Capítulo 1 Vendida

El sol de la tarde caía suave sobre las hojas de los árboles del parque, dorando el aire fresco que entraba por la puerta de la pequeña cafetería. Emilia apiló las últimas tazas limpias, se quitó el delantal con el logo bordado y lo colgó en su percha dejando escapar un suspiro de alivio. Había sido un turno largo, pero cada moneda la guardaba con esmero en una hucha bajo su cama, contando los días para marcharse de aquella casa, lejos de las deudas que no eran suyas, de las miradas temerosas que su padre le clavaba al llegar tarde, y del silencio pesado que se instalaba en el comedor cada vez que él regresaba del casino con la mirada perdida y los bolsillos vacíos.

—Hasta mañana, Emilia —le dijo su compañera, apagando la luz del mostrador.

—Hasta mañana —respondió ella, saliendo a la acera con la bolsa al hombro y el paso ligero.

No llegó a la esquina.

Dos hombres enormes, de rostros duros y ropa oscura, se separaron de la sombra y la cerraron el paso. Antes de que pudiera gritar o dar un paso atrás, la sujetaron entre los dos con manos de hierro. Emilia no se quedó quieta. No suplicó, ella con su realidad algo alterada luchó con una furia salvaje que ni ella misma conocía, clavó las uñas hasta hacer sangrar en los brazos que la aprisionaban, pateó con todas sus fuerzas y golpeó con la frente contra la nariz del más cercano hasta escuchar el crujido y el gemido de dolor. Solo cuando el otro la golpeó con fuerza seca en la sien, el mundo se le desvaneció y todo se oscureció.

Despertó de golpe, tosiendo y temblando, cuando un chorro de agua helada le cayó sobre la cabeza empapándole el cabello y la ropa hasta los huesos. Estaba amarrada a una silla de madera rígida en una celda pequeña, fría, sin ventanas, solo con la luz amarilla y parpadeante de una bombilla colgada del techo que proyectaba sombras largas y bailarinas por las paredes de cemento.

El frío le calaba hasta el alma, pero no temblaba de miedo ella temblaba de rabia pura. Su mente se encontraba despierta y clara, hirviendo por dentro. No lloró. Las lágrimas no eran para esto, se enderezó la espalda, levantó la barbilla y apretó los dientes aunque las cuerdas le quemaban la piel de muñecas y tobillos. No le daría a nadie el gusto de verla derrumbarse.

El cerrojo chirrió y la puerta se abrió despacio. Entró un hombre alto, de hombros anchos, porte imponente, cabello oscuro corto y unos ojos grises que parecían tallados en hielo. Caminó sin prisa, con paso que imponía obediencia antes de hablar, y se detuvo justo frente a ella cruzando los brazos. Era Igor Volkov.

—Estás despierta —dijo con voz grave, profunda y cortante, sin rastro de duda ni piedad—. Bien, esto será rápido. Tu padre te vendió para pagar deudas que nunca podrá cubrir, así que ahora me perteneces.

Emilia le sostuvo la mirada sin apartarla ni un instante, con una intensidad tan viva y desafiante que lo detuvo en seco

.

—¿Mi padre me vendió? —repitió ella, apenas un susurro que se quebró por un segundo antes de endurecerse por completo.

—Sí —respondió él, tajante.

—Mi padre… —murmuró ella, y el dolor se transformó en fuego en su pecho.

—Sí, tu padre —confirmó él, impaciente.

Emilia se quedó callada un momento, tragando la traición entera, y el silencio que siguió se volvió tan denso, tan pesado y cargado de algo oscuro y peligroso, que los dos guardias que esperaban en la puerta bajaron la mirada, incómodos, intimidados sin saber por qué, hombres acostumbrados a la violencia y al miedo que ahora sentían la necesidad de retroceder.

—Bastardo hijo de puta —soltó ella entre dientes, un gruñido bajo y feroz que parecía salirle de las entrañas—. Ese cabrón me las pagará muy caro. Más le vale no cruzarse en mi camino cuando salga de aquí…

—Será imposible que…

—No hablo contigo, pedazo de idiota —lo cortó de golpe, clavándole los ojos con un desprecio tan absoluto que lo dejó sin aliento.

