eco lejano, Paula dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde que había llegado. Sus manos temblaban, no por Laura, por la maldita posibilidad de que tuviera razón. Su celular vibró en el bolsillo, un zumbido urgente y familiar.

Victoria.

Abrió el mensaje sin pensar, sus dedos moviéndose con una voluntad propia.

"La oferta volvió a subir."

Paula no respondió. Iba a borrar el mensaje, a tirar el teléfono contra la pared, pero un segundo mensaje apareció enseguida, y este la dejó sin aliento.

"No quiere comprar otra noche."

Frunció el ceño, la confusión mezclándose con el pánico.

"Entonces, ¿qué quiere?"

La respuesta tardó apenas unos segundos, y las palabras que aparecieron en la pantalla cambiaron todo.

"Dice que quiere comprarte el tiempo suficiente... para que nunca vuelvas a sentir que estás sola."

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