—Más respeto conmigo, mocosa —advirtió él, frunciendo el ceño—. Ahora me perteneces.

—No soy de nadie, maldito cretino —escupió ella, con la voz firme y encendida—. Y si crees que me vas a tener así, te equivocas.

Igor entrecerró los ojos. Nadie le hablaba así. Nadie lo miraba a los ojos como si fuera él quien estuviera en falta. Nadie se atrevía.

—¿Peligrosa? Estás amarrada, sola y sin ayuda —dijo él con tono burlón que no llegó a sonar convincente—. No digas tonterías.

—Las cuerdas son el menor de mis problemas —respondió ella, sin bajar la voz ni la mirada—. Y cuando me suelten, o cuando logre soltarme yo sola, ese hijo de puta va a desear nunca haberme tratado como ganado.

Él dio un paso hacia ella, imponiendo tamaño y autoridad, pero Emilia no retrocedió ni un milímetro. Lo enfrentó de frente, con la mirada cargada de fuego contenido, lista para morder si se acercaba más.

—Veremos cuánto dura ese orgullo —dijo él, y por primera vez su voz sonó menos segura, porque algo en su interior le gritaba que ella no mentía—. Aquí se obedece.

—Mis ovarios te van a obedecer —soltó ella sin pestañear.

—Respétame —ordenó él, apretando los puños a los costados.

—Puro pendejo, creyendo que te voy a respetar —replicó ella con frialdad cortante.

—Eres de mi propiedad —insistió él, con dureza.

—Tu cola, pendejo —le espetó ella—. Yo soy dueña de mi vida y no voy a ser sumisa de nadie.

Igor la recorrió con la mirada de arriba abajo, y por primera vez vio más que una chica prisionera. Vio el fuego en sus ojos, la tensión en su mandíbula apretada, la dignidad que nadie había logrado arrancarle. Comprendió entonces que no era bravuconería ni palabras vacías. Lo sentía en el aire, en la electricidad que parecía rodearla: esa chica de apariencia frágil tenía dentro una tormenta entera capaz de destruir todo lo que se le pusiera enfrente. Y por primera vez en años, Igor Volkov sintió que no tenía el control.

—Tu padre te vendió y ya no hay vuelta atrás —dijo él, esforzándose por recuperar la frialdad—. No tienes a nadie que venga por ti. Tu vida anterior terminó en cuanto saliste de esa cafetería. Ahora tu vida la decido yo.

—Tú no decides nada —respondió ella clavándole la mirada—. Me compraste, sí. Pero eso no te hace dueño de mí. Y te aviso desde ahora: no intentes domarme, o seré el peor dolor de cabeza que hayas tenido.

Igor apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Quería decirle que estaba loca, que era solo una chica sin recursos ni protección. Pero no podía. Algo en ella le gritaba que tenía razón. Esa furia contenida, esa valentía que rayaba en la locura, era más peligrosa que cualquier enemigo que hubiera enfrentado jamás.

—No me pongas a prueba —advirtió él con voz tensa y baja—. No quiero lastimarte.

—Tú no puedes lastimarme más de lo que ya hicieron —respondió ella, y sus ojos brillaron con una claridad que lo desarmó—. Y si lo intentas, asegúrate de terminar el trabajo. Porque si me levanto… ya no tendré piedad de ti.

El silencio cayó entre ellos, pesado y cargado de promesas oscuras. Igor sabía que ella cumpliría cada palabra. Y eso no le asustaba solo: le causaba intriga, curiosidad, una inquietud que no quería admitir ni ante sí mismo.

—Ya veremos quién se levanta al final —dijo él, dándose la vuelta para ocultar la confusión en su rostro—. Quédate aquí y reflexiona sobre tu lugar.

—Mi lugar no lo decides tú —le dijo ella a su espalda, con voz clara y firme—. Lo decido yo.

Salió y el cerrojo cerró con un golpe seco que resonó en toda la celda. Igor caminó por el pasillo oscuro, con la mente revuelta y la sangre inquieta. Se dijo a sí mismo que era solo una prisionera, que con el tiempo aprendería, que el miedo la doblegaría. Pero en el fondo sabía la verdad: ella era la amenaza más peligrosa que había entrado en su vida. Y no estaba seguro de poder controlarla.

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